El informe de la OIT
Pero no sólo es eso. La reacción del licenciado Jované es también una descortesía con los medios y el resto de los ciudadanos que, a diferencia de él, no contamos con ninguna de las versiones del informe para poder evaluarlo independientemente y compararlo con los reparos que le formula. En gran medida es sacar ventaja de quien, en inferioridad de condiciones, no tiene medios para defender una posición distinta. ¿Por qué criticar un documento que no se ha tomado la molestia de publicar?
En la misma falta incurrió el fin de semana pasado la señora presidenta de la República, Mireya Moscoso, cuando comentó en Atalaya, Veraguas, que "no está de acuerdo con las opciones presentadas por la OIT", cuando su pueblo no tiene idea de lo que está hablando. Ella y el director Jované están debidamente informados del informe que comentan, el resto de los panameños no.
No obstante, de los comentarios vertidos por uno y otro podemos deducir ciertas conclusiones. Pero antes de eso, hay que sopesar quién es la OIT. Se trata de un organismo internacional en el que están representados todos los países del mundo con prevaleciente participación de dirigentes sindicales y expertos en el ramo. Históricamente, la entidad tiende a favorecer los intereses de los trabajadores y a velar por mejores condiciones laborales. Y si se quiere ser simplista, aunque no por ello inexacto, se le considera un bastión izquierdista en un mundo globalizado.
Por eso, concluimos que la OIT dijo que había un déficit actuarial muy grave y de mediano plazo (diez o quince años, máximo), lo cual traería graves problemas para pagar las pensiones y jubilaciones a medida que nos acercáramos al período crítico sin hacer nada. También sabemos que el organismo recomendó, entre diversas fórmulas, el aumento de la edad y las cuotas de sus aportantes, y deducimos que planteó la reducción de beneficios y la ampliación de la base de cotizantes. Ignoramos, en cambio, si recomendó la adopción de novedosas fórmulas de ahorro como la subcontratación de servicios y la mejor inversión de sus reservas.
En fin, el informe de la OIT debe ser divulgado cuanto antes y ser objeto de amplia discusión por la ciudadanía, sin descalificaciones a priori, sobre todo de los funcionarios que acudieron a ella como si fuera un dios, pero que ahora patean y reniegan de ella sólo porque dijo lo que no querían oír.
En la misma falta incurrió el fin de semana pasado la señora presidenta de la República, Mireya Moscoso, cuando comentó en Atalaya, Veraguas, que "no está de acuerdo con las opciones presentadas por la OIT", cuando su pueblo no tiene idea de lo que está hablando. Ella y el director Jované están debidamente informados del informe que comentan, el resto de los panameños no.
No obstante, de los comentarios vertidos por uno y otro podemos deducir ciertas conclusiones. Pero antes de eso, hay que sopesar quién es la OIT. Se trata de un organismo internacional en el que están representados todos los países del mundo con prevaleciente participación de dirigentes sindicales y expertos en el ramo. Históricamente, la entidad tiende a favorecer los intereses de los trabajadores y a velar por mejores condiciones laborales. Y si se quiere ser simplista, aunque no por ello inexacto, se le considera un bastión izquierdista en un mundo globalizado.
Por eso, concluimos que la OIT dijo que había un déficit actuarial muy grave y de mediano plazo (diez o quince años, máximo), lo cual traería graves problemas para pagar las pensiones y jubilaciones a medida que nos acercáramos al período crítico sin hacer nada. También sabemos que el organismo recomendó, entre diversas fórmulas, el aumento de la edad y las cuotas de sus aportantes, y deducimos que planteó la reducción de beneficios y la ampliación de la base de cotizantes. Ignoramos, en cambio, si recomendó la adopción de novedosas fórmulas de ahorro como la subcontratación de servicios y la mejor inversión de sus reservas.
En fin, el informe de la OIT debe ser divulgado cuanto antes y ser objeto de amplia discusión por la ciudadanía, sin descalificaciones a priori, sobre todo de los funcionarios que acudieron a ella como si fuera un dios, pero que ahora patean y reniegan de ella sólo porque dijo lo que no querían oír.