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El menor y la calle


Deseo ocupar la columna de hoy a compartir algunas consideraciones en torno a la decisión del gobierno de decretar toque de queda para menores de edad en todo el país que rige desde el lunes pasado.

Inicio por aceptar que esa medida es una medida extrema, pero que responde a una situación también extrema. La delincuencia juvenil aporta hoy a la crisis de criminalidad que vivimos y sufrimos un componente importante. No es casual que estemos culminando las recomendaciones para enmendar la ley que regula el tema luego de algunas semanas de análisis interinstitucional. Filosofar o ponderar las bondades o no de la medida nutre a los académicos pero no le resuelve al país una parte del problema de seguridad que tenemos y sentimos como una prioridad nacional.

La queja de padres de familia que he escuchado guarda más relación con la sanción pecuniaria que con la responsabilidad que como padres tenemos de mantener a nuestros hijos menores alejados del peligro que representa el estar por las calles a horas inapropiadas y en lugares también de similar características. He dicho, quizás de manera cruda, que es más fácil asumir la responsabilidad paternal o pagar los cincuenta dólares de multa que pagar el costo de los funerales de un hijo. Y allí centro yo el debate. Si han fallado los sistemas o si la educación es deficiente o si la criminalidad ha absorbido en muchos hogares el núcleo familiar, puede ser materia de interminables análisis y de compartir elocuentes estadísticas. Pero mientras, el problema subsiste diariamente y ese debate no puede detener la responsabilidad indelegable del gobierno de poner orden en ese componente de la ola de criminalidad.

Afortunadamente me queda solamente una hija menor de edad. Pero créanme, que cuando empiezo a tratar de poner las reglas en orden y de advertir sobre el peligro de las calles en mi propia casa, no me convierto en el padre más popular, pero no por esas discusiones debo ceder y permitir que nada pase. Igual opera para mis otros hijos ya mayores de edad que no simpatizan con la idea del eventual cierre de discotecas a alguna hora razonable de la madrugada, no porque ellos sean de los que cierran las mismas, que no lo pueden ser, sino porque la moda es llegar a esos sitios a medio noche. Pienso que la sociedad como tal debe hacer su aporte a la solución de un problema de tanta magnitud que ojalá no se logre su entendimiento a costa de experiencias tristes como debe ser la pérdida de un hijo víctima de la calle y sus peligros.

Aspiro a que nos ayuden como sociedad a llevar tranquilidad y seguridad en mayores proporciones a cada hogar panameño, pero la responsabilidad no es sólo del gobierno sino de todos, cada quien aportando lo que puede y debe en la búsqueda de una solución que estoy seguro todos como país exigimos.

101 años de Panamá América

 
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