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El movimiento popular en su laberinto


Alguien me preguntó, creo que de manera sincera, sobre el impacto de los acontecimientos continentales en la política nacional y, en consecuencia, cuan cerca o lejos estamos los panameños de los vientos renovadores que soplan en el continente. Después de meditar algunos minutos, me vi precisado a hacer un rápido juicio histórico sobre nosotros mismos: no somos un pueblo con estatura o dimensión continental. Qué diferencia con pueblos como los de Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina, Chile o Brasil. Pueblos que se reencuentran con su propia historia y son capaces de empinarse por sobre sus propias debilidades, para luchar por su futuro. Pero también existen notables diferencias con los de Nicaragua, El Salvador o Guatemala, ejemplos vivificantes de pueblos en lucha.
Poner los pies en la realidad no es del todo agradable, sobre todo cuando ello nos destruye imágenes largamente acariciadas de redención popular. La tentación de encerrarnos en nuestro propio mundo ideal es grande, pero ello sería un acto de evasión intolerable para quién, a pesar de todo, todavía confía en las energías vitales del pueblo. Están adormecidas, pero existen. Cómo todo efecto tiene su causa, nos preguntamos ¿es apariencia o realidad que somos un pueblo indolente? ¿Por qué parecemos menos constantes, en su lucha, que otros pueblos? ¿Por qué somos tan proclives, los panameños, en enfrentarnos por trivialidades y nimiedades, en una alharaca permanente? Desde ya voy a señalar, con la fe de un franciscano, dos cosas: sigo siendo optimista sobre el futuro de la humanidad y sobre el pueblo panameño. Además, hago mía la consigna "prohibido rendirse". A los luchadores sociales no se nos está permitido ni ser pesimistas, ni abandonar la lucha.
La culpa no es del pueblo, es de su dirección política. Como dirían los clásicos: la crisis de los sectores populares es la crisis de su dirección. Es obvio que me refiero a una dirección política y social que debe emerger de su propio seno, con sus propios programas y políticas.
Claro que existe una base objetiva para esa crisis de dirección y es la falta de organización sólida y permanente del movimiento popular y, en consecuencia, su falta de perspectiva de largo aliento. El movimiento obrero sólo se encuentra sindicalizado en cerca de un 10% y fraccionado en pequeñas e insignificantes centrales sindicales.
El flamante Consejo Nacional de los Trabajadores no es más que un cascarón burocrático con un disminuido poder de convocatoria y de lucha. A su vez, el movimiento campesino se encuentra atomizado y sus organizaciones, con algunas excepciones, destruidas. Finalmente, el movimiento estudiantil, otrora fuerza motora de grandes movilizaciones sociales, aparece dividido en pequeñas sectas sobre ideologizadas y carentes de la más mínima comprensión de la realidad nacional, lo que las hace presas del oportunismo y del sectarismo, en una permanente dialéctica pendular. Sobre esa base endeble y raquítica se levanta una dirección política popular que, más que impulsar la organización de vastos sectores sociales, se dedican a negociar los intereses populares. Sólo nos basta mencionar dos ejemplos: ¿Cuál ha sido el resultado de años de negociación y consensos, de mesa de diálogos de todo tipo, para el movimiento popular? ¿No se ha transformado en un modo de vida el ser dirigente popular o sindical, aún en el caso de los desempleados?.
Debo reconocer que no todo está perdido y que en la base del pueblo existen luchadores sociales que siguen combatiendo por los intereses populares. En primer lugar, el movimiento campesino conducido por sectores cristianos de base que se oponen a los nuevos embalses para el Canal de Panamá. Lo mismo los trabajadores administrativos de la Caja de Seguro Social y un sector de la Asociación de Maestros Independientes. Y finalmente están los sectores del Sindicato de Trabajadores de la Construcción. Esta pareciera ser la nueva base objetiva sobre la cual puede emerger una nueva dirección del movimiento social panameño, que permita resaltar una nueva dirección política popular. Sólo de esa manera podremos alcanzar el desarrollo político de otros pueblos y esperar que los vientos de renovación alcancen nuestros lares. Por ahora, la tarea urgente es prepararnos para ello.
También será crucial el voto de los ciudadanos de origen latinoamericano, puesto que muchos de ellos tienen más vocación hacia la política que los anglosajones estadounidenses y los afroamericanos. Recordemos que cerca de 36 millones de latinos viven en la Unión Americana, de los cuales casi la mitad votan.
Estimamos que Bush logrará el control del Senado, algo que le permitirá amplias maniobras para aplicar sus políticas internas y externas: por un lado, un Congreso de dos cámaras bajo control republicano facilitará la aplicación de los futuros acuerdos de libre comercio con América Latina, mientras que en el tema estratégico-militar, ya no habrá oposición a posibles ataques preventivos contra naciones "peligrosas" como Irak, Irán y Norcorea. También, Bush tendrá poder de maniobra para intervenir en otros conflictos como Colombia y Medio Oriente, sin virtual bloqueo de los demócratas.

101 años de Panamá América

 
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