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El juicio de Henry Kissinger


Casi al mismo tiempo que la aparición del último tomo de sus memorias y de la solicitud de un juez chileno para que rinda testimonio sobre la desaparición de un periodista norteamericano durante la dictadura militar, el escritor liberal Christopher Hitchens ha lanzado al mercado editorial "The Trial of Henry Kissinger", un brioso alegato jurídico y político que demanda el procesamiento del ex Secretario de Estado por su responsabilidad en los bombardeos de Viet Nam y Cambodia y la muerte de millares de civiles y militares en esas acciones bélicas.
Transformado en abogado acusador y a veces en juez, Hitchens plantea que Kissinger sea sometido a proceso por el deliberado asesinato en masa de poblaciones civiles en Indochina; deliberada colusión en crímenes en masa y después en asesinatos en Bangladesh; personal involucramiento en el planeamiento del crimen de un funcionario en Chile, país con el cual Estados Unidos (EU) no estaba en guerra; involucramiento en el plan para asesinar a un jefe de estado en Chipre; incitamiento al genocidio en Timor Oriental; involucramiento en un plan para raptar y asesinar a un periodista residente en Washington D.C. Hitchens invoca en la sustentación de su alegato, los antecedentes del juicio de Nuremberg contra criminales de guerra nazis y la jurisdicción internacional creada por el intento de encausamiento de Augusto Pinochet protagonizado por el juez español Baltazar Garzón en Inglaterra.
Si la argumentación de Hitchens condujera al encausamiento de Henry Kissinger también tendría cierta validez jurídica el procesamiento de los ex - presidentes Lyndon Johnson, Richard Nixon y Gerald Ford , los funcionarios que ocuparon en esos períodos presidenciales la Secretaría de Estado (Robert McNamara, Alexander Haigh, entre otros) y quienes formaron parte del Consejo Nacional de Seguridad, miembros de estado mayor de las tres ramas militares . Si exceptuamos a los políticos desaparecidos como Johnson, no quedaría títere con cabeza en el funcionariado de primer nivel en la Casa Blanca que tuvo alguna participación en las decisiones cruciales en el conflicto de Viet Nam, en el golpe militar en Chile, Bangladesh, Timor Oriental, Chipre y otros casos desplegados por el diligente pero desmesurado investigador político, quien reclama que también debió comprenderse a Kissinger en el Watergate.
En cierto sector de los liberales de EU y de otros países existe una fijación sobre Kissinger. Una fijación que repercutió en Hollywood cuando Stanley Kubrick dirigió un film en el que Peter Sellers caricaturizó a Kissinger como el Dr. Strangelove, híbrido de criminal nazi paralítico en un sillón de ruedas, asesor del Departamento de Estado, que intenta impedir que un loco general lance una bomba nuclear en la Unión Soviética. Una fijación en la que se mezclan, indudablemente, una repulsión humanística por las crueles decisiones basadas en la "real politk", sobre la guerra de Viet Nam, pero también cierta envidia, típica de profesores universitarios de la Ivy League, por los éxitos de Kissinger como analista todavía consultado por el Departamento del Estado, como autor de libros que son sucesos de venta y como miembro de un jet set que no envejece a pesar del peso y el paso de los años bajo los cerezos de Washington. Algunos tics verbales de Hitchens sobre la docencia de Kissinger en Harvard parecen revelar un revoltijo de conceptos, emociones y pasiones.
Lo que Hitchens no advierte con claridad es que no está pretendiendo ajustarle cuentas sólo a una persona o un grupo de personas en el poder sino a la nación norteamericana. Y puesto en ese plan tendría que remontarse al pasado y no circunscribirse al presente histórico de la primera potencia mundial. Fue el sistema de poder del país, la ideología en ejercicio, los reflejos militares puestos a prueba antes en la guerra de independencia de Cuba, luego en República Dominicana, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, el Medio Oriente, el Golfo Pérsico y en tantos lugares del mundo, lo que hizo posible que existieran históricamente los predecesores de Kissinger en la Secretaría de Estado , John Haig en relación a Panamá, por ejemplo, o John Foster Dulles y después McNamara, hoy acosado por los remordimientos del napalm y todos los defoliadores lanzados sobre las poblaciones de Viet Nam.
Situar a Kissinger en el nivel de Hitler, Goebbels, Stalin, Molotov, Pinochet, Milosevic, y enrrostrarle culpabilidad en crímenes de guerra representa roer los fundamentos de EU como potencia bélica y de los protagonistas del servicio diplomático que negociaron convenios, de los mandatarios que autorizaron intervenciones militares en guerras no declaradas, de los comandantes militares que sirvieron en Corea, Viet Nam, Cambodia, y otros escenarios de una postguerra dilatada y aún inconclusa.
Sin convalidar lo que el Dr. Kissinger aprobó o ejecutó en las variopintas situaciones locales e internacionales en las que intervino como secretario de estado o consejero de seguridad, debemos reconocer que su lúcida y, a menudo, helada inteligencia remeció el Departamento de Estado, como pocas veces se percibió en este siglo. Es probable que, dependiendo de las perspectivas y circunstancias, unos ubiquen a Kissinger como verdugo y otros como héroe. En cualquiera de tales opciones, no se podría minimizar su papel en el acuerdo de paz que extrajo a EU del entrampamiento de Viet Nam o de la aproximación con China Continental. Al libro de Hitchens le falta esa importante dosis de equilibrio que evita que el análisis político se convierta en un libelo arropado en la retórica del falso humanismo.

101 años de Panamá América

 
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