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El mundo cambió en agosto 


Por estar mirándonos el ombligo, tal vez no hemos notado los cambios telúricos ocurridos en el mundo recientemente. Primero fueron las olimpiadas, en donde China se presentó como una superpotencia completa, una nación cuya economía no sólo es una de las cinco más grandes del planeta, sino que es una sociedad capaz de articular un evento de tal magnitud y belleza con precisión cronométrica, a lo que se suma su importancia demográfica, su arsenal nuclear, su poderío militar, su inmensidad geográfica y su capacidad financiera para comprar materias primas y, además, bonos del Tesoro que generan una dependencia marcada de Estados Unidos y Europa en el gigante asiático.

Otro gran evento fue la guerra ruso-georgiana, en la que el oso ruso ha desplegado de nuevo sus garras para defender lo que considera su espacio vital. No es materia de este editorial analizar si Georgia actuó irresponsablemente al atacar a sus regiones rebeldes o este ataque fue provocado por acciones encubiertas de las fuerzas rusas en las regiones de Osetia del Sur y Abjasia, sino señalar lo asertivo de Rusia en el escenario mundial y en la defensa de lo que considera sus intereses vitales, junto a la tímida respuesta de una Europa dependiente del gas ruso, un EE.UU. sobre extendido y, por ende, agotado, y unos países de Asia Central buscando un reacomodo con su otrora potencia dominante. A eso sumemos a Irán, que va completando su emergencia como potencia dominante del Golfo Pérsico y protector del "Arco Chiíta" que se incrusta en la región tradicionalmente dominada por los sunnitas. El mundo cambió en agosto y, por lo que parece, ya no todos los caminos necesariamente conducirán a Washington.

101 años de Panamá América

 
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