El infame récord de los profetas del desatre
Chicago (AIPE)- El virus de la crisis invade hasta los mejores cerebros. En 1865, uno de los más grandes economistas del mundo, William S. Jevons, escribió El asunto del carbón (The Coal Question), para expresar su temor sobre la paralización del crecimiento industrial británico porque se estaban acabando las reservas de carbón. Sin embargo, Gran Bretaña sigue hoy teniendo suficiente carbón. Jevons también pronosticó que el precio del carbón aumentaría con la escasez. Por el contrario, el precio real del carbón en Gran Bretaña apenas aumentó desde 1870 a 1970. Jevons no anticipó el desarrollo de sustitutos al carbón ni nuevos motores y nuevas tecnologías que hacen un uso más eficiente de los combustibles.
Los espantosos pronósticos de la población del pastor protestante Thomas Malthus son bien conocidos. En 1803, él advirtió que la población siempre crecería lo suficiente para mantener los salarios bajos, a menos que las parejas jóvenes pospusieran sus matrimonios y tuviesen menos hijos. Sin embargo, a lo largo de casi todos los 150 años siguientes aumentaron los salarios reales en Gran Bretaña, a pesar del rápido crecimiento de la población y el más temprano matrimonio de las parejas. Malthus no previó la continuación de los avances tecnológicos después de la Revolución Industrial ni tampoco el deseo de tener menos hijos que prevalece en las economías modernas.
La mentalidad de crisis no se limita al siglo XIX ni entre economistas pesimistas. En el interesante libro El mito del día de juicio final (The Doomsday Myth), los profesores Charles Maurice y Charles W. Smithson de la Universidad Texas A&M examinaron varios pronósticos económicos negros del pasado. Por ejemplo, se temía que la escasez de madera en la Inglaterra del siglo XVII incapacitaría a las fuerzas navales y aumentaría el costo de la calefacción más allá de lo que la mayoría de las familias podían pagar. Por el contrario, el aumento del precio de la madera a lo largo de un siglo aceleró la utilización de un mejor combustible, el carbón.
El hecho que destacados pensadores como Jevons y Malthus no podían predecir el futuro desarrollo debiera ser una lección para los profetas del desastre contemporáneos. Pero el buen juicio raramente puede competir con los traficantes de supuestas crisis. El espíritu de Malthus se repite con los numerosos pronósticos de exagerado crecimiento de la población mundial que destruiría al medio ambiente y carcome el desarrollo económico. El fantasma de Jevons preside sobre el temor de que se acaben las reservas de petróleo y carbón del mundo. Tantas voces alertan hoy sobre una supuesta crisis ecológica o urbana.
La realidad no respeta tales pronósticos. Las estimaciones sobre la población mundial hecha en los años 60 han sido revisadas sustancialmente hacia abajo. Los países desarrollados se comienzan más bien a preocupar porque las familias son muy pequeñas y las tasas de nacimiento están por debajo de las necesarias para impedir que se reduzca la población. La aparente escasez de combustible sólo refleja los precios altos del cartel de la OPEP. Y los altos precios inducen no solamente a una mayor economía en el uso de combustibles sino también al descubrimiento de suministros alternos.
Las economías modernas no requieren un sector industrial dominante. El rendimiento económico de Estados Unidos entre 1947 y 1975 fue muy bueno, a pesar que en esos años la participación de la mano de obra en el sector industrial cayó de 36 por ciento a 23 por ciento. Y los déficit en la balanza comercial de Estados Unidos están más relacionados a la demanda de los extranjeros por activos en dólares que a una reducida habilidad competitiva en los mercados internacionales. De hecho, el valor del dólar en otras monedas ha estado aumentando en los años en que aumenta el déficit comercial.
La historia de varios siglos nos enseña que los individuos y las organizaciones con libertad para
responder a los precios y a otros esquemas siempre encuentran maneras ingeniosas y a menudo soluciones
inesperadas a las aparentemente insuperables dificultades económicas del momento.
(c)www.aipenet.com
Premio Nobel 1992, profesor de economía de la Universidad de Chicago.
Los espantosos pronósticos de la población del pastor protestante Thomas Malthus son bien conocidos. En 1803, él advirtió que la población siempre crecería lo suficiente para mantener los salarios bajos, a menos que las parejas jóvenes pospusieran sus matrimonios y tuviesen menos hijos. Sin embargo, a lo largo de casi todos los 150 años siguientes aumentaron los salarios reales en Gran Bretaña, a pesar del rápido crecimiento de la población y el más temprano matrimonio de las parejas. Malthus no previó la continuación de los avances tecnológicos después de la Revolución Industrial ni tampoco el deseo de tener menos hijos que prevalece en las economías modernas.
La mentalidad de crisis no se limita al siglo XIX ni entre economistas pesimistas. En el interesante libro El mito del día de juicio final (The Doomsday Myth), los profesores Charles Maurice y Charles W. Smithson de la Universidad Texas A&M examinaron varios pronósticos económicos negros del pasado. Por ejemplo, se temía que la escasez de madera en la Inglaterra del siglo XVII incapacitaría a las fuerzas navales y aumentaría el costo de la calefacción más allá de lo que la mayoría de las familias podían pagar. Por el contrario, el aumento del precio de la madera a lo largo de un siglo aceleró la utilización de un mejor combustible, el carbón.
El hecho que destacados pensadores como Jevons y Malthus no podían predecir el futuro desarrollo debiera ser una lección para los profetas del desastre contemporáneos. Pero el buen juicio raramente puede competir con los traficantes de supuestas crisis. El espíritu de Malthus se repite con los numerosos pronósticos de exagerado crecimiento de la población mundial que destruiría al medio ambiente y carcome el desarrollo económico. El fantasma de Jevons preside sobre el temor de que se acaben las reservas de petróleo y carbón del mundo. Tantas voces alertan hoy sobre una supuesta crisis ecológica o urbana.
La realidad no respeta tales pronósticos. Las estimaciones sobre la población mundial hecha en los años 60 han sido revisadas sustancialmente hacia abajo. Los países desarrollados se comienzan más bien a preocupar porque las familias son muy pequeñas y las tasas de nacimiento están por debajo de las necesarias para impedir que se reduzca la población. La aparente escasez de combustible sólo refleja los precios altos del cartel de la OPEP. Y los altos precios inducen no solamente a una mayor economía en el uso de combustibles sino también al descubrimiento de suministros alternos.
Las economías modernas no requieren un sector industrial dominante. El rendimiento económico de Estados Unidos entre 1947 y 1975 fue muy bueno, a pesar que en esos años la participación de la mano de obra en el sector industrial cayó de 36 por ciento a 23 por ciento. Y los déficit en la balanza comercial de Estados Unidos están más relacionados a la demanda de los extranjeros por activos en dólares que a una reducida habilidad competitiva en los mercados internacionales. De hecho, el valor del dólar en otras monedas ha estado aumentando en los años en que aumenta el déficit comercial.
La historia de varios siglos nos enseña que los individuos y las organizaciones con libertad para
responder a los precios y a otros esquemas siempre encuentran maneras ingeniosas y a menudo soluciones
inesperadas a las aparentemente insuperables dificultades económicas del momento.
(c)www.aipenet.com
Premio Nobel 1992, profesor de economía de la Universidad de Chicago.