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¡El horno no está para bollos!


EN SU MOMENTO, más por ego que por el consejo de "sus buenos amigos", el señor con apodo vacuno, motivado por sus ínfulas imperiales, pasó del pensamiento a la acción y provocó al país con un referendo insensato que costó más de ocho millones de balboas que, dicho sea de paso, bendijo el triunvirato electoral de entonces (dos los que subsisten dos) para tratar de perpetuarse en el poder. Ese intento, quedará inscrito en los anales de la inconciencia política universal, pues, en ninguna otra parte del mundo, a alguien que haya llegado a la presidencia por carambola, con un mísero 32% de los votos, se le ocurriría intentarlo. El sopapo que recibió, cuando el pueblo sepultó sus ambiciones bajo una montaña de votos, fue el justo y merecido castigo.
Parece que por los lados del "glorioso PRD" la enfermedad reeleccionaria es un mal recurrente. Antes que el "caballero de marras", otros dos de sus correligionarios acariciaron la idea de seguir conviviendo con las garzas cautivas. Los señores Royo y De la Espriella pusieron o "les pusieron" a rodar la bola, para ver si pegaba. Como en esos tiempos, esos anhelos sólo "caminaban" si lo aprobaban los cuarteles, ninguno llegó ni a la mitad de la primera base (estamos en tiempos beisboleros). Al primero, le sobrevino "el gargantazo" y, al segundo, antes de defenestrarlo, hasta lo acusaron de ser ahijado del sáhila de Arco Iris y de "arnulfista solapado".
Como el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y algunos políticos, por ser una especia animal "sui generis", tropiezan muchas más, para nada ha extrañado que el actual inquilino del Palacio de la Garzas, también se haya encariñado con los benditos animalitos y los aposentos del piso superior, los que ha redecorado a su antojo y capricho, gastándose una fortuna y parte de otra; por lo bajo unos cinco milloncejos.
Si el nuevo amago reeleccionista ha sido de la exclusiva producción de "Mr. Patria nueva" o le fue inculcado por su "kitchen cabinet" (el team marín), no es tema que importe aclarar ahora. Tal vez, el infrascrito o "sus buenos amigos" llegaron a creer que la aventura anterior fracasó porque "el intentante" había llegado a la presidencia, raspando; pero que, en su caso, por haber ganado por un margen mayor, sería diferente. De seguro, el involucrado perdió de vista o sus "buenos amigos" no le explicaron que la Constitución panameña prohíbe la reelección inmediata.
El presidente que aspire a volver a ejercer el cargo, debe, por mandato constitucional, esperar que transcurran dos períodos completos, antes de poder intentarlo. Esa prohibición sólo puede ser cambiada mediante una reforma constitucional que, salvo que sea hecha por la vía de dos asambleas distintas, supuesto imposible en el presente caso, tiene que ser aprobada en un referendo, forzosamente.
Los resultados del primer sondeo hecho público y los otros que los obsecuentes de siempre deben haber realizado, secretamente, son contundentes: ¡No se vistan que no habrá fiesta! El pueblo panameño, en el caso de que la Asamblea aprobara la reforma constitucional para permitir la reeleción, cosa que parece bastante dudosa dada la lucha, que no es retórica, que se ha desatado por el control del PRD, por abrumadora mayoría repudiaría el intento de modificar la Constitución. Ojalá que ese mensaje, que debe haber retumbado en todos los cerebros y confines de "la patria nueva" haya sido suficiente. Sería una irresponsabilidad imperdonable que, por darle, otra vez, gusto a un capricho, se repitiera la insensatez, con resultado anunciado, que ya se dio en la anterior aventura reeleccionaria.
El intento reeleccionario previo fracasó por tres razones: Una, porque, aunque el aspirante pensara ilusamente lo contrario y sus aduladores lo auparan, "gozaba" del más alto porcentaje de repudio de nuestra historia política; dos, porque, además, el pueblo panameño, por razones de principio, rechaza la reelección; y, tres, porque muchos copartidarios del "intentante" le sacaron la tabla.
El actual inquilino del Palacio de San Felipe, ha hecho, por todos los conceptos, un gobierno mediocre. Aunque en la primera mitad de su gestión, gracias al contubernio de algunos medios de comunicación y a la monstruosa y ofensiva propaganda multimillonaria oficial, ha navegado con mas suerte de la que merece, el pueblo, cada día que pasa, abre más los ojos y lo confunden menos los cuentos chinos de "la patria nueva". El telón que oculta la incompetencia de los actuales gobernantes, cual la tela rota y remendada de los viejos teatros de barrio, ha comenzado a caerse a pedazos y a exponer, en el trasfondo, el feo esqueleto de la tramoya corroída que se derrumba a pedazos.
Al comienzo, le sirvió echarle todas las culpas al gobierno anterior. Eso ya no vale. Después de haber amasado, succionando mediante reformas impositivas los bolsillos del pueblo, los mayores recursos de que ha dispuesto gobierno alguno de nuestra historia, y de haberse autoproclamado los dueños de todas las respuestas; transcurridos dos años y medio al frente del gobierno, en los no se han cumplido, ni siquiera por la mitad, una sola de sus promesas de campaña, a nadie sensato se le ocurriría pensar en la reelección. Hacerlo solapadamente, aunque después se desdigan, como han hecho en otras múltiples ocasiones, no hace otra cosa que confirmar que el sentido común no es, precisamente, un patrimonio del gobernante de turno y del grupo de "sus allegados".
Ojalá lo entiendan y, por voluntad propia, y antes de que les lluevan los rechazos, reconozcan que en temas como el de la reelección, en Panamá, ¡el horno no está para bollos!
A finales del 2006, el Ministerio de Salud (MINSA) le exigió a la Alcaldía de Panamá que haga cumplir las medidas sanitarias en los mercados municipales, a raíz de las muertes por el SIRA.

101 años de Panamá América

 
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