default

El milagro de Playa Flor



No diremos dónde está, para que gente extraña no la eche a perder. No queremos paseos ni "diablos rojos" contaminando la playa y sus arenas rubias con latas de cerveza y botellas, para no hablar de vasos, platos y bolsas de plástico; de pañales, preservativos y toallas sanitarias, que son arrastrados por la marea hacia los cercanos arrecifes de coral. Hasta hace pocos años, sus habitantes eran pobres en extremo, viviendo en bohíos, disputando con las serpientes cada palmo de terreno. La pobre alimentación y las enfermedades campeaban; y a nadie le importaba. Hasta que vino el milagro, tomado de la mano de una pareja de acaudalados extranjeros.
Compró la pareja un terreno, fijó allí su residencia, limpió la playa, construyó una pequeña marina de ensueño, erigió miradores, jardines, senderos y parajes temáticos; hizo surgir un paraíso oculto, que nadie conocía, salvo la vista imponente de las islas Gobernadora y Cébaco, como mudas testigos. Pero ese no fue el milagro.
La pareja empleó en distintos trabajos, de construcción, jardinería y mantenimiento, a todos los hombres disponibles; y pagó salarios generosos, con seguros privados y aguinaldos. Pero descubrió que los varones cobraban hoy y se iban de juerga mañana, para no reaparecer sino días después, cuando se les acababa el dinero. El despido no sirvió, porque al poco tiempo, había que recontratarlos, sólo para volverlos a botar por igual causa, en un círculo vicioso. La pareja se hartó. Contrató entonces a todas las mujeres, para las mismas tareas, y fue el santo remedio. Ellas aprendieron pronto y superaron con su seriedad, voluntad y responsabilidad sus carencias respecto a los varones. Ahora ellas son las que cobran y manejan el dinero en su casa. Ya no tienen que mendigar a ningún marido. Aun así, el verdadero milagro vino luego.
Las chozas dieron paso a viviendas dignas, de bloques y zinc, con modernas instalaciones sanitarias. Se han llenado de refrigeradoras, estufas, lavadoras, televisores y muebles traídos desde Santiago por la pareja. Las niñas que servían como empleadas domésticas en la capital han regresado por los mejores sueldos en el pueblo.
Pero resta un milagro más, que pare la maraña de obstáculos erigida por abusadores burócratas, chantajistas y gente mal intencionada. Entidades les exigen estudios propios de un negocio, cuando se trata de algo de uso personal. Aun así, la pareja no se rinde y enfrenta resignada multas y hostigamiento; mientras los vecinos disfrutan desprevenidos de una prosperidad que pueden perder, de un momento a otro.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América