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El Hombre mercancía


En la Antigüedad el Hombre era el centro de todas las cosas. En la Edad Media Dios ocupó ese lugar. El Renacimiento interpretó la existencia humana como una comedia divina. La Modernidad esgrimió la crítica de la razón como paradigma del hombre ilustrado, que en los albores del siglo XX se fue consumiendo en la neurosis freudiana. En la filosofía posmoderna actual, el Hombre que agoniza, es el de Kant y el de Freud y el que nace es el Hombre mercancía.

Cuando la economía respondía al devenir de la política, sin pretender sustituirla, se configuraron dos polos ideológicamente opuestos, el del individualismo corporativo y el del socialismo cooperativo. De modo tal que el debate moderno quedó cifrado bajo las etiquetas maniqueas de la izquierda y la derecha. En la actualidad ese debate se dirime entre el mercado libre y el mercado regulado.

En la Posmodernidad, donde las ideologías se evaporaron dejando la zurrapa del relativismo utilitario, el Mercado tomó su lugar. Hoy, casi toda actividad humana se encuentra sometida a este nuevo paradigma.

Existe un mercado laboral, uno del conocimiento, otro de la investigación científica, de la tecnología, de la educación, de la religión, de la biología y en pleno auge, uno de la política, donde el capital no escoge, impone. De tal manera que con el advenimiento neoliberal, el Hombre posmoderno se hace sujeto y objeto de consumo.

En el Mercado, donde el Hombre resulta ser un producto más, la biopolítica es el campo donde se produce el intercambio comercial de la vida como mercancía. En Filipinas y en algunos países de nuestra América, como en la tragedia de Haití, florecen la trata de personas y la industria del trasplante de órganos -única propiedad que los pobres pueden ofrecer-. Un verdadero “real state” de vientres en alquiler, para el tratamiento de la esterilidad, se ocupa también de la compra-venta de esperma y óvulos, igual que en la verdulería se venden tomates. La cirugía esculpe cuerpos según la demanda del mercado publicitario femenino. En el mercado de la salud, la industria farmacéutica y las compañías aseguradoras han hecho de la medicina una mercancía lucrativa. De modo tal que una vacuna o una droga salvadora no será patrimonio de la humanidad hasta que no se negocie su licencia monopólica. La sangre, ya no se dona apelando a la solidaridad, se vende a precios de mercado.

Así, el Hombre consumidor posmoderno también resulta consumido. Sistema de dominación que despersonaliza y desinstitucionaliza la organización social. Dice Dufour: “Toda institución, como el Estado o la Justicia, que se interponga entre el individuo y el Mercado, automáticamente se convierte en una institución no grata”. Como vemos, en la sociedad mercantil la amoralidad es la regla.

La violencia tiene su raíz en la pérdida de los valores simbólicos. Respeto, honor, honradez, lealtad, honestidad, solidaridad no son más que entelequias fuera del Mercado y por ende, del sistema. Para el sistema neocapitalista de la Posmodernidad, somos lo que poseemos. El Ser, en la hermenéutica mercantil, es una categoría que ha regresado a su seno sofista, al concepto “protagórico” de que nada Es y todo deviene.

101 años de Panamá América

 
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