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El lenguaje de la corrupción


Los analíticos del lenguaje han venido haciendo énfasis en torno a la necesidad de desentrañar en las oraciones, párrafos y demás formas de expresión del idioma, todos aquellos elementos que se ven involucrados en el habla y ello con el propósito de encontrar el real y verdadero mensaje que se oculta, casi siempre, en las palabras. Esto no es nada nuevo. Ya Aristóteles se había ocupado de ello no solamente en los Tópicos sino también en los Primeros Analíticos. Por otra parte, también Chaim Perelman, quien ha sido justamente calificado como el rehabilitador de la retórica, en su Tratado de la Argumentación, trata a profundidad singular esta materia. Otros autores insisten en la necesidad de descomponer el lenguaje y diferenciar entre signos, símbolos, logos, etc. Lo que se quiere, al final de cuentas, es que el mensaje que se encuentra inserto en las palabras pueda ser descubierto y comprendido para que, de modo efectivo, puedan ser determinadas las verdades que se quieren comunicar.
Siendo así las cosas, en los últimos días, hemos podido advertir, por parte de algunos hombres y mujeres que generan opinión en el país, la puesta en marcha de un lenguaje que traduce el deseo, irrefrenable deseo, de que en nuestro país los escándalos y casos de corrupción no puedan ser objeto de efectivas y definitivas investigaciones. Así por ejemplo, hemos podido escuchar de la propia boca y labios de los tales expresiones y frases como las siguientes: "Tantas denuncias sin fundamento..."; "Esas denuncias, como siempre no van a quedar en nada..."; "Déjense de estar denunciando por denunciar...; "Calumnia también es corrupción..."; "Denunciar por denunciar"; "Hay un cerro de denuncias que no van a quedar en nada..."; "Se trata de una persecución política..."; "Hay cacería de brujas...", en fin, sobran las referencias o literales citaciones a las expresiones que han sido pronunciadas y queda claro, sin lugar a dudas, que ellas buscan sembrar en la psiquis de nuestro pueblo la terrible semilla de que "Aquí no ha pasado nada". Pero, lo más terrible de este discurso es que va penetrando, como el éter o el opio, en la conciencia de nuestro pueblo y persigue adormecerla e imposibilitarla en el deseo constante y permanente que tiene nuestra gente por la efectiva rendición de cuentas. Buscan, a no dudarlo, diluir, desvanecer la exigencia de rendición de cuentas, que más que una reclamación popular es el derecho que tienen los pueblos a que sus ex gobernantes o gobernantes les ofrezcan o brinden cuentas claras respecto a los fondos del erario público que, aunque los administre el Gobierno, son de la exclusiva propiedad del pueblo, de la sociedad en general que es quien con el pago de los impuestos y demás tributos contribuye a que se forme y fortalezca el erario del Estado.
Quede claro, señores interlocutores del lenguaje de la corrupción, que el titular del derecho a la efectiva y concreta rendición de cuentas, no es el Presidente Torrijos Espino o el Gobierno actual, sino el pueblo panameño que demanda explicación minuciosa y detallada, pormenorizada, de qué hicieron ustedes con los dineros que son de su exclusiva titularidad. El Presidente Torrijos Espino no ha hecho otra cosa, en buena lid y excelente ocasión, de enarbolar el estandarte y la lucha contra el nefasto y destructivo flagelo de la corrupción que empieza y termina socavando los cimientos mismos de la nacionalidad panameña y haciendo nulas todas las expectativas del pueblo panameño por mejores días en lo que concierne al desarrollo humano sostenible con rostro de nuestra gente; a tener plazas y oportunidad de empleo; a que se eleve el nivel de la educación pública y privada; a que hayan mejores hospitales y más escuelas; a pensar que la Patria es de todos y no de unos cuantos que la han saqueado y dilapidado en sus riquezas y patrimonio.
El lenguaje de la corrupción es similar al lenguaje que emplean los delincuentes. Recordamos, en ese sentido, la obra de Colín Sánchez que lleva por título Así habla la delincuencia en la que expone, con ameritado y singular arte idiomático, las palabras, expresiones y clichés propios de la gente que se dedica a la empresa criminal, a la delincuencia. Pues bien, también encontramos ese lenguaje, un idioma, un vocabulario que le es consustancial a la corrupción y que le es propio a personas que se dedican, casi de modo exclusivo, al negociado que nace y crece en el hábitat propio de la corrupción: son pues la añagaza, la artería, las coimas, las prebendas, dineros bajo la mesa, etc., los medios que se emplean para que fructifique y crezca, como la ortiga en los pastizales, como la dormidera en los llanos, como el bejuco parásito de nuestros árboles, la corrupción que termina, del mismo modo, rompiendo los esquemas de buenos gobiernos que no persiguen otra cosa que hacer de la Patria un ente honrado por sus buenos hijos e hijas.
El Presidente Torrijos Espino, luego, está montado en la cresta de la ola que viene rugiendo, dentro del mar proceloso en el que se movieron los corruptos de la Patria, los peces gordos de la nación, para adecentar la nación y brindarle a nuestros hijos, hombres y mujeres, un Panamá con cara de honradez y de ética. Advertimos, luego, a nuestro pueblo, que no fume el opio que venden los defensores del status quo, que no inhale el humo ni se deje envolver por las cortinas de humo que guindan quienes, de modo anonadado, quieren impedir que se denuncie la corrupción y que los corruptos pasen a las celdas de nuestras cárceles. No puede ser cierto, jamás, que en este pequeño terruño, termine reinando, imperando, la subcultura de la corrupción, de la impunidad. ¡Cuidado, mucho cuidado!, que lo que sí puede estar logrando el lenguaje de la corrupción no es otra cosa que el pueblo panameño se movilice en las calles y exija con justo título la rendición de cuentas. Es mejor denunciar e investigar a que en Panamá la violencia se apodere de la justicia y reine el caos y la anarquía.

101 años de Panamá América

 
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