default

El hombre lobo está suelto


La mala prensa de los lobos tal vez tenga su origen en un cuento del francés Charles Perrault, quien desde finales del siglo diecisiete ha cautivado a los niños con el manejo pintoresco que tuvo del terror y de las escenas sangrientas. Hablo de Caperucita Roja.
Desde entonces, estos animales son los malos de la película. En el Polo Norte, los detestan, más que por los efectos del cuento galo, porque se han convertido en una plaga. Devoran perros, caribúes y todo lo que se mueva, buscando carne ensangrentada. Inclusive niños.
Ante el problema, los esquimales han aplicado una fórmula ingeniosa para matarlos. Primero le dan caza a un lobo, y embadurnan con su sangre la hoja de un cuchillo, el cual dejan que se congele. Luego le vuelven a untar más, para volverla a congelar. Así, unas diez veces, hasta que queda una gruesa capa de hielo rojo que oculta el arma.
Entonces dejan el cuchillo bajo la nieve. El lobo, con su poderoso sentido del olfato, huele la sangre a la distancia, sin saber que es la sangre de su propio hermano. Llega hasta donde está oculto el filoso utensilio, bajo la escarcha. Cuando tiene el arma entre sus portentosas patas, empieza a lamer. Poco a poco, con su lengua brutal, quita todo el esmalte de sangre, hasta llegar a la filosa hoja del cuchillo, que le corta la boca. Al sentir la sangre caliente que brota de su hocico, se excita más y sigue mordiendo el cuchillo, que le hace otras profundas heridas, cada vez más mortales.
Así, hasta que muere desangrado.
Me percato de que un poco lobos somos los panameños. Peligrosos, sibilinos, voraces. Nos excitamos con la sangre, cual licántropos, sin darnos cuenta de que, inconscientes, al lamer la sangre del hermano, nos estamos suicidando.
Esta interrogante o sugerencia tiene, a mi modo de ver, connotaciones muy profundas y sus autores, quizás sin quererlo, han llegado a destacar la causa de la pobreza del pueblo panameño, la mala distribución de la riqueza, deficientes servicios de salud y educación, la falta de atención al sector rural, en fin de todo aquello que nos mantiene como país del tercer mundo y nos impide ser el país más rico de América. Somos un país con niños descalzos y estómagos vacíos, a pesar de la gran riqueza que nos da la posición geográfica y la gran capacidad del panameño para desarrollarla. Es el contraste entre una organización de primer mundo, la ACP, y una Administración Pública de tercer mundo. Quienes formulan esta sugerencia nos están diciendo que nuestros gobiernos no sirven para invertir los beneficios del Canal, como no han servido para invertir los otros recursos del Estado, llámense estos impuestos o rentas. Pero la vía que están proponiendo no es la apropiada ya que en el fondo lo que proponen es la creación de una burocracia paralela a la actual para el manejo de los aportes al Canal, y, lo que es todavía más grave, la creación de un gobierno paralelo para administrarlos.
Fuimos capaces de ponernos todos de acuerdo en convertir el Canal en una empresa del primer mundo. El contraste entre la administración del Canal y el resto de la Administración Pública es patético: el buen manejo contra el despilfarro; la transparencia y la honestidad contra la corrupción; la dignidad, la seguridad y el profesionalismo del empleado del Canal contra la vergüenza, la inseguridad y la incapacidad del empleado público.
El gran aporte de la discusión sobre el Proyecto de Ampliación debería ser una convergencia de todos los sectores de la sociedad, para que junto con el Gobierno, copiemos el modelo de organización del Canal y lo traslademos al resto de las instituciones que conforman el gobierno para así convertir a Panamá en un país del primer mundo, en un país próspero, con una repartición de la riqueza más equitativa. Si lo logramos con el Canal lo podemos hacer con el resto de la Administración Pública. Se puede, señor Presidente. Lidere usted el camino hacia la Patria Nueva.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América