El LX aniversario de las Naciones Unidas
HOY, 24 de octubre de 2005, la Organización Mundial cumple 60 años de haber sido fundada en la Conferencia de San Francisco el 24 de octubre de 1945 con el nombre de "LAS NACIONES UNIDAS" que fue concebido por el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt. Así como decimos de los sexagenarios que son adultos mayores, podemos decir que las Naciones Unidas es una institución trabajada por los años, que tiene una larga experiencia en el campo de la cooperación internacional, que exhibe notables relaciones en las esferas de su competencia: paz y seguridad internacionales, desarrollo sostenible, justicia internacional, que tiene una historia cargada del dramatismo del mundo en el que ha existido, que tiene muchas razones para existir y seguir actuando.
El mundo sabe que se ha dicho y escrito mucho sobre las Naciones Unidas, a su favor o en su contra, con benevolencia o con malevolencia. Creo que es de justicia mencionar los conceptos que sobre las Naciones Unidas expresé cuando se me eligió presidente de la 38ª Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de septiembre de 1983. Señalé entonces que la Carta de las Naciones Unidas, fruto de una larga y tenaz lucha por las libertades democráticas, compendia el pensamiento humanista labrado durante innumerables siglos de cultura. Sus principios y propósitos entrañan la condición y garantía de que termine definitivamente la supeditación de pueblos y naciones a Potencias extrañas y opresoras, al par que aproximan a la realidad la milenaria esperanza de una humanidad libre de injusticias y de calamidades.
Lo que dije entonces como Presidente de las Naciones Unidas, mantiene ahora su actualidad, ya que nadie podrá negar que aquellos que suscribieron la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco, estuvieron como nuestro ilustre compatriota, el Dr. Ricardo J. Alfaro, inspirados en ideales que siguen siendo imprescindibles y válidos en un mundo que en diversas ocasiones, después de 1945, ha parecido estar al borde de la destrucción parcial o total. Esos ideales están inscritos en el preámbulo de la Carta, están escritos con la fuerza, con la voluntad que hacen de ese texto, la expresión literaria de la existencia en las mentes preclaras que lo redactaron, de un gran sueño posible. Para hacerlo realidad había que dotar a Naciones Unidas de poder político, de instrumentos jurídicos universalmente convenidos y de recursos financieros. Con el correr del tiempo se vio que el poder político de Naciones Unidas desfallecía frente a la voluntad unilateral de las grandes Potencias. Esto fue evidente en los años de la "guerra fría".
Durante la guerra fría las posibilidades de las Naciones Unidas de concurrir políticamente sobre los problemas mundiales estuvo limitada. Como hay consenso en que la guerra fría terminó el día en que cayó el muro de Berlín, podríamos decir que las Naciones Unidas tuvieron una reanimación a partir de esa fecha. Se abrigaron esperanzas en que el abandono de la costosa e insensata carrera de armamentos pondría a disposición de la cooperación internacional recursos económicos tan importantes que fueron estimados financieramente como "dividendos de la paz". La realidad no siguió el curso de esas esperanzas y en 1994, cuando llegué a las Naciones Unidas para actuar una vez más como Representante Permanente de Panamá, mi buen amigo Boutros-Boutros Ghali, a la sazón Secretario General de la Organización, reconocía públicamente que la mayor decepción de esas esperanzas estaba en la comprobación de que el volumen de la asistencia a los países en desarrollo no había aumentado sino que había disminuido.
En 1995 se trabajó con mucho entusiasmo sobre la Declaración del Cincuentenario, y más tarde, en el 2000, en la Declaración del Milenio, las Naciones Unidas no renuncian a sus principios y propósitos. En marzo de 1997 faltaban pocos días para cesar en mis funciones de Representante de Panamá ante las Naciones Unidas, cuando fue convocada una reunión sobre el tema de la reforma del Consejo de Seguridad que fue calificada de crucial por los responsables de su convocatoria. Como muchos, no guardo sobre este tema pesimismos irreductibles. Pienso que llegará el momento en que todos los Estados Miembros se pongan de acuerdo sobre una mecánica de alta precisión que reemplace la fórmula por la cual las Potencias vencedoras en la II Guerra Mundial se dotaron a sí mismas de poderes para decidir sobre la forma en que las Naciones Unidas puede actuar sobre la paz y la seguridad internacionales. En otras palabras, pienso que llegará el momento en que la última palabra, cada vez que se trata de paz y seguridad no la dirá un Estado o un grupo de Estados, sino la comunidad de Estados libremente constituida que es Naciones Unidas. Que ningún Estado o grupo de Estados abusando de una pretendida hegemonía pueda hacer intervenciones arbitrarias, unilaterales y preventivas sobre otro u otros Estados.
La lógica de esta expectativa es que las Naciones Unidas estuvo inspirada por sus fundadores en los derechos humanos y que por eso es deseable la constitución de un poder imparcial, democrático, que resuelva los problemas y regule las cuestiones pendientes a nivel planetario. Muchos pensarán que yo creo en milagros porque lo que he dicho sólo sería posible mediante la suspensión, aunque sea temporal, de la ley natural que lleva al más fuerte a querer imponer su voluntad. Los que así piensan estarían olvidando que está en las potencialidades del ser humano reconocer cuándo ha llegado el momento de tener gestos heroicos y de verdadera grandeza moral.
Pienso que los que desesperan de que el mundo pueda llegar a un momento de esa calidad de convivencia y cooperación internacionales son los mismos que preferían que la acción internacional no gubernamental reemplace la acción internacional intergubernamental. Está demás decir que no me inscribo en esa creencia. Creo que las Naciones Unidas es una institución útil, que refleja las aspiraciones de los pueblos y que se esfuerza por tener en el siglo XXI un papel importante en las grandes batallas que debe librar la humanidad contra el hambre, las enfermedades, la pobreza, los odios, la violencia, la arbitrariedad, los desastres naturales, y sociales. En otras palabras, las Naciones Unidas sigue siendo la mejor carta de triunfo en las grandes batallas para la perennidad de una vida digna y decorosa del género humano sobre la tierra.
El mundo sabe que se ha dicho y escrito mucho sobre las Naciones Unidas, a su favor o en su contra, con benevolencia o con malevolencia. Creo que es de justicia mencionar los conceptos que sobre las Naciones Unidas expresé cuando se me eligió presidente de la 38ª Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de septiembre de 1983. Señalé entonces que la Carta de las Naciones Unidas, fruto de una larga y tenaz lucha por las libertades democráticas, compendia el pensamiento humanista labrado durante innumerables siglos de cultura. Sus principios y propósitos entrañan la condición y garantía de que termine definitivamente la supeditación de pueblos y naciones a Potencias extrañas y opresoras, al par que aproximan a la realidad la milenaria esperanza de una humanidad libre de injusticias y de calamidades.
Lo que dije entonces como Presidente de las Naciones Unidas, mantiene ahora su actualidad, ya que nadie podrá negar que aquellos que suscribieron la Carta de las Naciones Unidas en San Francisco, estuvieron como nuestro ilustre compatriota, el Dr. Ricardo J. Alfaro, inspirados en ideales que siguen siendo imprescindibles y válidos en un mundo que en diversas ocasiones, después de 1945, ha parecido estar al borde de la destrucción parcial o total. Esos ideales están inscritos en el preámbulo de la Carta, están escritos con la fuerza, con la voluntad que hacen de ese texto, la expresión literaria de la existencia en las mentes preclaras que lo redactaron, de un gran sueño posible. Para hacerlo realidad había que dotar a Naciones Unidas de poder político, de instrumentos jurídicos universalmente convenidos y de recursos financieros. Con el correr del tiempo se vio que el poder político de Naciones Unidas desfallecía frente a la voluntad unilateral de las grandes Potencias. Esto fue evidente en los años de la "guerra fría".
Durante la guerra fría las posibilidades de las Naciones Unidas de concurrir políticamente sobre los problemas mundiales estuvo limitada. Como hay consenso en que la guerra fría terminó el día en que cayó el muro de Berlín, podríamos decir que las Naciones Unidas tuvieron una reanimación a partir de esa fecha. Se abrigaron esperanzas en que el abandono de la costosa e insensata carrera de armamentos pondría a disposición de la cooperación internacional recursos económicos tan importantes que fueron estimados financieramente como "dividendos de la paz". La realidad no siguió el curso de esas esperanzas y en 1994, cuando llegué a las Naciones Unidas para actuar una vez más como Representante Permanente de Panamá, mi buen amigo Boutros-Boutros Ghali, a la sazón Secretario General de la Organización, reconocía públicamente que la mayor decepción de esas esperanzas estaba en la comprobación de que el volumen de la asistencia a los países en desarrollo no había aumentado sino que había disminuido.
En 1995 se trabajó con mucho entusiasmo sobre la Declaración del Cincuentenario, y más tarde, en el 2000, en la Declaración del Milenio, las Naciones Unidas no renuncian a sus principios y propósitos. En marzo de 1997 faltaban pocos días para cesar en mis funciones de Representante de Panamá ante las Naciones Unidas, cuando fue convocada una reunión sobre el tema de la reforma del Consejo de Seguridad que fue calificada de crucial por los responsables de su convocatoria. Como muchos, no guardo sobre este tema pesimismos irreductibles. Pienso que llegará el momento en que todos los Estados Miembros se pongan de acuerdo sobre una mecánica de alta precisión que reemplace la fórmula por la cual las Potencias vencedoras en la II Guerra Mundial se dotaron a sí mismas de poderes para decidir sobre la forma en que las Naciones Unidas puede actuar sobre la paz y la seguridad internacionales. En otras palabras, pienso que llegará el momento en que la última palabra, cada vez que se trata de paz y seguridad no la dirá un Estado o un grupo de Estados, sino la comunidad de Estados libremente constituida que es Naciones Unidas. Que ningún Estado o grupo de Estados abusando de una pretendida hegemonía pueda hacer intervenciones arbitrarias, unilaterales y preventivas sobre otro u otros Estados.
La lógica de esta expectativa es que las Naciones Unidas estuvo inspirada por sus fundadores en los derechos humanos y que por eso es deseable la constitución de un poder imparcial, democrático, que resuelva los problemas y regule las cuestiones pendientes a nivel planetario. Muchos pensarán que yo creo en milagros porque lo que he dicho sólo sería posible mediante la suspensión, aunque sea temporal, de la ley natural que lleva al más fuerte a querer imponer su voluntad. Los que así piensan estarían olvidando que está en las potencialidades del ser humano reconocer cuándo ha llegado el momento de tener gestos heroicos y de verdadera grandeza moral.
Pienso que los que desesperan de que el mundo pueda llegar a un momento de esa calidad de convivencia y cooperación internacionales son los mismos que preferían que la acción internacional no gubernamental reemplace la acción internacional intergubernamental. Está demás decir que no me inscribo en esa creencia. Creo que las Naciones Unidas es una institución útil, que refleja las aspiraciones de los pueblos y que se esfuerza por tener en el siglo XXI un papel importante en las grandes batallas que debe librar la humanidad contra el hambre, las enfermedades, la pobreza, los odios, la violencia, la arbitrariedad, los desastres naturales, y sociales. En otras palabras, las Naciones Unidas sigue siendo la mejor carta de triunfo en las grandes batallas para la perennidad de una vida digna y decorosa del género humano sobre la tierra.