El legado del 11 de septiembre
Esta perspectiva de que ciertas sustancias o bacterias lleguen a utilizarse como armas letales a escala masiva, llevó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a recomendar que se reactive la conexión informática de todos los laboratorios y centros de salud del mundo entero, para enfrentar eventuales catástrofes.
En condiciones normales, los sistemas de salud suelen presentar problemas, incluso en los países desarrollados. Tiene ya larga data la polémica sobre la prioridad de inversiones en el sector salud. Por una parte, el desarrollo de los laboratorios privados y la industria de instrumentación y tratamientos médicos sofisticados han producido significativos avances científicos. Sin embargo, su contrapartida es el fenomenal costo de tales innovaciones, que termina siendo afrontado por los presupuestos públicos o por los bolsillos de los particulares. Al mismo tiempo, estos avances quedan restringidos a los países y segmentos con poder adquisitivo suficiente como para acceder a ellos. Por el otro lado, los recursos destinados a la prevención que incluye la atención primaria y la vacunación masiva, al tener que disputar con los que requieren los medicamentos, suelen quedar bastante acotados o directamente relegados.
La gran paradoja es que mientras el mundo occidental planea cómo defenderse de la irrupción de ataques bacteriológicos, la mayor parte de la población mundial sigue siendo víctima de enfermedades fácilmente tratables. Sólo basta que se destinen a ello sumas que resultan irrisorias con relación al bien que protegen: la salud y la vida de seres humanos. Panamá tiene un sistema de salud en estado crítico, que a la crónica insuficiencia de recursos agrega una mala asignación del gasto. Su deterioro de los últimos años se entronca con la crítica situación económica y social. Por eso, cuando a los males presentes se les suman nuevas amenazas terroristas, resulta vital que se refuerce el sistema de salud.
En condiciones normales, los sistemas de salud suelen presentar problemas, incluso en los países desarrollados. Tiene ya larga data la polémica sobre la prioridad de inversiones en el sector salud. Por una parte, el desarrollo de los laboratorios privados y la industria de instrumentación y tratamientos médicos sofisticados han producido significativos avances científicos. Sin embargo, su contrapartida es el fenomenal costo de tales innovaciones, que termina siendo afrontado por los presupuestos públicos o por los bolsillos de los particulares. Al mismo tiempo, estos avances quedan restringidos a los países y segmentos con poder adquisitivo suficiente como para acceder a ellos. Por el otro lado, los recursos destinados a la prevención que incluye la atención primaria y la vacunación masiva, al tener que disputar con los que requieren los medicamentos, suelen quedar bastante acotados o directamente relegados.
La gran paradoja es que mientras el mundo occidental planea cómo defenderse de la irrupción de ataques bacteriológicos, la mayor parte de la población mundial sigue siendo víctima de enfermedades fácilmente tratables. Sólo basta que se destinen a ello sumas que resultan irrisorias con relación al bien que protegen: la salud y la vida de seres humanos. Panamá tiene un sistema de salud en estado crítico, que a la crónica insuficiencia de recursos agrega una mala asignación del gasto. Su deterioro de los últimos años se entronca con la crítica situación económica y social. Por eso, cuando a los males presentes se les suman nuevas amenazas terroristas, resulta vital que se refuerce el sistema de salud.