El instinto salvaje de un estudiante
Leí con estupor la noticia, "Alumno le dispara en la cabeza a profesor", publicada en este diario, el 25 de noviembre. Sobre el particular, deseo hacer algunas observaciones: Los casos de violencia escolar se vuelven cada vez más frecuentes, jóvenes que disparan contra sus compañeros y profesores, son sin duda un fenómeno social terrible que debe hacernos reflexionar para detener esta desastrosa realidad.
Los hechos ahí están, ojalá que hubiera sido una película, pero no, es un suceso de la vida real. No bastan los hechos, es preciso obtener alguna explicación, ¿Qué fue lo que motivó a este chico a actuar de tal manera? ¿Qué le hizo olvidar su condición humana para proceder de semejante forma? ¿Qué tipo de pensamientos y sentimientos cruzaban por la mente y el corazón de este joven?
Es terrible, lo sabemos, pero... no es un acto aislado. En nuestro país y alrededor del mundo hay muchos casos como éste. Será importante pensar: ¿Dónde está la sociedad? ¿Qué hace ésta para favorecer estos actos en los jóvenes, la esperanza del mundo? ¿Qué hacen los medios de comunicación? ¿Qué dicen los maestros? ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde estamos nosotros?
Una sociedad se conoce por sus manifestaciones, por los fenómenos que en ella suceden. Lamentablemente, no podemos afirmar que la sociedad de este siglo se caracterice por la fraternidad, por el perdón, por la misericordia, por la solidaridad, por la paz y, estos casos de violencia en las escuelas no son más que un reflejo de lo que los jóvenes desde niños aprenden, de modo especial, en la primera sociedad en la cual son recibidos: la familia.
Los valores que se viven en la familia enmarcan la personalidad de un niño desde antes que pueda hablar. Cada niño es como una esponja que absorbe todo lo que hay a su alrededor, casi sin darse cuenta los padres transmiten todo lo que son, sus gustos, sus motivaciones, sus ideales, su carácter, sus valores y, lo que viven los niños son pleitos, gritos, golpes, traiciones, egoísmo, envidias, rencores...ellos aprenden, simplemente aprenden. Un alto porcentaje pertenece a familias desfavorecidas y con frecuencia marginadas. Se mueven, por lo tanto, en culturas diferentes al resto de la sociedad. Por ende, son más propensos a delinquir.
Los medios de comunicación podrían hacer maravillas enseñando los valores universales que llevan a una convivencia sana, al respeto de la persona humana. Sin embargo, lo que encontramos no es eso, hasta en las caricaturas lo que vemos son pleitos, venganzas, muertes, coraje, egoísmo...y los niños, siguen aprendiendo.
La sociedad, los medios de comunicación, y la familia juegan un papel primordial. Habría que adentrarse en la historia de este joven y de muchos que como él, cometen tales horrores y causan tan gran dolor.
No puedo dejar de mencionar, los malos tratos que muchos estudiantes son objeto de parte de profesores y maestros de colegios públicos y privados en nuestro país. El muchacho tiene que ser modelo en rendimiento escolar y conducta o si no, se le abochorna, ridiculiza y lastima su dignidad. Este absurdo contribuye a su degeneración. No basta lo que nosotros pensemos de ellos, lo principal es lo que estamos dispuestos a hacer por ellos.
Nuestros primeros años nos dejan una marca de fuego que no desaparece nunca. Lo que entonces experimentamos tiende a repetirse a lo largo de la vida; lo bueno y lo malo -el egoísmo, la religiosidad, la envidia, el ánimo cariñoso, los fracasos, la impureza, la alegría- sellan la personalidad. La niñez requiere cuidado sumo, pues lo que entonces pueda ocurrir tiene gran trascendencia. Los padres de familia y educadores no han de cerrar los ojos y deben vigilarlos y encauzarlos por el camino del bien, siendo ellos los primeros promotores de esto a través de su ejemplo y exigiendo a la sociedad y a los medios de comunicación un ambiente sano y justo que enseñe a los niños y jóvenes a ser verdaderos portadores de paz.
Ahora bien, hemos hablado ya del punto de vista social, familiar, humano; sin embargo, esto no lo es todo, este episodio de violencia ha de llevarnos a reflexionar más a fondo para comprender estos trágicos sucesos y su sentido, de modo que, tomen una dimensión distinta y profundamente sanadora, convirtiéndose en una oportunidad de crecimiento espiritual inigualable.
La sociedad para combatir la delincuencia y disuadir al delincuente, reclama mano dura de las autoridades, actuación enérgica de la policía y represión en la ejecución de la pena. Pero, tengo que decir que la represión no educa, más bien subleva, humilla, denigra y contamina.
El delito tiene sus causas. Se trata de una responsabilidad repartida y compartida. Todos somos responsables. Si los rechazas y consideras gente de mal vivir, asesinos, mafiosos, despreciables, la basura del mundo, pues te diré que siguen siendo seres humanos igual que tú y yo; lo único que se consigue es hacerle progresar en el delito. Por tanto, han de ser tratados con la consideración a su condición de hombre o mujer; esto lo dignifica y se le hace avanzar hacia el camino de la conversión. Con esto no quiero y no debo exonerar de culpa a quien es responsable de sus actos. Es necesario que este estudiante reconozca su delito, escuche su conciencia que, sin duda, ha de reprocharle su instinto salvaje.
El sistema de la corrección es incuestionable, pero hay que hacerlo con sabiduría y prudencia. Mientras no se destruyan las estructuras de la injusticia en que la sociedad está instalada, no será posible acabar con la delincuencia.
Los hechos ahí están, ojalá que hubiera sido una película, pero no, es un suceso de la vida real. No bastan los hechos, es preciso obtener alguna explicación, ¿Qué fue lo que motivó a este chico a actuar de tal manera? ¿Qué le hizo olvidar su condición humana para proceder de semejante forma? ¿Qué tipo de pensamientos y sentimientos cruzaban por la mente y el corazón de este joven?
Es terrible, lo sabemos, pero... no es un acto aislado. En nuestro país y alrededor del mundo hay muchos casos como éste. Será importante pensar: ¿Dónde está la sociedad? ¿Qué hace ésta para favorecer estos actos en los jóvenes, la esperanza del mundo? ¿Qué hacen los medios de comunicación? ¿Qué dicen los maestros? ¿Dónde están sus padres? ¿Dónde estamos nosotros?
Una sociedad se conoce por sus manifestaciones, por los fenómenos que en ella suceden. Lamentablemente, no podemos afirmar que la sociedad de este siglo se caracterice por la fraternidad, por el perdón, por la misericordia, por la solidaridad, por la paz y, estos casos de violencia en las escuelas no son más que un reflejo de lo que los jóvenes desde niños aprenden, de modo especial, en la primera sociedad en la cual son recibidos: la familia.
Los valores que se viven en la familia enmarcan la personalidad de un niño desde antes que pueda hablar. Cada niño es como una esponja que absorbe todo lo que hay a su alrededor, casi sin darse cuenta los padres transmiten todo lo que son, sus gustos, sus motivaciones, sus ideales, su carácter, sus valores y, lo que viven los niños son pleitos, gritos, golpes, traiciones, egoísmo, envidias, rencores...ellos aprenden, simplemente aprenden. Un alto porcentaje pertenece a familias desfavorecidas y con frecuencia marginadas. Se mueven, por lo tanto, en culturas diferentes al resto de la sociedad. Por ende, son más propensos a delinquir.
Los medios de comunicación podrían hacer maravillas enseñando los valores universales que llevan a una convivencia sana, al respeto de la persona humana. Sin embargo, lo que encontramos no es eso, hasta en las caricaturas lo que vemos son pleitos, venganzas, muertes, coraje, egoísmo...y los niños, siguen aprendiendo.
La sociedad, los medios de comunicación, y la familia juegan un papel primordial. Habría que adentrarse en la historia de este joven y de muchos que como él, cometen tales horrores y causan tan gran dolor.
No puedo dejar de mencionar, los malos tratos que muchos estudiantes son objeto de parte de profesores y maestros de colegios públicos y privados en nuestro país. El muchacho tiene que ser modelo en rendimiento escolar y conducta o si no, se le abochorna, ridiculiza y lastima su dignidad. Este absurdo contribuye a su degeneración. No basta lo que nosotros pensemos de ellos, lo principal es lo que estamos dispuestos a hacer por ellos.
Nuestros primeros años nos dejan una marca de fuego que no desaparece nunca. Lo que entonces experimentamos tiende a repetirse a lo largo de la vida; lo bueno y lo malo -el egoísmo, la religiosidad, la envidia, el ánimo cariñoso, los fracasos, la impureza, la alegría- sellan la personalidad. La niñez requiere cuidado sumo, pues lo que entonces pueda ocurrir tiene gran trascendencia. Los padres de familia y educadores no han de cerrar los ojos y deben vigilarlos y encauzarlos por el camino del bien, siendo ellos los primeros promotores de esto a través de su ejemplo y exigiendo a la sociedad y a los medios de comunicación un ambiente sano y justo que enseñe a los niños y jóvenes a ser verdaderos portadores de paz.
Ahora bien, hemos hablado ya del punto de vista social, familiar, humano; sin embargo, esto no lo es todo, este episodio de violencia ha de llevarnos a reflexionar más a fondo para comprender estos trágicos sucesos y su sentido, de modo que, tomen una dimensión distinta y profundamente sanadora, convirtiéndose en una oportunidad de crecimiento espiritual inigualable.
La sociedad para combatir la delincuencia y disuadir al delincuente, reclama mano dura de las autoridades, actuación enérgica de la policía y represión en la ejecución de la pena. Pero, tengo que decir que la represión no educa, más bien subleva, humilla, denigra y contamina.
El delito tiene sus causas. Se trata de una responsabilidad repartida y compartida. Todos somos responsables. Si los rechazas y consideras gente de mal vivir, asesinos, mafiosos, despreciables, la basura del mundo, pues te diré que siguen siendo seres humanos igual que tú y yo; lo único que se consigue es hacerle progresar en el delito. Por tanto, han de ser tratados con la consideración a su condición de hombre o mujer; esto lo dignifica y se le hace avanzar hacia el camino de la conversión. Con esto no quiero y no debo exonerar de culpa a quien es responsable de sus actos. Es necesario que este estudiante reconozca su delito, escuche su conciencia que, sin duda, ha de reprocharle su instinto salvaje.
El sistema de la corrección es incuestionable, pero hay que hacerlo con sabiduría y prudencia. Mientras no se destruyan las estructuras de la injusticia en que la sociedad está instalada, no será posible acabar con la delincuencia.