El laberinto en Martinelli
El proceso que desde hace 4 años se ha venido usando para nombrar a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia ha revelado sus debilidades. No se puede argumentar que en las dos veces en que se utilizó antes, en 2005 y 2007, haya tenido buenos resultados. El que considere que las designaciones que entonces se hicieron fueron apropiadas, debería reconocer que fueron el resultado del acierto del Presidente; el que tenga una opinión contraria, debe concluir que no hay nada en el procedimiento que impida una designación desafortunada. Si el Presidente ni siquiera está obligado a cumplirlo, entonces hay que decir lo que es obvio: el pretendido procedimiento es y ha sido desde el primer día una farsa. El hecho de que el Ejecutivo se haya desligado de la corriente de opinión que se siente a gusto con este "reality" no es una pérdida para la democracia. Nada le impide a Martinelli hacer las designaciones que la justicia panameña necesita. Le volvemos a reiterar al Señor Presidente que es de vital importancia que cumpla con su promesa política de llevar a los mejores juristas al máximo tribunal y que no permita ningún tipo de repartición entre partidos políticos y los espúreos intereses que se cuelan a través de dichas organizaciones y sus donantes. Lo razonable es que el mandatario permita un breve espacio de tiempo entre la designación y la ratificación de modo que la sociedad pueda auscultar a los designados y la Asamblea haga un debate informado antes de proceder a la votación. Si se vuelve a repetir la práctica de que la ratificación se produce "horas después" del anuncio presidencial, seguiremos la vieja y detestable práctica de los hechos cumplidos, que no admiten forma alguna de participación.