¿El mismo panameño?
En estos últimos escritos me he anclado en el siglo XVIII dentro de la mentalidad y tesitura de la celebración del Centenario que a fin de cuentas cada uno lo va a celebrar a su manera, como todo en la vida. Ya que una quiere ser la forma oficial, otra la particular y para muchos va hasta pasar inadvertida. Mi modesta e insisto en lo de modesta aspiración ha sido y es, la de contribuir con lo que encontré en los anales transcritos y traducidos de la obra del jesuita Mario Cicala a quien doy a conocer por su visión tan comprensiva y simpatizante por no decir parcializada a favor de la manera de expresarse del panameño de aquella época tan es así que preocupa por el contraste de lo que hemos llegado a ser hoy tan distantes de aquella imagen tan connotada. ¡Quantummutatus ab illo!
Hablaba de la cualidad de la limosna. "El primer sermón que prediqué por primera vez en Panamá, el Miércoles de Ceniza, el año de mi llegada, al subir al púlpito me entregó el sacristán una tarjeta que me enviaba el padre Rector para leerla después del sermón en la que contaba la petición de limosna para una señora anciana, tan pobre que durante un tiempo no había ido los días de fiesta a oír misa por falta de vestido, medias y zapatos. No hice más que leerlo y luego añadí algunas palabras exhortando a todos a aquella limosna. ¿Qué sucedió? Bajé del púlpito y un hombre sin mirarme puso la mano en mi pecho e inmediatamente la sacó y me dio la espalda. Pero entre aquella gran multitud de gente apiñada mientras me esforzaba por pasar pronto de la sacristía y de allí al aposento para cambiarse de camisa y sotana, empapadas de sudor, no me fijaba en lo que me sucedía, de manera que pasando por encima de aquella gran aglomeración, cogido por unos de un brazo y por otros del otro, por unos de una pierna, por otros de la otra, sentía que me ponían la mano en el bolsillo de la sotana, a veces en el pecho, pero juzgaba por esto sucedía por los apretujones de la gente, por último y con gran esfuerzo entré en la sacristía donde ya éste ya aquel otro caballero o comerciante me daba un papel bien envuelto diciéndome: Padre, no tengo más dinero en la bolsa, mañana por medio de mi esclavo le mandaré algo más. Entre mí decía: "No dais limosna hoy, mucho menos la daréis mañana..." Habiendo entrado a mi aposento, al desatarme el cinturón cayeron cerca de siete papeles ...y encontré otros tantos, que junto con los que me habían dado en la sacristía sumaron 23 papeles. Los abrí, quedando estupefacto al ver en uno, uno, en otro, dos, en otros, tres doblones. El papel más miserable tenía un peso fuerte, es decir, un escudo. Por lo que contándolo todo para entregar aquella limosna al Padre Rector, encontré 76 escudos, cantidad más que suficiente para remediar la extrema necesidad de aquella pobre señora anciana.
Inmediatamente el hermano (lego) refitolero me llamó para la cena. Bajé muy rápidamente pero apenas comencé a cenar me avisaron dos negras esclavas de la cocina que había tres señoras que querían hablarme. Acabé inmediatamente la cena..., aquellas tres señoritas, que eran hermanas, habían venido cargadas de vestidos, una de camisas femeninas, otra de medias de seda, zapato, mantos de tafetán doble y negro. Cada una de ellas me dio además un papel con monedas de plata, en los tres papeles encontré cinco escudos. Subí sobrecargado con toda aquella ropa nueva y preciosa, usada pocas veces por aquellas señoritas. Había tres camisas finísimas con delicados encajes de Flandes, cuyo valor de cada una era por lo menos de 80 escudos. Dos vestidos, uno de "glasé" de plata, casi nuevo, con franjas de oro de Milán y que valía cerca de 200 escudos, otro de tela de seda con flores de lo mismo de varios colores en un galoncillo de plata, llamado "punta de Francia", de un valor de cerca de cien escudos. Cuatro pares de media de seda diversos colores y eran nuevas, dos pares de medias de algodón inglés, tejidas en telar y cuatro pares de zapatos de mujer nuevos...He aquí que a la mañana siguiente, antes de celebrar misa, me vino un esclavo, quien de parte de su dueño me entregó un paquete de 50 escudos, luego otro con 30 escudos..."
Omitimos otros testimonios del autor y arribamos a esta reflexión oportuna: "Por tales hechos los lectores pueden inferir cuán extraordinaria sea la piedad de los panameños, su generosidad y liberalidad hacia los pobres y las iglesias. Además como hubiese querido informarme si siempre aquellos ciudadanos habían sido tan limosneos, (sic) se me respondió: "padre, ahora que la ciudad de Panamá se encuentra en la miseria, las limosnas son escasas y miserables pero cuando Panamá, hace 16 años, se encontraba en gran auge, entonces sí se hacían verdaderas buenas limosnas a las Iglesias y a los pobres. Sepa usted que cuando mobiliario y ornamentos finísimos y preciosísimos, cuantos cálices, ciborios, custodias del Santísimo y adornos de oro, plata, perlas y piedras preciosas hay en las Iglesias de Panamá, todo, todo es de las limosnas dadas por los panameños. Ciertamente vi con mis propios ojos hacer para la Iglesia de los Padres Mercedarios un finísimo ornamento de planetos, pluvial y dalmáticas, de tela de plata, de fabricación reciente elaborada en Lyon de Francia, llamada glasé brocado... todo fue hecho con las limosnas de aquella gente. Para acabar: la piedad hacia los templos y los pobres de los panameños es ciertamente su virtud característica, como esculpida en sus corazones desde que nacen". Gracias, Cicala por dejar por escrito lo que fuimos. Si fuimos por qué no podemos volver a ser. Al contrastar con el gran deterioro que vivimos en el Centenario puede exclamarse con el verso de Virgilio Publio Marón. "Quantum mutatus ab illo Héctore". Cómo has cambiado Héctor." (Virgilio, Eneida)
Hablaba de la cualidad de la limosna. "El primer sermón que prediqué por primera vez en Panamá, el Miércoles de Ceniza, el año de mi llegada, al subir al púlpito me entregó el sacristán una tarjeta que me enviaba el padre Rector para leerla después del sermón en la que contaba la petición de limosna para una señora anciana, tan pobre que durante un tiempo no había ido los días de fiesta a oír misa por falta de vestido, medias y zapatos. No hice más que leerlo y luego añadí algunas palabras exhortando a todos a aquella limosna. ¿Qué sucedió? Bajé del púlpito y un hombre sin mirarme puso la mano en mi pecho e inmediatamente la sacó y me dio la espalda. Pero entre aquella gran multitud de gente apiñada mientras me esforzaba por pasar pronto de la sacristía y de allí al aposento para cambiarse de camisa y sotana, empapadas de sudor, no me fijaba en lo que me sucedía, de manera que pasando por encima de aquella gran aglomeración, cogido por unos de un brazo y por otros del otro, por unos de una pierna, por otros de la otra, sentía que me ponían la mano en el bolsillo de la sotana, a veces en el pecho, pero juzgaba por esto sucedía por los apretujones de la gente, por último y con gran esfuerzo entré en la sacristía donde ya éste ya aquel otro caballero o comerciante me daba un papel bien envuelto diciéndome: Padre, no tengo más dinero en la bolsa, mañana por medio de mi esclavo le mandaré algo más. Entre mí decía: "No dais limosna hoy, mucho menos la daréis mañana..." Habiendo entrado a mi aposento, al desatarme el cinturón cayeron cerca de siete papeles ...y encontré otros tantos, que junto con los que me habían dado en la sacristía sumaron 23 papeles. Los abrí, quedando estupefacto al ver en uno, uno, en otro, dos, en otros, tres doblones. El papel más miserable tenía un peso fuerte, es decir, un escudo. Por lo que contándolo todo para entregar aquella limosna al Padre Rector, encontré 76 escudos, cantidad más que suficiente para remediar la extrema necesidad de aquella pobre señora anciana.
Inmediatamente el hermano (lego) refitolero me llamó para la cena. Bajé muy rápidamente pero apenas comencé a cenar me avisaron dos negras esclavas de la cocina que había tres señoras que querían hablarme. Acabé inmediatamente la cena..., aquellas tres señoritas, que eran hermanas, habían venido cargadas de vestidos, una de camisas femeninas, otra de medias de seda, zapato, mantos de tafetán doble y negro. Cada una de ellas me dio además un papel con monedas de plata, en los tres papeles encontré cinco escudos. Subí sobrecargado con toda aquella ropa nueva y preciosa, usada pocas veces por aquellas señoritas. Había tres camisas finísimas con delicados encajes de Flandes, cuyo valor de cada una era por lo menos de 80 escudos. Dos vestidos, uno de "glasé" de plata, casi nuevo, con franjas de oro de Milán y que valía cerca de 200 escudos, otro de tela de seda con flores de lo mismo de varios colores en un galoncillo de plata, llamado "punta de Francia", de un valor de cerca de cien escudos. Cuatro pares de media de seda diversos colores y eran nuevas, dos pares de medias de algodón inglés, tejidas en telar y cuatro pares de zapatos de mujer nuevos...He aquí que a la mañana siguiente, antes de celebrar misa, me vino un esclavo, quien de parte de su dueño me entregó un paquete de 50 escudos, luego otro con 30 escudos..."
Omitimos otros testimonios del autor y arribamos a esta reflexión oportuna: "Por tales hechos los lectores pueden inferir cuán extraordinaria sea la piedad de los panameños, su generosidad y liberalidad hacia los pobres y las iglesias. Además como hubiese querido informarme si siempre aquellos ciudadanos habían sido tan limosneos, (sic) se me respondió: "padre, ahora que la ciudad de Panamá se encuentra en la miseria, las limosnas son escasas y miserables pero cuando Panamá, hace 16 años, se encontraba en gran auge, entonces sí se hacían verdaderas buenas limosnas a las Iglesias y a los pobres. Sepa usted que cuando mobiliario y ornamentos finísimos y preciosísimos, cuantos cálices, ciborios, custodias del Santísimo y adornos de oro, plata, perlas y piedras preciosas hay en las Iglesias de Panamá, todo, todo es de las limosnas dadas por los panameños. Ciertamente vi con mis propios ojos hacer para la Iglesia de los Padres Mercedarios un finísimo ornamento de planetos, pluvial y dalmáticas, de tela de plata, de fabricación reciente elaborada en Lyon de Francia, llamada glasé brocado... todo fue hecho con las limosnas de aquella gente. Para acabar: la piedad hacia los templos y los pobres de los panameños es ciertamente su virtud característica, como esculpida en sus corazones desde que nacen". Gracias, Cicala por dejar por escrito lo que fuimos. Si fuimos por qué no podemos volver a ser. Al contrastar con el gran deterioro que vivimos en el Centenario puede exclamarse con el verso de Virgilio Publio Marón. "Quantum mutatus ab illo Héctore". Cómo has cambiado Héctor." (Virgilio, Eneida)