El martirio de la paz
UN REPRESENTANTE de una importante asociación judía sudamericana en ocasión de celebrar esta comunidad su año nuevo acusó a los escritores Mario Vargas Llosa y José Saramago como antisemitas y antisionistas. Soy un asiduo lector de ambos y no dejo de lado ninguno de sus artículos periodísticos. Aunque concuerde parcialmente con algunos de sus pensamientos, creo en la capacidad y honestidad intelectual de estos prestigiosos autores.
Opinar en contra de un sistema político o de una forma de gobernar, no significa estar en contra de un pueblo o de una nación. Criticar al gobierno republicano de Estados Unidos no significa ser su enemigo, ni desear su desaparición o el sufrimiento de su pueblo. Por el contrario, se critica aquello que se juzga equivocado y perjudicial para todos. Lo mismo sucede con el gobierno israelí, que en el propio Israel tiene grandes detractores y no por eso son considerados traidores o antisemitas.
Tengo plena conciencia, dada la historia y los recientes acontecimientos, de lo escabroso y delicado de este tema y quisiera poder abordarlo con la misma delicada naturaleza que merece, ya sea por el debido respeto a sus protagonistas, como por el aprecio y alta estima que les guardo a mis buenos amigos judíos y musulmanes.
Desde antes de su independencia, los israelíes se hallan divididos entre tener formalmente una Constitución política laica, como las occidentales y someterse así a la ley humana, o hacerlo como hasta ahora, bajo los designios de la Suprema Ley divina, tal como lo expresa claramente la declaración de su independencia, que afirma: El Estado de Israel es una democracia basada en la libertad, la justicia y la paz "...a la luz de la visión de los profetas de Israel". Israel carece de una Constitución formal, como la nuestra, a pesar de haber sido ese un mandato específico de la ONU aún vigente y que obliga a palestinos e israelíes a formar dos Estados independientes, basados expresamente, en constituciones democráticas. Se dice en Israel que si bien no existe una Constitución formal sí tiene una Constitución material; situación ésta similar a la del Reino Unido. En realidad, en el Estado judío solo rigen diferentes clases de leyes en un orden piramidal en cuyo vértice se hallan las Leyes Básicas o primarias que prevalecen sobre las secundarias y éstas sobre el resto. El parlamento o Knesset tiene poderes constitucionales y va dictando, cada tanto tiempo, nuevas Leyes Básicas según se haga necesario, introduciéndolas en una especie de articulado constitucional continuamente renovado. Así, en 1994 el parlamento derogó una Ley Básica que prohibía, hasta entonces, importar alimentos no kosher. Demanda esta solicitada por un ciudadano israelí ateo. Pero todavía no se ha expresado sobre la abolición de la Ley del Retorno, ni la creación de la ley del matrimonio civil, dos temas muy candentes en la política israelí desde su fundación en 1948.
Los políticos son vulnerables en todos los países del mundo, sean éstos judíos, cristianos o musulmanes. Padecen del mismo síndrome del poder. Tienen la misma ambición y no están exentos de imponer su voluntad sobre los más débiles. Sin embargo, cada país lo sufre según su propia enfermedad. La de Israel al parecer reside en la división interior entre religiosos y laicos, entre fundamentalistas conservadores ortodoxos y liberales progresistas, entre ideólogos de derecha y de izquierda, e incluso entre partidos políticos que quieren integrar el Knesset y otros partidos que se lo niegan. Un pensador judío -luego del asesinato de Isaac Rabin a manos de Yigal Amir, un fundamentalista ortodoxo- llegó a decir que le atemorizaba pensar que si Israel alguna vez alcanzaba la tan ansiada paz con sus enemigos externos, pudiera esa misma paz convertirse en el origen de la desintegración judía. Según reafirma el autor, este es un hecho reiterado a lo largo de su historia milenaria.
Otro profesor, también judío, nacido en Bagdad, catedrático de relaciones exteriores de la Universidad de Oxford, de nombre Avi Shlaim, autor de El Muro de hierro: Israel y el mundo árabe (Ed. Almed, 2003, 778 págs. ISBN: 84-931194-6-6) dice en su epílogo con respecto al asesinato de Rabin, ex primer ministro considerado por israelíes y palestinos como un mártir por la paz: "No resulta sorprendente que los resultados de las elecciones de 1999 (las que ganó Barak, discípulo de Rabin) fueran comparadas a un terremoto. Fue el retorno de un amanecer tras los tres oscuros y terribles años durante los cuales Israel había estado dirigido por recalcitrantes defensores del muro de hierro". (sic.).
La versión original inglesa, The iron wall, fue publicada mucho antes que el actual gobierno de Israel decidiera levantar el muro que separa a un Estado real: Israel, de otro Estado virtual: Palestina.
Mucho mal se hace a la búsqueda de la paz mundial y a la memoria de Rabin, si los voceros que tienen que fomentarla interpretan equivocadamente las sanas críticas de quienes están acostumbrados a ejercer la libertad de opinión y de credo. A menos que tales interpretaciones tengan un doble mensaje y formen parte del síndrome de los elegidos: el del hijo mayor que cree tener derechos adquiridos por misteriosas leyes ancestrales a decidir sobre la vida y la muerte de su hermano.
Este artículo ha sido escrito antes del conflicto actual. En nombre de esa paz rota entre israelíes y palestinos, hago votos por la pronta conclusión de esta larguísima y cruenta guerra fratricida. Ambos pueblos comparten desde los albores de la humanidad la tierra, la cultura, la historia y los orígenes de una misma lengua patria: la de Sem, hijo de Noé.
Opinar en contra de un sistema político o de una forma de gobernar, no significa estar en contra de un pueblo o de una nación. Criticar al gobierno republicano de Estados Unidos no significa ser su enemigo, ni desear su desaparición o el sufrimiento de su pueblo. Por el contrario, se critica aquello que se juzga equivocado y perjudicial para todos. Lo mismo sucede con el gobierno israelí, que en el propio Israel tiene grandes detractores y no por eso son considerados traidores o antisemitas.
Tengo plena conciencia, dada la historia y los recientes acontecimientos, de lo escabroso y delicado de este tema y quisiera poder abordarlo con la misma delicada naturaleza que merece, ya sea por el debido respeto a sus protagonistas, como por el aprecio y alta estima que les guardo a mis buenos amigos judíos y musulmanes.
Desde antes de su independencia, los israelíes se hallan divididos entre tener formalmente una Constitución política laica, como las occidentales y someterse así a la ley humana, o hacerlo como hasta ahora, bajo los designios de la Suprema Ley divina, tal como lo expresa claramente la declaración de su independencia, que afirma: El Estado de Israel es una democracia basada en la libertad, la justicia y la paz "...a la luz de la visión de los profetas de Israel". Israel carece de una Constitución formal, como la nuestra, a pesar de haber sido ese un mandato específico de la ONU aún vigente y que obliga a palestinos e israelíes a formar dos Estados independientes, basados expresamente, en constituciones democráticas. Se dice en Israel que si bien no existe una Constitución formal sí tiene una Constitución material; situación ésta similar a la del Reino Unido. En realidad, en el Estado judío solo rigen diferentes clases de leyes en un orden piramidal en cuyo vértice se hallan las Leyes Básicas o primarias que prevalecen sobre las secundarias y éstas sobre el resto. El parlamento o Knesset tiene poderes constitucionales y va dictando, cada tanto tiempo, nuevas Leyes Básicas según se haga necesario, introduciéndolas en una especie de articulado constitucional continuamente renovado. Así, en 1994 el parlamento derogó una Ley Básica que prohibía, hasta entonces, importar alimentos no kosher. Demanda esta solicitada por un ciudadano israelí ateo. Pero todavía no se ha expresado sobre la abolición de la Ley del Retorno, ni la creación de la ley del matrimonio civil, dos temas muy candentes en la política israelí desde su fundación en 1948.
Los políticos son vulnerables en todos los países del mundo, sean éstos judíos, cristianos o musulmanes. Padecen del mismo síndrome del poder. Tienen la misma ambición y no están exentos de imponer su voluntad sobre los más débiles. Sin embargo, cada país lo sufre según su propia enfermedad. La de Israel al parecer reside en la división interior entre religiosos y laicos, entre fundamentalistas conservadores ortodoxos y liberales progresistas, entre ideólogos de derecha y de izquierda, e incluso entre partidos políticos que quieren integrar el Knesset y otros partidos que se lo niegan. Un pensador judío -luego del asesinato de Isaac Rabin a manos de Yigal Amir, un fundamentalista ortodoxo- llegó a decir que le atemorizaba pensar que si Israel alguna vez alcanzaba la tan ansiada paz con sus enemigos externos, pudiera esa misma paz convertirse en el origen de la desintegración judía. Según reafirma el autor, este es un hecho reiterado a lo largo de su historia milenaria.
Otro profesor, también judío, nacido en Bagdad, catedrático de relaciones exteriores de la Universidad de Oxford, de nombre Avi Shlaim, autor de El Muro de hierro: Israel y el mundo árabe (Ed. Almed, 2003, 778 págs. ISBN: 84-931194-6-6) dice en su epílogo con respecto al asesinato de Rabin, ex primer ministro considerado por israelíes y palestinos como un mártir por la paz: "No resulta sorprendente que los resultados de las elecciones de 1999 (las que ganó Barak, discípulo de Rabin) fueran comparadas a un terremoto. Fue el retorno de un amanecer tras los tres oscuros y terribles años durante los cuales Israel había estado dirigido por recalcitrantes defensores del muro de hierro". (sic.).
La versión original inglesa, The iron wall, fue publicada mucho antes que el actual gobierno de Israel decidiera levantar el muro que separa a un Estado real: Israel, de otro Estado virtual: Palestina.
Mucho mal se hace a la búsqueda de la paz mundial y a la memoria de Rabin, si los voceros que tienen que fomentarla interpretan equivocadamente las sanas críticas de quienes están acostumbrados a ejercer la libertad de opinión y de credo. A menos que tales interpretaciones tengan un doble mensaje y formen parte del síndrome de los elegidos: el del hijo mayor que cree tener derechos adquiridos por misteriosas leyes ancestrales a decidir sobre la vida y la muerte de su hermano.
Este artículo ha sido escrito antes del conflicto actual. En nombre de esa paz rota entre israelíes y palestinos, hago votos por la pronta conclusión de esta larguísima y cruenta guerra fratricida. Ambos pueblos comparten desde los albores de la humanidad la tierra, la cultura, la historia y los orígenes de una misma lengua patria: la de Sem, hijo de Noé.