El nuevo gobierno y la cultura
En mayo próximo, los panameños elegiremos en democracia un nuevo gobierno que regirá los destinos de la Nación cuando se estrena el siglo XXI.
Se insiste hasta la saciedad que recibir el Canal e integrar el territorio serán señales inequívocas de que entramos al Tercer Milenio con paso firme y decidido, que la soberanía será perfeccionada y de que sabremos manejar con sabiduría y prudencia, en beneficio del pueblo, el principal recurso que la Naturaleza ha puesto en nuestras manos: la posición geográfica.
Todo ello es verdad. Mas, por encima de aquellos hechos trascendentales inminentes, Panamá sigue siendo una Nación pequeña y débil que en el curso de su historia ha sido "acosada" (para usar el término de un pensador costarricense) por las potencias de turno, deseada y codiciada muchas veces, precisamente en virtud de su papel protagónico en las rutas comerciales del mundo. El embate foráneo amenaza nuestra identidad, vale decir, nuestra autenticidad.
Sin embargo, hay una alternativa, un recurso poderoso que coadyuva a corroborar el ente nacional, a definir y acentuar los rasgos que nos distinguen de otro pueblos: la cultura; sólo la cultura y mediante su presencia podemos detectar el rostro inconfundible de lo que somos y queremos ser, sin olvidar lo que fuimos como continuidad en el tiempo por ilación de siglos.
La cultura es el inmenso recurso de los países jóvenes, limitados en haberes naturales y parcos en demografía. El nuestro no ha cumplido aún cien años de vida republicana. Además, constituimos una Nación multicultural a la cual han convergido expresiones variadas de valores, formas de vida y etnias provenientes de la rosa de vientos. La panameñidad no es una abstracción, sino un caminar secular que ha ido tomando formas distintas, modos de manifestarse a medida que el hombre real del Istmo escribe su propio devenir. Luego, la Historia no es el brumoso pretérito, sino la actual circunstancia enrumbada hacia el futuro que en la cotidianidad de los sucesos se hace hoy.
El gobierno que tome las riendas del Estado panameño habrá de poner mayor empeño en promover, propiciar y fomentar la cultura nacional y universal.
Los personeros de la próxima administración deberán convencerse de que invertir en cultura contribuye a adquirir una conciencia sensible al privilegio de ser panameño, como en feliz ocasión manifestó la inmortal Reina Torres de Araúz.
En los programas y propuestas de los candidatos presidenciales no he observado aún el sector cultura. El discurso político queda reducido a la economía, producción del agro, deuda externa y otros indicadores financieros. Dicho en otros términos, factores cuantitativos que pueden medirse en cifras y estadísticas. Mas la cultura, eminentemente cualitativa, es de aristas inconmensurables.
¿Cuál de los aspirantes a ocupar el Palacio de las Garzas ha pensado en la creación del Ministerio de Cultura como entre regulador de la política estatal en ese campo?
¿Dónde están los lineamientos en lo que respecta a transformar el Instituto Nacional de Cultura en un organismo activo, creador y custodio de nuestra necesaria identidad?
¿Qué planes existen para salvaguardar nuestra riqueza arqueológica que hoy es depredada y exportada; institucionalizar finalmente la Orquesta Sinfónica que luego de medio siglo de existencia aún no está completa en personal e instrumentos; crear orquestas juveniles en cada cabecera de provincias; hacer de nuestros lánguidos museos lecciones vivas de historia local y nacional; estimular las Escuelas de Bellas Artes, la danza clásica, el conjunto de folklore, tener un Conservatorio y Escuela de Artes Plásticas dignos de ese nombre con instalaciones modernas; preservar también la memoria documental que se guarda en el Archivo Nacional y organizar el sistema nacional de Archivo; auspiciar el turismo histórico y ecológico; brindar a Santiago de Veraguas, Darién y Colón de sendos museos que digan a propios y extraños las particularidades de sus gentes y evolución regionales?
La próxima centuria nos aguarda con impostergables retos. Y hemos de entender que la cultura es una herencia y un bien de todos y que todos hemos de acceder a ella pues representa nuestro inalienable patrimonio; así, etimológicamente quiere decir legado de nuestros mayores.
Cultura es lo que queda cuando todo se ha olvidado; ella es nuestro sedimento y firme modo de entendernos y de abrirnos esperanzados a la profundización de nuestra independencia, real autonomía y legítimo sentido de nuestra parábola milenaria que nos permite afirmar que somos parte de un país de hondas raíces, pero nuestro y para quienes nos sucedan en secuencia
generacional.
Se insiste hasta la saciedad que recibir el Canal e integrar el territorio serán señales inequívocas de que entramos al Tercer Milenio con paso firme y decidido, que la soberanía será perfeccionada y de que sabremos manejar con sabiduría y prudencia, en beneficio del pueblo, el principal recurso que la Naturaleza ha puesto en nuestras manos: la posición geográfica.
Todo ello es verdad. Mas, por encima de aquellos hechos trascendentales inminentes, Panamá sigue siendo una Nación pequeña y débil que en el curso de su historia ha sido "acosada" (para usar el término de un pensador costarricense) por las potencias de turno, deseada y codiciada muchas veces, precisamente en virtud de su papel protagónico en las rutas comerciales del mundo. El embate foráneo amenaza nuestra identidad, vale decir, nuestra autenticidad.
Sin embargo, hay una alternativa, un recurso poderoso que coadyuva a corroborar el ente nacional, a definir y acentuar los rasgos que nos distinguen de otro pueblos: la cultura; sólo la cultura y mediante su presencia podemos detectar el rostro inconfundible de lo que somos y queremos ser, sin olvidar lo que fuimos como continuidad en el tiempo por ilación de siglos.
La cultura es el inmenso recurso de los países jóvenes, limitados en haberes naturales y parcos en demografía. El nuestro no ha cumplido aún cien años de vida republicana. Además, constituimos una Nación multicultural a la cual han convergido expresiones variadas de valores, formas de vida y etnias provenientes de la rosa de vientos. La panameñidad no es una abstracción, sino un caminar secular que ha ido tomando formas distintas, modos de manifestarse a medida que el hombre real del Istmo escribe su propio devenir. Luego, la Historia no es el brumoso pretérito, sino la actual circunstancia enrumbada hacia el futuro que en la cotidianidad de los sucesos se hace hoy.
El gobierno que tome las riendas del Estado panameño habrá de poner mayor empeño en promover, propiciar y fomentar la cultura nacional y universal.
Los personeros de la próxima administración deberán convencerse de que invertir en cultura contribuye a adquirir una conciencia sensible al privilegio de ser panameño, como en feliz ocasión manifestó la inmortal Reina Torres de Araúz.
En los programas y propuestas de los candidatos presidenciales no he observado aún el sector cultura. El discurso político queda reducido a la economía, producción del agro, deuda externa y otros indicadores financieros. Dicho en otros términos, factores cuantitativos que pueden medirse en cifras y estadísticas. Mas la cultura, eminentemente cualitativa, es de aristas inconmensurables.
¿Cuál de los aspirantes a ocupar el Palacio de las Garzas ha pensado en la creación del Ministerio de Cultura como entre regulador de la política estatal en ese campo?
¿Dónde están los lineamientos en lo que respecta a transformar el Instituto Nacional de Cultura en un organismo activo, creador y custodio de nuestra necesaria identidad?
¿Qué planes existen para salvaguardar nuestra riqueza arqueológica que hoy es depredada y exportada; institucionalizar finalmente la Orquesta Sinfónica que luego de medio siglo de existencia aún no está completa en personal e instrumentos; crear orquestas juveniles en cada cabecera de provincias; hacer de nuestros lánguidos museos lecciones vivas de historia local y nacional; estimular las Escuelas de Bellas Artes, la danza clásica, el conjunto de folklore, tener un Conservatorio y Escuela de Artes Plásticas dignos de ese nombre con instalaciones modernas; preservar también la memoria documental que se guarda en el Archivo Nacional y organizar el sistema nacional de Archivo; auspiciar el turismo histórico y ecológico; brindar a Santiago de Veraguas, Darién y Colón de sendos museos que digan a propios y extraños las particularidades de sus gentes y evolución regionales?
La próxima centuria nos aguarda con impostergables retos. Y hemos de entender que la cultura es una herencia y un bien de todos y que todos hemos de acceder a ella pues representa nuestro inalienable patrimonio; así, etimológicamente quiere decir legado de nuestros mayores.
Cultura es lo que queda cuando todo se ha olvidado; ella es nuestro sedimento y firme modo de entendernos y de abrirnos esperanzados a la profundización de nuestra independencia, real autonomía y legítimo sentido de nuestra parábola milenaria que nos permite afirmar que somos parte de un país de hondas raíces, pero nuestro y para quienes nos sucedan en secuencia
generacional.