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El mercado al servicio de la persona


L a Humanidad no fue creada para servir al mercado, sino todo lo contrario. Los fundamentalistas del mercado, como los llamó George Soros, muchas veces pecan por el argumento de la inevitabilidad, que plantea que el Libre Mercado llegó para quedarse, gústele a quien le guste, ya que las otras opciones –comunismo y socialismo- fracasaron. Para ellos, el que quiera mejores niveles de vida debe ponerse la camisa de fuerza dorada, abrazar la globalización y su disciplina.

Hay mucho que reconocer a la nueva economía. La desregulación de los mercados, los enormes flujos de capitales internacionales y las nuevas tecnologías de la información han aumentado la prosperidad, no sólo de individuos sino de las naciones. Pero todo sistema tiene sus limitaciones. El mercado es muy bueno creando riqueza, pero no distribuyéndola. Un mercado sin regulación tiende a la autodestrucción por vía de la monopolización del más fuerte y audaz. El mercado promueve ciertas virtudes, pero subvierte otras; produce consecuencias sociales que no siempre son benignas y algunas veces llegan a ser desastrosas.

Los mercados son la mejor forma que conocemos de estructurar el intercambio de bienes y servicios que pueden ser vendidos o comprados, mas son muy ineficientes para organizar las relaciones o preservar bienes cuyo valor no corresponde con un “precio”. Es inevitable que una sociedad deba enfrentar temas que no se resuelven con base en cálculos económicos.

En esta época de crecimiento económico, preguntémonos qué estructura moral tenemos para evitar que el Fundamentalismo de Mercado destruya al propio mercado y a la sociedad a la que debe servir.

101 años de Panamá América

 
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