El mal de la inseguridad
Va llegando la hora de que los poderes que mueven y sostienen el país reconozcan de manera explícita que el problema de la seguridad es el más grave que afronta la sociedad panameña. Es momento de que todos los asociados analicemos esta endemia que amenaza con desestructurar la sociedad, frenar la inversión, interrumpir la producción, elevar los costos y generar un sentimiento de amarga desesperación.
Quién sabe si ya estamos en el extremo de que la democracia se encuentre expósita, sin nadie que la defienda. Ante el ataque generalizado, cada vez va a resultar más difícil convocar a la gente para la defensa de un sistema que a cada momento demuestra su incapacidad de reaccionar de forma eficaz ante las tremendas heridas que se le causan.
No queremos que la democracia panameña termine arrinconada en un lugar cercano a la extinción. En el mundo abundan las experiencias de cómo un sistema acobardado, sin plena y valiente conciencia de su bondad, puede llegar a morir prematuramente por la infección que causa la carencia de defensas cívicas. Lo peor es morir sin buscar ni aceptar remedio, con estoicismo lánguido.
Ya tenemos estadísticas macabras, nuestras cárceles se encuentran en estado alarmante, el nivel intelectual y moral de policías y detectives es incierto, hay una congestión agobiante de procesos en los juzgados por falta de recursos y ánimo, tal vez lo peor de todo sean las bajas remuneraciones... El cuerpo social está muriendo y a nadie parece importarle. No llenemos nuestros bolsillos de justificaciones. Los políticos en el poder, y aquellos que quieren alcanzarlo, se contentan con recitar compungidos el catálogo de males y poco se preocupan por consolidar una cruzada contra el crimen. ¿Es ese el futuro que nos espera, el de la justificación y la resignación? El país no se merece semejante cruz.