El ingrediente de la política
Chile es el mejor ejemplo del daño que las decisiones políticas equivocadas le pueden hacer al transporte y, por ende, a la gente más pobre de un país.
En la hermana nación suramericana, se cometió el error de lanzar a la calle los buses articulados sin la planificación adecuada, sin la infraestructura, sin los componentes tecnológicos listos, irrespetando el dogma de que un proyecto de tal envergadura se debía hacer por fases, y sin la previsión y los sistemas de control y regulación establecidos. Todo por obtener algunos puntos en la carrera electoral del año pasado. Consecuencia: una severa herida social, altísimos costos políticos y una irreversible pérdida de la paz.
Sin embargo, el factor crucial que faltó, y aún falta en Chile, es la existencia en el escenario del transporte y el tráfico vehicular de una autoridad poderosa, omnisciente y con capacidad y herramientas de gobierno. Sin este factor en la ecuación, el resultado inequívoco es el caos.
Por todo esto, preocupa lo que pueda pasar en Panamá. No tenemos los mejores antecedentes como país. El rejuego político y el amiguismo han tirado por la borda cientos de proyectos y buenas ideas. Se percibe que a este Gobierno, como a todos, le siguen temblando la mano y la voz cuando se trata de negociar con la dirigencia transportista. Todavía no vemos que se tenga conciencia de la importancia que debe tener la Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre en lo que está por venir. Más que establecer un sistema moderno de transporte masivo, en el fondo de lo que se trata es de la transformación y salto al futuro de la ATTT. No vemos movimientos hacia esa dirección.
Si se continúa en el camino de la improvisación, del pánico a la fuerza transportista, del paternalismo y la inseguridad jurídica, negros nubarrones nos esperan en lontananza.