El luto es el dolor de los dolores
CONOZCO A CARLOS, un estudiante aventajado de un curso de sociología que imparto en la universidad. El se hartó de las cosas que están ocurriendo y decidió emprender esta protesta solitaria, pero que representa a muchos. Dejemos que él mismo explique su determinación:
"La politiquería es tratar de sacar provecho o ventaja de las cosas que pasan; la política, actuar y esforzarse para que las cosas sucedan, no por azar sino como consecuencia de una línea de acción previamente definida, fundamentada en ideales y principios y gracias al responsable ejercicio de las libertades y derechos que en teoría consagra un régimen democrático. Mi decisión espero sea interpretada como lo que es: una acción política y no un acto politiquero.
En la hora actual, vivos y muertos reclamamos ¡JUSTICIA! de nuestros gobernantes. Pero sé bien que mi clamor aislado no será escuchado y si lo es, no será atendido. Para que lo sea, es necesario que se convierta en eco de muchas voces, y que a él se unan muchas voluntades, incluso, más fuertes que la mía.
Siento un coraje profundo ante la incompetencia y desfachatez de los pocos escogidos como gobernantes y una tristeza infinita por la cómplice indiferencia conformista de los muchos gobernados y de las instituciones que dicen representarlos. ¿Dónde está la beligerancia de nuestras instituciones?, llámese Defensoría del Pueblo, Comité Panameño por los Derechos Humanos o Cámara de Comercio, o es que lo ocurrido no se vincula en nada a la responsabilidad social empresarial. ¿No eran también los muertos proveedores, consumidores, empleados? ¿Acaso no es injusta una norma que exige a los laboratorios privados controles de calidad que los administrados por el Estado eluden? ¿Dónde está nuestro sentido de solidaridad? ¿Son invulnerables nuestros parientes y amigos, no pudo haberles sucedido ellos? ¿Qué garantías hay de que no volverá a ocurrir? ¿Y si la próxima tragedia nos incluye? Si esperas hasta entonces, quizás sea demasiado tarde para hacer algo al respecto. Acaso no somos todos rehenes de la injusticia enquistada en nuestro desvirtuado sistema jurídico.
No quiero incurrir en el error de satanizar a todo el equipo de gobierno, pero resulta innegable que en lo sucedido con los fallecidos por la contaminación de medicamentos en la CSS y el incendio del autobús, hay responsabilidades morales y penales a los más altos niveles, que no han sido exigidas por parte de las autoridades ni por la población en general. Exijo, como primera medida, la destitución del Director de la CSS, del Ministro de Salud, de la Ministra de Gobierno y Justicia. En segunda instancia, desmantelamiento del negociado del transporte, ya que el problema persistirá hasta que éste sea manejado como lo que debe ser, un servicio público y no botín político al servicio del privilegiado bolsillo de unos pocos.
No faltará quien diga que no es un asunto político. ¡Pero sí lo es! La política bien entendida es más que elecciones y conteos de votos. Es diaria vivencia. Pocas cosas hay de las que el ciudadano común quiera marginarse más que de la política partidista, ajeno por completo al impacto que ella tiene en ese mundo cotidiano en que su humanidad se agita, pero todo lo que vive a diario es tocado por ella; lo que se hace o deja de hacer en las escuelas, en los comercios o el hospital.
Las decisiones políticas grandes o pequeñas afectan en forma directa o indirecta los micro y macro sistemas económicos y sociales, determinando el rumbo del cotidiano vivir individual y colectivo.
Lo importante es darse cuenta de que la primera y más grave equivocación no se da a la hora del ejercicio del voto, sino al confundir la democracia con el ejercicio electoral que se realiza cada cinco años.
La democracia real tiene su precio: la vigilancia constante, la participación. El olvido de ese compromiso: consecuencias graves que van desde la institucionalización de la corrupción hasta el incremento de la extrema pobreza. Tampoco faltará quien trate de descalificarme en lo personal al no poder descalificar mis argumentos y motivaciones. Esa es práctica común de los que han hecho de la politiquería su modus vivendi.
Reconozco que no soy perfecto: soy humano. Pero si honestidad es sinónimo de integridad, entonces no hay vanidad en afirmar que aunque no perfecto, soy íntegro. Y con toda honestidad afirmo que no me anima afán de protagonismo alguno y que la indigencia a que me someto voluntariamente como protesta, consciente de los riesgos implícitos, obedece solamente a mi indignación por el silencio cómplice, la fatalista indiferencia que nos está caracterizando, la culpable inacción de quienes pueden y deben tomar medidas al respecto, al HAMBRE DE JUSTICIA que sólo se saciará cuando muchos, al igual que yo, la sientan correr por sus venas como un estímulo poderoso para la acción que no puede ser desoído, ni ignorado. Cuando la identifiquen sin titubear corno el principio del anhelado cambio verdadero. Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez: ¿Hasta cuándo seguiremos callando? pareciendo ser lo que no somos..
Creo que es el momento de unirnos y organizarnos para lograr un cambio que todos queremos y necesitamos.
El luto es el dolor de los dolores, el negro absorbe todos los colores; por eso es el color del luto, pero también la negación de todas las banderas.
Es hora de deponer todas las banderas y abrazar una sola: la de nuestra patria, Panamá.
(raulleisr@hotmail.com)
"La politiquería es tratar de sacar provecho o ventaja de las cosas que pasan; la política, actuar y esforzarse para que las cosas sucedan, no por azar sino como consecuencia de una línea de acción previamente definida, fundamentada en ideales y principios y gracias al responsable ejercicio de las libertades y derechos que en teoría consagra un régimen democrático. Mi decisión espero sea interpretada como lo que es: una acción política y no un acto politiquero.
En la hora actual, vivos y muertos reclamamos ¡JUSTICIA! de nuestros gobernantes. Pero sé bien que mi clamor aislado no será escuchado y si lo es, no será atendido. Para que lo sea, es necesario que se convierta en eco de muchas voces, y que a él se unan muchas voluntades, incluso, más fuertes que la mía.
Siento un coraje profundo ante la incompetencia y desfachatez de los pocos escogidos como gobernantes y una tristeza infinita por la cómplice indiferencia conformista de los muchos gobernados y de las instituciones que dicen representarlos. ¿Dónde está la beligerancia de nuestras instituciones?, llámese Defensoría del Pueblo, Comité Panameño por los Derechos Humanos o Cámara de Comercio, o es que lo ocurrido no se vincula en nada a la responsabilidad social empresarial. ¿No eran también los muertos proveedores, consumidores, empleados? ¿Acaso no es injusta una norma que exige a los laboratorios privados controles de calidad que los administrados por el Estado eluden? ¿Dónde está nuestro sentido de solidaridad? ¿Son invulnerables nuestros parientes y amigos, no pudo haberles sucedido ellos? ¿Qué garantías hay de que no volverá a ocurrir? ¿Y si la próxima tragedia nos incluye? Si esperas hasta entonces, quizás sea demasiado tarde para hacer algo al respecto. Acaso no somos todos rehenes de la injusticia enquistada en nuestro desvirtuado sistema jurídico.
No quiero incurrir en el error de satanizar a todo el equipo de gobierno, pero resulta innegable que en lo sucedido con los fallecidos por la contaminación de medicamentos en la CSS y el incendio del autobús, hay responsabilidades morales y penales a los más altos niveles, que no han sido exigidas por parte de las autoridades ni por la población en general. Exijo, como primera medida, la destitución del Director de la CSS, del Ministro de Salud, de la Ministra de Gobierno y Justicia. En segunda instancia, desmantelamiento del negociado del transporte, ya que el problema persistirá hasta que éste sea manejado como lo que debe ser, un servicio público y no botín político al servicio del privilegiado bolsillo de unos pocos.
No faltará quien diga que no es un asunto político. ¡Pero sí lo es! La política bien entendida es más que elecciones y conteos de votos. Es diaria vivencia. Pocas cosas hay de las que el ciudadano común quiera marginarse más que de la política partidista, ajeno por completo al impacto que ella tiene en ese mundo cotidiano en que su humanidad se agita, pero todo lo que vive a diario es tocado por ella; lo que se hace o deja de hacer en las escuelas, en los comercios o el hospital.
Las decisiones políticas grandes o pequeñas afectan en forma directa o indirecta los micro y macro sistemas económicos y sociales, determinando el rumbo del cotidiano vivir individual y colectivo.
Lo importante es darse cuenta de que la primera y más grave equivocación no se da a la hora del ejercicio del voto, sino al confundir la democracia con el ejercicio electoral que se realiza cada cinco años.
La democracia real tiene su precio: la vigilancia constante, la participación. El olvido de ese compromiso: consecuencias graves que van desde la institucionalización de la corrupción hasta el incremento de la extrema pobreza. Tampoco faltará quien trate de descalificarme en lo personal al no poder descalificar mis argumentos y motivaciones. Esa es práctica común de los que han hecho de la politiquería su modus vivendi.
Reconozco que no soy perfecto: soy humano. Pero si honestidad es sinónimo de integridad, entonces no hay vanidad en afirmar que aunque no perfecto, soy íntegro. Y con toda honestidad afirmo que no me anima afán de protagonismo alguno y que la indigencia a que me someto voluntariamente como protesta, consciente de los riesgos implícitos, obedece solamente a mi indignación por el silencio cómplice, la fatalista indiferencia que nos está caracterizando, la culpable inacción de quienes pueden y deben tomar medidas al respecto, al HAMBRE DE JUSTICIA que sólo se saciará cuando muchos, al igual que yo, la sientan correr por sus venas como un estímulo poderoso para la acción que no puede ser desoído, ni ignorado. Cuando la identifiquen sin titubear corno el principio del anhelado cambio verdadero. Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez: ¿Hasta cuándo seguiremos callando? pareciendo ser lo que no somos..
Creo que es el momento de unirnos y organizarnos para lograr un cambio que todos queremos y necesitamos.
El luto es el dolor de los dolores, el negro absorbe todos los colores; por eso es el color del luto, pero también la negación de todas las banderas.
Es hora de deponer todas las banderas y abrazar una sola: la de nuestra patria, Panamá.
(raulleisr@hotmail.com)