El nefasto síndrome del empate
Los sistemas electorales fueron pensados para que las grandes mayorías eligieran a sus gobernantes, y luego fueron atemperados para que las minorías tuvieran una voz en el debate público. Pero, algo terrible ha venido sucediendo una y otra vez en los últimos años que el sistema electoral por sí solo no puede resolver. Quizás el primer caso emblemático fue la primera victoria de George W. Bush, en la que su rival, Al Gore, obtuvo, oficialmente, una mayor cantidad de votos por una muy pequeña diferencia, pero una cantidad menor de delegados.
También fueron muy pequeñas las diferencias en los resultados de los escrutinios que colocaron en el sillón presidencial a Bush, por segunda vez, Felipe Calderón y Oscar Arias, y en el podio del Primer Ministro a Angela Merkel. Se trata, pues, de sociedades dramáticamente divididas en sus opiniones políticas. En estos casos, la oposición no representa a un pequeño grupo o a una minoría, más bien son grandes mayorías las que adversan las opciones políticas del gobierno.
Las elecciones primarias en Estados Unidos han demostrado que el partido demócrata también está dividido, prácticamente, en dos grandes mitades; y le será muy difícil a cualquiera de las dos sumar a la otra mitad completa para enfrentar a los republicanos.
No sabemos cuál será la situación que el torneo electoral arroje en Panamá, pero es mejor tener un claro mandato del electorado que sufrir el nefasto síndrome del empate.