El largo camino del médico
TODOS, quien más quien menos, conocemos la trayectoria del ejercicio de la Medicina. El médico primero fue un dios, luego un semidiós, después un brujo, más tarde barbero, con el tiempo un nigromante y hasta un apóstata o hereje, luego un sacerdote y ahora se lo percibe como un técnico especializado en un aparato o sistema. Vemos que el significado y la concepción que se tiene de quien profesa la medicina cambia con las costumbres y creencias, es decir, con la moral de la sociedad y la cultura en la que ejerce.
La Medicina misma ha ido cambiando de filosofía. Pasó de ciencia esotérica (oculta) a exotérica (revelada). De ciencia empírica a ciencia fáctica, lineal, típica de los sistemas ordenados, que va de causa a efecto y cuyo valor predictivo es cuantitativo, se puede medir. En la actualidad, desde el punto de vista epistemológico, a la Medicina se la considera una ciencia compleja, pues en determinadas ocasiones su comportamiento es lineal pero en otras responde a los sistemas caóticos, no lineales, cuya predicción es cualitativa o probabilística, basada en la evidencia estadística. Este navegar continuo de la Medicina entre lo mensurable y lo probable, entre lo cuantitativo y lo cualitativo todavía no logra ser bien comprendido por algunos médicos, ni por las instituciones que se encargan de impartir su enseñanza.
El fin de la medicina no es combatir la muerte, pues en ese caso sería, desde el principio, una ciencia destinada al fracaso total y absoluto, lo cual sería ridículo, pues la muerte es la última manifestación del proceso vital y como tal debe ser respetada. Tampoco es el obtener un resultado para sostener la vida a cualquier costo, ya sea científico, académico, económico, sociológico, religioso, cultural o filosófico. El fin de la medicina es una utopía, en parte científica y por tanto alguna vez realizable y a la vez, metafísica, ya que tiende hacia un fin contingente, que puede o no obtenerse, como es el de "lograr, preservar y mantener el mayor bienestar físico, psíquico y social y no solo la ausencia de enfermedad" (definición de salud de la OMS).
Pero si bien este fin es una utopía realizable y contingente, no lo son sus medios. Para lograr la legitimidad de estos amplios objetivos, los medios de que se vale el médico deben acatar los principios de la moral y las reglas de la bioética en un corpus axiológico (de valores) aplicado a todo aquello que tenga que ver con la calidad de vida universal y en particular la de los seres humanos, respetando la concepción que de vida digna tengan el paciente, el médico que lo atiende y la sociedad que los cobija. Para los religiosos la dignidad humana proviene del origen sagrado de la vida. Para los laicos, de la libertad para escoger lo que se estima como mejor o menos malo.
Así, el médico de hoy es un profesional destinado a proteger la salud y a preservarnos de la enfermedad, entendida esta como un desequilibrio bio-psico-social y no como un conjunto de signos y síntomas. Durante su larga formación académica al médico se lo entrena enfatizando la parte biológica del cuerpo que tenemos, la de la ciencia fáctica y éste tiende a un cientificismo natural y primario pues cree poseer la verdad absoluta. Con los años de ejercicio profesional, de experiencia y estudio en el trato con los pacientes, aprende a conocer la persona que somos, lo que permite a quienes estén alerta y sean sensibles, distinguir los distintos efectos y formas de padecer las enfermedades por parte del individuo y su medio; un hecho que aproxima la Medicina al Arte. Por último, su propia condición humana lo hace ahondar en los problemas sociales que afectan la salud integral de la comunidad. Un solo enfermo puede reflejar un problema social catastrófico.
No raramente existe en la Medicina la misma brecha que separa a padres e hijos. Estos, en ocasiones, no perciben la importancia de un buen consejo, lo mismo ocurre con los galenos jóvenes, algunos no comprenden a cabalidad la importancia que tienen para su formación, cultivar la cultura general, el conocimiento de la sociedad en que vive, las costumbres de sus pacientes y las opiniones que algunos, más viejos, hacemos en público de temas aparentemente desligados de la profesión. Craso error. Decía Picasso al final de su carrera, que le había llevado toda una vida aprender a pintar como un niño. Lo mismo sucede en el largo camino del médico. Tenemos que pasar toda una vida para aprender a reconocer que lo más importante no es curar, sino prevenir y antes que restaurar, aliviar. "El médico ha de ser lo más que pueda un sabio pero lo será mejor si conserva su corazón abierto a la piedad." (Pasteur Valèry Radot). Desde este punto de vista bio-psico-social, el médico contrae con la sociedad un compromiso moral que debe cancelar denunciando públicamente cuando observe una injusticia, un atropello a la libertad o a la dignidad de la vida humana en cualquiera de sus aspectos, biológico, psicológico o social.
El médico moderno, como el antiguo, es y será siempre el mismo y no puede ni debe permanecer pasivo, sin faltar en algo a su juramento, cuando descubre que casi la mitad de la población padece la más cruel, mortal e injusta de las enfermedades, la que no registra ningún certificado de defunción: la pobreza.
(drjcal@psi.net.pa)
La Medicina misma ha ido cambiando de filosofía. Pasó de ciencia esotérica (oculta) a exotérica (revelada). De ciencia empírica a ciencia fáctica, lineal, típica de los sistemas ordenados, que va de causa a efecto y cuyo valor predictivo es cuantitativo, se puede medir. En la actualidad, desde el punto de vista epistemológico, a la Medicina se la considera una ciencia compleja, pues en determinadas ocasiones su comportamiento es lineal pero en otras responde a los sistemas caóticos, no lineales, cuya predicción es cualitativa o probabilística, basada en la evidencia estadística. Este navegar continuo de la Medicina entre lo mensurable y lo probable, entre lo cuantitativo y lo cualitativo todavía no logra ser bien comprendido por algunos médicos, ni por las instituciones que se encargan de impartir su enseñanza.
El fin de la medicina no es combatir la muerte, pues en ese caso sería, desde el principio, una ciencia destinada al fracaso total y absoluto, lo cual sería ridículo, pues la muerte es la última manifestación del proceso vital y como tal debe ser respetada. Tampoco es el obtener un resultado para sostener la vida a cualquier costo, ya sea científico, académico, económico, sociológico, religioso, cultural o filosófico. El fin de la medicina es una utopía, en parte científica y por tanto alguna vez realizable y a la vez, metafísica, ya que tiende hacia un fin contingente, que puede o no obtenerse, como es el de "lograr, preservar y mantener el mayor bienestar físico, psíquico y social y no solo la ausencia de enfermedad" (definición de salud de la OMS).
Pero si bien este fin es una utopía realizable y contingente, no lo son sus medios. Para lograr la legitimidad de estos amplios objetivos, los medios de que se vale el médico deben acatar los principios de la moral y las reglas de la bioética en un corpus axiológico (de valores) aplicado a todo aquello que tenga que ver con la calidad de vida universal y en particular la de los seres humanos, respetando la concepción que de vida digna tengan el paciente, el médico que lo atiende y la sociedad que los cobija. Para los religiosos la dignidad humana proviene del origen sagrado de la vida. Para los laicos, de la libertad para escoger lo que se estima como mejor o menos malo.
Así, el médico de hoy es un profesional destinado a proteger la salud y a preservarnos de la enfermedad, entendida esta como un desequilibrio bio-psico-social y no como un conjunto de signos y síntomas. Durante su larga formación académica al médico se lo entrena enfatizando la parte biológica del cuerpo que tenemos, la de la ciencia fáctica y éste tiende a un cientificismo natural y primario pues cree poseer la verdad absoluta. Con los años de ejercicio profesional, de experiencia y estudio en el trato con los pacientes, aprende a conocer la persona que somos, lo que permite a quienes estén alerta y sean sensibles, distinguir los distintos efectos y formas de padecer las enfermedades por parte del individuo y su medio; un hecho que aproxima la Medicina al Arte. Por último, su propia condición humana lo hace ahondar en los problemas sociales que afectan la salud integral de la comunidad. Un solo enfermo puede reflejar un problema social catastrófico.
No raramente existe en la Medicina la misma brecha que separa a padres e hijos. Estos, en ocasiones, no perciben la importancia de un buen consejo, lo mismo ocurre con los galenos jóvenes, algunos no comprenden a cabalidad la importancia que tienen para su formación, cultivar la cultura general, el conocimiento de la sociedad en que vive, las costumbres de sus pacientes y las opiniones que algunos, más viejos, hacemos en público de temas aparentemente desligados de la profesión. Craso error. Decía Picasso al final de su carrera, que le había llevado toda una vida aprender a pintar como un niño. Lo mismo sucede en el largo camino del médico. Tenemos que pasar toda una vida para aprender a reconocer que lo más importante no es curar, sino prevenir y antes que restaurar, aliviar. "El médico ha de ser lo más que pueda un sabio pero lo será mejor si conserva su corazón abierto a la piedad." (Pasteur Valèry Radot). Desde este punto de vista bio-psico-social, el médico contrae con la sociedad un compromiso moral que debe cancelar denunciando públicamente cuando observe una injusticia, un atropello a la libertad o a la dignidad de la vida humana en cualquiera de sus aspectos, biológico, psicológico o social.
El médico moderno, como el antiguo, es y será siempre el mismo y no puede ni debe permanecer pasivo, sin faltar en algo a su juramento, cuando descubre que casi la mitad de la población padece la más cruel, mortal e injusta de las enfermedades, la que no registra ningún certificado de defunción: la pobreza.
(drjcal@psi.net.pa)