El no y el sí de un debate ampliado
Salvo por la situación dada en el Ministerio Público, la ampliación del Canal sigue siendo la noticia que domina la opinión pública nacional.
Hay una amplia difusión del tema, y sin ninguna limitación, se han podido conocer las objeciones que presentan distintos sectores. La Autoridad del Canal de Panamá, entretanto, ha exhibido una disposición sin límites para responder a cuanta interrogante ha saltado. Desde las dudas, hasta las preguntas eminentemente políticas, en cada punto del país.
No era para menos. A lo largo de todo el siglo XX la cuestión canalera fue la religión que unió a todos los panameños, y a partir de 1999 con mayor razón será el factor que impulse al país hacia nuevos estadios de desarrollo, por lo que a nadie sorprende el nivel, a veces apasionado, que asume el debate.
Así fue en 1977, cuando un 32 por ciento de panameños se opuso a los tratados Torrijos-Carter, los mismos que ahora permiten que, desde nuestra propia responsabilidad, podamos debatir si se amplía o no la vía interoceánica.
Lo irregular puede ser, sin embargo, que de debate esclarecedor, la discusión derive en posiciones dogmáticas, o en planteamientos políticos, destinados unos a imponerse sobre otros.
Ningún panameño sería favorecido de esa manera. Por el contrario el fanatismo o la política premeditada, destinada a sabotear un plan o a negarlo porque no favorece a determinado grupo, debe ser rechazada con contundencia por la ciudadanía.
El Canal es el principal activo del país, y las encuestas revelan que hay un número mayoritario de panameños favoreciendo esa perspectiva, que no será favorable en lo inmediato al gobierno de turno, sino que es un compromiso de Estado a cumplirse en ocho años, cuando muchos de los niños de hoy ya sean adultos o adolescentes, y otro gobierno rija los destinos del país.
Desde esa perspectiva, la ampliación no debe ser rechazada. La propia ACP ha dado muestras desde 1999 de una transparencia a prueba de dudas o suspicacias, una garantía de que lo propuesto es en realidad, un proyecto bien pensado y será, por lo tanto, una responsabilidad bien asumida.
Hay una amplia difusión del tema, y sin ninguna limitación, se han podido conocer las objeciones que presentan distintos sectores. La Autoridad del Canal de Panamá, entretanto, ha exhibido una disposición sin límites para responder a cuanta interrogante ha saltado. Desde las dudas, hasta las preguntas eminentemente políticas, en cada punto del país.
No era para menos. A lo largo de todo el siglo XX la cuestión canalera fue la religión que unió a todos los panameños, y a partir de 1999 con mayor razón será el factor que impulse al país hacia nuevos estadios de desarrollo, por lo que a nadie sorprende el nivel, a veces apasionado, que asume el debate.
Así fue en 1977, cuando un 32 por ciento de panameños se opuso a los tratados Torrijos-Carter, los mismos que ahora permiten que, desde nuestra propia responsabilidad, podamos debatir si se amplía o no la vía interoceánica.
Lo irregular puede ser, sin embargo, que de debate esclarecedor, la discusión derive en posiciones dogmáticas, o en planteamientos políticos, destinados unos a imponerse sobre otros.
Ningún panameño sería favorecido de esa manera. Por el contrario el fanatismo o la política premeditada, destinada a sabotear un plan o a negarlo porque no favorece a determinado grupo, debe ser rechazada con contundencia por la ciudadanía.
El Canal es el principal activo del país, y las encuestas revelan que hay un número mayoritario de panameños favoreciendo esa perspectiva, que no será favorable en lo inmediato al gobierno de turno, sino que es un compromiso de Estado a cumplirse en ocho años, cuando muchos de los niños de hoy ya sean adultos o adolescentes, y otro gobierno rija los destinos del país.
Desde esa perspectiva, la ampliación no debe ser rechazada. La propia ACP ha dado muestras desde 1999 de una transparencia a prueba de dudas o suspicacias, una garantía de que lo propuesto es en realidad, un proyecto bien pensado y será, por lo tanto, una responsabilidad bien asumida.