El mejor regalo
En un lugar insignificante que no aparecía en los mapas del imperio romano, hace más de dos mil años en la pequeña ciudad Belén de Judá, en una noche fría nace, en medio de una pobreza y sencillez que asombra al mundo materialista y consumista, en un establo recostado en un pesebre y envuelto en pañales, nuestro Señor y Salvador para enriquecernos con su pobreza.
La fiesta de navidad parece perder hoy su sentido. Y es que al igual que hace dos mil años, hoy Jesús no tiene dónde nacer, nuestras vidas están tan llenas de cosas y no le dejamos espacio para que él entré. Bastaría citar a nuestros ídolos como el placer, el dinero, el poder, la fama, etc, que parecen tener sus puestos; pero Jesús, a quien deberíamos celebrar, se queda afuera.
El verdadero gozo está en volver a conmemorar ese nacimiento de Jesús en medio de las más absorta sencillez; María y José tienen que calentar al niño con la respiración de dos animales. El Hijo de Dios que se encarna y se hace hombre para experimentar todos los sentimientos humanos, el Dios todo poderoso que se hace un niño chiquito por amor a la humanidad.
Dice San Pablo que Jesús no se apegó a su condición divina, por el contrario, se anonadó. Jesús ya nació, murió por nosotros y resucitó; sin embargo, en esta Navidad y todos los días del año, El quiere nacer y vivir en nuestros corazones... de nosotros depende. ¿Qué le regalaremos? ¿Será Jesús el centro y el principal invitado en esta Navidad? ¿Nacerá otra vez en nuestro corazones? Es duro, pero de cualquier cosa hacemos fiesta, sin embargo si Jesús no está en nuestros corazón, no será Navidad ni hoy ni nunca.
Es imposible celebrar la Navidad sin Jesús, por más comida, amigos y regalos que tengamos. El mejor regalo ya nos fue dado y está clavado en una cruz, es Jesús, que entrega toda su sangre para redimirnos de todos nuestros pecados; nos ha reconciliado con el Padre y nos ha abierto las puertas a una vida plena sin fin. Por eso celebramos el nacimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo para la Gloria de Dios. Que la pobreza del pesebre nos recuerde lo realmente importante. ¡Feliz Navidad!
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