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El instinto convertido en ley


Cada gestión gubernamental, sin excepción partidista, ha simpatizado con el deseo clandestino, que ciertos grupos tienen, de reglamentar a la prensa, mediante aparentes preceptos inofensivos.
Quienes favorecen la necesidad de una ley de prensa sustentan que es el recurso obvio para garantizar al comunicador social el digno tratamiento profesional, del cual es merecedor frente a su compleja labor. Fundamento indiscutible y válido, si se busca otorgarle, por lo menos, decoro salarial.
Y aunque es conveniente la educación universitaria ésta no asegura -ciento por ciento-, a ningún egresado de la Facultad de Comunicación Social, la competencia ni el olfato periodístico imprescindibles, que en realidad se perfeccionan con la experiencia adquirida.
No es mejor quien sabe sino quien aprende, sin importar si obtuvo o no un diploma. Ante dicha premisa, sería una trivialidad insistir en la obligatoriedad del título universitario.
Es prudente reconocer, el fecundo potencial de muchos comunicadores, libres de fórmulas aprendidas, cuyo desempeño es tan sobresaliente, como el de un brillante periodista académico.
Diplomados y empíricos, se miran como dos razas desiguales, los primeros con una destreza teñida de conocimientos técnicos, los segundos, dueños de una práctica percepción. Al final, ambos coinciden en su pasión por el excitante universo noticioso, en todas sus especialidades, y en tal bregar oficioso, también comparten la misma angustia de ser demandados o apresados.
Si de idoneidad se trata, no correspondería vedar el ejercicio periodístico por cuestiones académicas sino por la integridad moral de quien, a pesar que es un imperfecto, debe abstenerse de acciones destructivas ilógicas, durante la cotidiana transmisión de mensajes masivos.
El perfil del comunicador ideal se adivina en una preclara propuesta budista, dirigida al hombre común: No usar lenguaje irreflexivo (hablar por hablar), no emplear lenguaje que daña, no valerse del lenguaje que divide (chismes) y evitar mentir o exagerar la verdad.
Le toca a los representantes políticos y gremiales, encargados de dar forma al embrión de ley de prensa, ignorar toda sugerencia con respecto de la reaparición de una junta, cuerpo u organismo, con aires restrictivos, similar a la que en épocas militaristas fastidió a más de un medio de comunicación, junto a sus osados periodistas.
Delimitar responsabilidades y deberes es una probabilidad en el documento en discusión, pero cuidado con la inclusión de artículos de dudosa interpretación, que a la larga, determinará el éxito jurídico o su existencia inútil y hasta desfasada.
111 Le toca a los representantes políticos y gremiales, encargados de dar forma al embrión de ley de prensa, ignorar toda sugerencia con respecto de la reaparición de una junta, cuerpo u organismo, con aires restrictivos, similar a la que en épocas militaristas.
La tentadora intención controladora, no puede filtrarse en el delicado contenido del proyecto de ley final, que resulte de la consulta armónica, y sin mayor aspiración que la de consolidar el estatus profesional de los periodistas.
De hecho, hasta ahora, sin ley alguna, los comunicadores tienen que lidiar contra los peligros de caer en el libertinaje, la publicación imprecisa de hechos y la exposición de denuncias, sin pruebas. Es obvio y está sobrentendido que mientras se elabora una noticia se piensa en el público, en la credibilidad del medio y en su propio prestigio.
No es más ni menos que el instinto de conservación el único capaz de regular, en buena medida las tendencias y pensamientos humanos, lo cual es difícil que logre una ley antojadiza.

101 años de Panamá América

 
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