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El Muro cayó, pero ¿cambió el mundo?


Washington - ¿Qué ha pasado con el espíritu de convivencia global que anticipaban los estadistas de las grandes potencias como secuela de la caída del muro de Berlín? ¿ Dónde fue a parar el "dividendo de la paz", esos miles de millones de dólares que iban a ser reorientados de los gastos militares a las obras sociales?
En 1989 se pensaba que con el muro se desplomaba algo más que ese espantoso símbolo de separación ideológica entre dos Europas. Se hablaba de un "nuevo orden mundial", en la célebre frase del presidente de Estados Unidos, George Bush.
Aún hoy hay quienes consideran que esa fecha "cambio el mundo, cambiamos el mundo", como sentenció el pasado domingo el prestigioso periódico El País de Madrid. Pero los acontecimientos de las últimas dos décadas-la Guerra del Golfo, Somalia, la Guerra de las Malvinas, la invasión de Panamá, Bosnia, Kosovo, Indonesia, entre otros-desafiaron los prometedores pronósticos. Lo que ocurre es que aun cuando la Guerra Fría haya terminado en términos geopolíticos, sus parámetros sicológicos continúan permeando el ambiente político, especialmente en Estados Unidos. No es sólo que la lucha bipolar-"Mundo Libre contra Comunismo"- es un instrumento familiar y fácil de manejar en el dialogo internacional, especialmente en el Congreso de Estados Unidos y por algunos militares recalcitrantes en Latinoamérica. Sino es un concepto que parece haber quedado impreso como un sello mental, o sea, a una escala popular mucho más amplia.
Esto se puede observar a través de los recientes titulares de los periódicos, como son: "Lideres republicanos del Congreso advierten que mediante maniobras comerciales el gobierno de Beijing podría terminar controlando el Canal de Panamá"; "Funcionarios de inteligencia de Estados Unidos alegan que narcotraficantes y la insurgencia en Colombia están adquiriendo armas modernas de los países del antiguo bloque soviético"; "El Senado de Estados Unidos rechaza la ratificación del Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares y abre la esclusa para una nueva carrera armamentista con Rusia y China".
Mientras los dos primeros titulares podrían inspirar el guión para una nueva película de James Bond (si no fuera porque son titulares sacados de los periódicos más importantes de Estados Unidos), el tercero es poco menos que espeluznante, considerando de que se trata de un tratado que fue penosamente negociado durante más de una década, firmado por Estados Unidos en 1996, y desde entonces ha sido adoptado por un total de 152 naciones, y ratificado por 26 de los 44 países que hoy tienen capacidad técnica para fabricar armas nucleares.
El voto, en el contexto de la política interna de Estados Unidos, ha constituido un tremendo acto de desquite por parte de los conservadores republicanos del Congreso que hace un año se sintieron frustrados porque la ciudadanía no compartió su decisión de destituir al presidente Bill Clinton por su adolescente conducta sexual en la Casa Blanca. Este acto revanchista es la principal explicación para que el Senado se negara incluso a estudiar la posibilidad de posponer la votación, cosa que se les había pedido con insistencia para evitar que lo que esencialmente fue un desacuerdo de política interna estadounidense apareciera en los titulares de la prensa de todo el mundo casi como un desafío a la seguridad del planeta.
Pocos resaltaron la ironía de que la lamentable votación del 14 de octubre coincidió con el trigésimo- séptimo aniversario de la crisis de los misiles, el horripilante y angustioso episodio de confrontación que llevó al presidente John F. Kennedy proponer el tratado para la prohibición de pruebas nucleares. En un penetrante análisis de los motivos de la votación, el historiador Gabriel Jackson anotó en su columna en El País que otro factor que influyó en algunos de los senadores votar en contra de la ratificación fue "la obsesión con la tecnología como respuesta a los problemas políticos". "Estados Unidos tiene los ordenadores más potentes del mundo", anotó. "Cuenta con el arsenal nuclear más complejo. Puede llevar a la quiebra a los demás antes de llegar a quebrar él mismo (un importante principio para los planes de la guerra de las galaxias de la década de los ochenta). Tiene que mantener su abrumadora supremacía nuclear, y para ello tiene que construir y probar nuevas generaciones de armas. Por tanto, no nos interesa firmar el tratado de prohibición de no proliferación nuclear".
"Otro factor que explica el rechazo al tratado", continúa el historiador, "es el lugar relativamente pequeño que ocupa el mundo exterior en las operaciones mentales de la mayoría de los estadounidenses, y en este aspecto los senadores no se diferencian mucho de las personas a las que representan". En tanto, el desengaño producido por la incongruencia entre la promesa de la caída del muro y los resultados a nivel global, fue resaltado por la historiadora Carolyn Eisenberg quien opina "Diez años después de la caída del Muro de Berlín, la promesa de una nueva era parece haber sido defraudada".
"Cuando el pueblo alemán derrumbó el muro, señaló el fin de la Guerra Fría," añade. "En ese momento de euforia parecía posible imaginarse un mundo más pacífico en el que las naciones podían determinar su propio destino-libres de la coerción de las superpotencias".
"Diez años después de la caída del muro el 9 de noviembre de 1989, el orden internacional es tan violento y tan peligroso como lo estuvo durante el auge de la Guerra Fría", concluye Eisenberg, autora de "La Decisión de Estados Unidos de Dividir Alemania, 1944-49"", publicado por la Universidad de Cambridge. Para algunos que vivimos ese "auge" de la Guerra Fría con sus enfrentamientos nucleares, como el de la crisis entre Estados Unidos y la Unión Soviética por los misiles en Cuba en 1962, no nos parece que la actualidad pueda generar un terror equivalente a la rivalidad armada de dos o más superpotencias.
Con el fin del orden bipolar ha desaparecido la amenaza de una guerra nuclear total, si bien no los conflictos más limitados. Y aunque haya diferencias entre unos países y otros, la democracia ha triunfado en casi toda Europa y Latinoamérica, al tiempo que las sociedades alrededor del globo se están modernizando. Pero lo que no se ha logrado es invertir esos miles de millones que quieren dedicar a la guerra de las galaxias que tanta falta hacen para combatir a la ignorancia y a la pobreza que aun afligen a un sector preponderante de la humanidad.

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