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El juega vivo como frustración nacional


Generalmente, los panameños somos demasiado exigentes con nosotros mismos. Habrá quienes no compartirán aquella afirmación, una que los más mojigatos categóricamente desestimaran como falsa e irresponsable. Sin duda, siglos de juega vivo en tierras istmeñas horadaron una profunda indignación a lo que no se ajusta a nuestras nítidas percepciones. Por ello, vemos que cada generación escoge a sus voceros cívicos, quienes se dedican a destacar todo lo malo de nuestro terruño, sin ofrecer nada para cambiarlo.

En ese contexto un pueblo hoy debate el rumbo a seguir el próximo quinquenio, y a pesar de las voces en cada esquina del tinglado político, no es aventurado suponer que la protagonista será esa muy panameña mezcla de hastío con sabor a comparsa. Es cierto, los niveles de participación electoral en Panamá han sido altos (mayores al 70% desde 1994) y esta elección no será la excepción. No obstante, la ciudadanía cuando opina, cuando comenta, cuando sencillamente demuestra su convicción con o sin respeto por lo ajena, se retrotrae a ese bostezo cómodo, de cuán "¡mal ta’ la cosa hombre!" y del líder que lo arreglara todo ??" para su descaro, sólo después que resulte elegido. ¡Esto de la democracia seria mucho más fácil si los lideres arreglasen los problemas antes de ambicionar el poder! Pero, para nuestra tristeza, ni la vida o la política funcionan por artilugio, si bien nuestros dineros desaparecen por ardides similares.

Y en medio de aquella tragicomedia, los candidatos malamente insisten en considerar esto como despecho político, cuando más bien es desesperanza. Sobre el pueblo panameño no recae la culpa de que lo manipulen, a pesar de que sí existe cierta complicidad en el acto: por ejemplo, son de espanto los comentarios que aparecen escritos en las noticias políticas en el PA-DIGITAL en contra o a favor de tal o cual aspirante al solio presidencial. Sin duda la libertad de expresión es absoluta, y el comentario soez ocasional, testamento de esa pasión que nos hace gente y nos ofrece una dosis de realidad cuando a veces más se necesita. El problema radica que los políticos, en aras de forjarse fama de gente, copian este discurso de epítetos y lo repiten en cada uno de sus mítines. Y lo que era antes desesperanza, poco a poco se convierte en rabia.

Creo que es hora que pongamos esa mojigatería a un lado ??" sea cual sea el tema. Panamá no necesita más fariseos. Panamá tampoco necesita un Mesías. Un plan de gobierno no nos ofrecerá la felicidad eterna, si bien uno medianamente cuerdo quizás nos haga la vida un poco más fácil - si se implementa. Por eso, no seamos tan ramplones con nuestros líderes, no les exijamos cualidades sobrenaturales, unas que al final quedan como guirnaldas a lo largo de la campaña. Pidámosle una dosis de humildad, y otro tanto de ejemplo. En una sociedad donde coexiste la más abyecta precariedad con la más extravagante opulencia, no necesitamos más falsos profetas, sino más voces que clamen en el desierto ??" gente que le hable la verdad al poder, sin reparar cuán dolorosa sea esa verdad, o cuanto poder detente la audiencia.

Sólo así, quizás, vendrán mejores días -no a consecuencia de un Mesías, sino porque esos panameños del futuro serán mejores hombres y mujeres que nosotros... y todo porque hoy no nos dejamos arrebatar la esperanza por una indignación mojigata.

eloyfish@epasa.com

101 años de Panamá América

 
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