El mundo al revés
En el ambiente de delincuencia creciente que nos acecha, tenemos en primera fila de choque a policías desmotivados. Sus salarios son bajos, y su seguro de vida no pasa de cinco mil balboas, apenas suficiente para un funeral y los rezos. Algunos aseguran que se les sigue mordiendo parte de lo que ganan en trabajos extras cuando están francos.
Saben que no tienen respaldo legal, o sea, que las leyes no los favorecen y que, en el primer lío, los superiores no dudarán en enviarlo a los leones, como chivos expiatorios. Y ponen un ejemplo: Si persiguen a delincuentes armados, y uno de ellos voltea, dispara e hiere a un agente; los policías del compañero caído no pueden devolverles el fuego, mientras éstos huyan dando la espalda, por más que de cuando en cuando, volteen y sigan disparando.
Sus superiores presionan para que sean enérgicos, pero cuando salen los “derechos humanos”, se les da la espalda, quedan presos, enjuiciados y botados. Aparte, no tienen con qué, si los vehículos de patrulla están dañados, y carecen de celular o radio para coordinar operaciones. Además, su arma de reglamento es un viejo revólver con cacha de madera y pera rotatoria de seis tiros, mientras los maleantes tienen armas automáticas con proveedores de grueso calibre. Cuando capturan a un delincuente peligroso, a las pocas semanas, está libre, pasándole por el frente y riéndose, amenazando siempre con cobrar desquite. Se les está impartiendo charlas sobre el sistema penal acusatorio. Saben que ahora el criminal tendrá más protección y será más difícil condenarlo. Si de ir a la cárcel se trata, más riesgo corre el policía que el maleante.
Es lo que pudiera decirse, el mundo al revés.