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El metro de Martinelli


La gente no gusta de esos machos endemoniados llamados Diablos Rojos porque andan sueltos por las calles de la ciudad como almas en pena. La gente los piensa así tan malos como conducen y se muestran.

Como todos los machos en la naturaleza los Diablos Rojos se maquillan de colores llamativos que dibujan espantos agresivos y pinturas de cuerpos poderosos, y nombres de amores pasajeros; y visiones sobrenaturales.

El pueblo de Panamá no gusta de esos grafitis ambulantes, trompudos, tronantes y prepotentes. Pero gusta contemplar esos grafitis estremecedores para viajar a otros mundos fantásticos, para reafirmar un modo de ser panameño contrario a la letal conducta del Diablo Rojo; y para celebrar su mejor conciencia ciudadana; mística y primordial. Somos un pueblo que sabe mostrar muy bien sus fantasías y sus ritmos corporales agitados. Que sabe animar iconos y practicar liturgias trascendentes para conjurar y expulsar, como lo hace el exorcista, a sus demonios y aparecidos. Es en el rito místico del fuego, impreso en el Diablo Rojo, en donde el pueblo panameño fragua poderes incontenibles para rescatar derechos elementales y poner un alto a su dolor.

En cierto modo el rechazo al Diablo Rojo es una rebeldía total contra algunas cosas dañadas que no nos gustan de nosotros mismos. Ya que hemos llegado a esa parte de nuestra historia ciudadana en donde todo el pueblo de Panamá clama por vivir la catarsis final de un cambio que los libere de sus opresores. Pienso entonces que estos son tiempos de expiación y de limpieza ética que anticipan cercanos tiempos de liberación.

Así es que hemos llegado hoy al tiempo bueno del cambio; que coincide con el tiempo de la espera por el metro de Martinelli. Para salvar quizá ese arte popular que se aferra al realismo mágico. Pero ciertamente para terminar con el dolor intolerable que padece la ciudadanía y que le inflige con maldad implacable un sistema diabólico que está poseído por un grupo de gestores criminales.

Tiempo de espera para darle no sólo al Diablo Rojo otro espíritu; antes que muera. Un espíritu civilizador amigo de la sociedad. Un espíritu nuevo que civilice a los conductores. Un espíritu bueno que guíe a una administradora de rutas ordenadas, puntuales y expeditas. Un espíritu nuevo y bueno que se agite y anime también a los usuarios y a toda la ciudadanía.

Y si no sucede así, entonces cuando llegue el nuevo Metro de Martinelli, tendríamos el mismo viejo demonio metido en otro cuerpo y por ende, el mismo infierno de dolores.

Lo que quiero decir es que durante el tiempo de espera por el Metro de Martinelli todos los panameños tendríamos la extraordinaria oportunidad de cambiar nuestros malos hábitos por buenos hábitos.

Yo creo que podemos.

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101 años de Panamá América

 
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