El mito politizado de las selvas tropicales
Londres (AIPE) - El interés por las selvas tropicales en los últimos cien años ha pasado de ser la preocupación colonialista de unos pocos para convertirse en la obsesión ambiental de muchos. Se ha insistido que las selvas tropicales son los más importantes depósitos de diversidad biológica en el mundo y también "el pulmón del planeta". Ninguna de esas afirmaciones es cierta ni tiene base científica. El concepto de los ambientalistas nórdicos acerca de las selvas está totalmente apartado de la realidad ecológica que pretenden describir. La mayoría de las "selvas de millones de años" a las que los ambientalistas se refieren con tanto sentimentalismo resulta que han existido por menos de 20 mil años. Durante la última Edad de Hielo, los trópicos eran más fríos y más secos que hoy, pareciéndose más bien a las sabanas de pasto del Africa oriental. La abundante vegetación y variedad de insectos de las llamadas selvas pluviales de los trópicos son igualmente recientes, habiendo evolucionado junto con los árboles.
Las afirmaciones referentes a la fragilidad de los ecosistemas en las áreas tropicales son igualmente incorrectas. Investigaciones recientes indican que áreas taladas y limpiadas se convierten nuevamente en selvas, con la misma diversidad biológica que antes en los 20 años siguientes. Irónicamente, la mítica selva tropical sería más bien un lugar estéril e infecundo, donde las especies no evolucionarían porque no habrían nuevos nichos ambientales que ocupar.
El mito de las selvas tropicales le conviene a los ambientalistas del norte, quienes así pueden justificar sus demandas para que se restrinjan los usos de las selvas "vírgenes". Sin embargo, la historia del mundo ha sido una de dinámico cambio evolucionario. Si tratamos de evitar los cambios, nos arriesgamos a perder la habilidad de adaptarnos al cambio cuando inevitablemente éste suceda. La insistencia en preservar las selvas tropicales se basan en la presunción de que la gente que allí vive están en ese lugar sólo para proteger los deseos de los habitantes de países ricos de occidente. Eso denigra los derechos de esa gente y los deshumaniza.
Si los habitantes de las naciones en desarrollo van a lograr escapar de la pobreza intensa en la que muchos siguen viviendo, es indispensable que tengan derechos de propiedad inviolables sobre sus tierras y que, por consiguiente, estén en libertad de hacer con ellas lo que quieran. Algunos pueden cometer errores; otros fracasarán administrando sus propiedades, pero muchos alcanzarán el éxito y esos éxitos serán copiados por sus vecinos. A través de un proceso de ensayos y equivocaciones, la gente aprende cómo sacarle el mayor provecho a las tierras. Entonces, el medio ambiente será manejado de la mejor manera para la humanidad y no según los caprichos de una minoría de ecoimperialistas. Otorgarles los derechos a la gente y no al medio ambiente no es sólo lo mejor para la gente sino que también para el medio ambiente.
Profesor de biogeografía en la Universidad de Londres.
Las afirmaciones referentes a la fragilidad de los ecosistemas en las áreas tropicales son igualmente incorrectas. Investigaciones recientes indican que áreas taladas y limpiadas se convierten nuevamente en selvas, con la misma diversidad biológica que antes en los 20 años siguientes. Irónicamente, la mítica selva tropical sería más bien un lugar estéril e infecundo, donde las especies no evolucionarían porque no habrían nuevos nichos ambientales que ocupar.
El mito de las selvas tropicales le conviene a los ambientalistas del norte, quienes así pueden justificar sus demandas para que se restrinjan los usos de las selvas "vírgenes". Sin embargo, la historia del mundo ha sido una de dinámico cambio evolucionario. Si tratamos de evitar los cambios, nos arriesgamos a perder la habilidad de adaptarnos al cambio cuando inevitablemente éste suceda. La insistencia en preservar las selvas tropicales se basan en la presunción de que la gente que allí vive están en ese lugar sólo para proteger los deseos de los habitantes de países ricos de occidente. Eso denigra los derechos de esa gente y los deshumaniza.
Si los habitantes de las naciones en desarrollo van a lograr escapar de la pobreza intensa en la que muchos siguen viviendo, es indispensable que tengan derechos de propiedad inviolables sobre sus tierras y que, por consiguiente, estén en libertad de hacer con ellas lo que quieran. Algunos pueden cometer errores; otros fracasarán administrando sus propiedades, pero muchos alcanzarán el éxito y esos éxitos serán copiados por sus vecinos. A través de un proceso de ensayos y equivocaciones, la gente aprende cómo sacarle el mayor provecho a las tierras. Entonces, el medio ambiente será manejado de la mejor manera para la humanidad y no según los caprichos de una minoría de ecoimperialistas. Otorgarles los derechos a la gente y no al medio ambiente no es sólo lo mejor para la gente sino que también para el medio ambiente.
Profesor de biogeografía en la Universidad de Londres.