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El INAC y el Museo El Caño



En varias ocasiones nos hemos referido al desastroso estado de nuestros museos, sin que el Instituto Nacional de Cultura (INAC) haga nada para remediarlo. Y no es sólo bajo este gobierno, sino bajo todos. Todavía no hemos olvidado el atraco vil que se hizo durante la pasada administración contra casi toda la colección de orfebrería del Museo del Hombre Panameño. Los mismos que lo custodiaban abrieron las puertas a los ladrones. Y no hay nadie preso, aunque no todas las piezas fueron recuperadas.
Un reciente reportaje de este diario, sobre el Museo El Caño, de Natá, que agoniza frente a la desidia e indiferencia del INAC nos llena de indignación. Es un lugar hermoso, de lo más interesante, que forma una especie de un triángulo de oro junto con Sitio Conte y la Iglesia de Natá de los Caballeros con su túnel secreto. Sus imponentes y misteriosos monolitos evocan gloriosos tiempos pretéritos, en los que culturas extraordinariamente desarrolladas los erigieron como testimonio elocuente, aunque mudo, de avances y conocimientos que aún hoy ignoramos. ¿Tienen alguna relación con el movimiento de los astros y la cuenta del tiempo y las estaciones, como ocurre con las pirámides mayas de Yucatán? Claro que no lo sabemos, ni lo sabremos jamás si los dejamos perder.
Hay en el lugar algunos entierros y guacas que sirven para darnos una idea pálida de la riqueza encontrada en sitio Conte, uno de los más grandes hallazgos arqueológicos del mundo, superado sólo por los tesoros de las pirámides de Egipto y los de Teotihuacan en México, sitio que tiene dedicada una sección entera de un museo de arte de Nueva York.
Pero no sólo es El Caño, es el museo de Penonomé, el del Pausilipo de Belisario Porras en Las Tablas, y son todos los demás. El descuido y el desgreño es la tónica. No hay forma para que alguien entienda que Panamá, en medio de un auge turístico sin precedentes, necesita con urgencia ofrecer más a los visitantes.
Necesitamos buenos, modernos y bien dotados museos por todas partes; pero vivos, con gente fluyendo hacia ellos, con salones de exposición y conferencia, con sitios para ventas de recuerdos y literatura, toma de refrigerios, etc. En cada pueblo debe haber uno y llenarlo de estudiantes. Hay que darles vida, hacerlos palpitar al ritmo del corazón del país. Y que nadie se atreva a insinuar que no hay dinero. Jamás gobierno alguno, como el actual, contó con arcas más repletas, que superan toda imaginación de gasto.

101 años de Panamá América

 
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