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El neofascismo en América


Pensando en el caso del caso del Dr. Rodrigo Fierro en Ecuador, condenado a cárcel a los 75 años de edad en un juicio que violó lo más básico del debido proceso, no puedo dejar de recordar el libro Total war en que los autores afirmaban que, a pesar de la espantosa situación en que se encontraba la clase trabajadora en Inglaterra antes de la Segunda Guerra Mundial, los soldados ingleses se habían distinguido por su valentía y su disposición a cualquier sacrificio porque, en las clases altas y en el gobierno de Inglaterra, no había corrupción.
Como el soldado no podía identificar a sus generales ni a los demás superiores suyos con ningún escándalo de peculado ni tampoco con delitos afines, la obediencia a las órdenes y la convicción de tener una patria con ideales nobles y sin ladrones lo inclinaban a defenderla y luchar sin condiciones, sin titubeos. De igual modo, por el respeto que la cúpula gobernante les inspiraba, los ingleses de todas las clases sociales soportaron bombardeos diarios, movilizaciones de niños lejos de sus hogares, racionamiento riguroso, indecibles esfuerzos de reconstrucción, de producción día y noche, y a ese estoicismo unieron inventos que abarcaron desde el radar hasta las primeras computadoras. No fue sino pasada la guerra cuando, mediante el voto, pusieron fin al predominio de los conservadores.
Como claramente lo puso la pensadora alemana, Hannah Arendt, en Las crisis de la república, la autoridad se basa en el respeto, pero cuando un pueblo le pierde el respeto a la autoridad, porque la autoridad no se lo merece, entonces sólo la aplicación de la violencia y el temor de la violencia pueden mantener siquiera una apariencia de orden social. Esta pérdida del respeto es el primer fruto de una justicia venal, y de ésta necesariamente se siguen, por influencia recíproca, la corrupción y el menosprecio de toda ley.
Ahora bien, los rasgos fascistas que van adquiriendo los gobiernos de los países donde un hombre no sólo está por encima de la ley, sino que, además, obtiene de los tribunales interpretaciones de las leyes que equivalen a legislar en sentido claramente contrario, hacen que ese hombre muy pronto quiera mantener silenciadas todas las voces que denuncian la corrupción y exponen los delitos flagrantes. Entonces, en las peores circunstancias surgen los asesinatos que nunca se resuelven, y cuando el fascismo apenas comienza a establecerse, surgen las demandas por calumnia que, de antemano, están resueltas contra el demandado, aunque si a los poderosos les queda todavía un poco de pudor, se aprueba una ley mordaza. Lo importante es eliminar los obstáculos que puedan salir al paso del poder despótico y explotador. -
El propósito no puede ser más claro. Se hace indispensable afincar, en la mente de los gobernados, que la realidad no se puede cambiar, que la lucha por cambiarla está destinada al fracaso seguido de la muerte o, por lo menos, de severísimos castigos, que la opción sensata es plegarse y uncirse a la carreta de la sumisión abyecta y a sus recompensas pecuniarias, o de otro modo acabar en la cárcel o en el cementerio.
En el artículo que publicó este diario hace unos días sobre la sentencia antijurídica y de corte totalitario que habían dictado contra uno de los médicos más distinguidos del mundo actualmente, explicaba cómo un juez que tomaba vacaciones y un suplente que lo reemplazaba habían tenido como desenlace que un hombre poderoso sellara con un castigo de cárcel y una multa astronómica una supuesta calumnia, un roce de sus iniciales con situaciones patentes en medio mundo. Digo supuesta porque la columna periodística que había escrito el Dr. Rodrigo Fierro Benítez ni siquiera hacía una atribución directa y no hacía más que describir una realidad que se repite en muchos de los países del llamado Nuevo Mundo.
Cuando la efervescencia social y la fragilidad de las bases institucionales que sustentan el ejercicio del poder público son tales que hacen indispensable introducir cambios profundos en la relación entre gobernados y gobernantes, entonces los estados de derecho tienen recursos, las leyes se cambian, las constituciones se renuevan, y se destruyen y se crean instituciones. Pero esos recursos están establecidos dentro del orden jurídico de los estados llamados democráticos, y tan pronto como se echa mano de otros medios, todo ese orden jurídico se tambalea y acaba por venirse abajo. Entonces se hace evidente que la venalidad de los jueces es el arma principal de los poderosos que abusan de su poder. En defensa propia, y en defensa de la razón humana, de la solidaridad y del progreso social, es preciso recordar que esa manifestación del peor cáncer de una sociedad se encuentra invariablemente en el origen de los totalitarismos que el siglo XX inscribió con letras sangrientas en la historia de la humanidad. Voltaire, en su opúsculo intitulado Discurso para los tontos, con su típica ironía genial escribió: "Si el gran número de gobernados fueran bueyes, y el pequeño número de gobernantes fueran boyeros, el pequeño número haría bien en mantener al gran número en la ignorancia".
Mantener a las masas en la ignorancia, silenciar a los que piensan, eliminar todo lo que pueda iluminar a los gobernados y valerse de los medios de comunicación para crear realidades ficticias que encubran la verdadera realidad, son los mandamientos que es preciso que observen los detentadores de un poder omnímodo, y ese grado de poder, que es la llave de la puerta que lleva al fascismo, sólo es posible cuando la justicia es venal, cuando alguien está por encima de toda ley, es decir, cuando el orden jurídico es tal que, a la postre, nadie pueda sentirse seguro.

(* Analista político chileno. © www.aipenet.com)

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