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El nuevo orden de la miseria


EL EJEMPLAR Nº 297 de Temas de nuestra América, del mes de noviembre de 2006, publicación de la Universidad de Panamá, reproduce una entrevista que el diario O Globo de Brasil hiciera a "Marcola" (Marcos William Herbas Camacho), cabecilla del Primer Comando de la Capital (PCC), banda carcelaria que opera en Sao Paulo, y que desde prisión controla la criminalidad de la ciudad.
De 39 años y una gran capacidad intelectual, afirma haber leído en la cárcel más de 3,000 libros. Dice deleitarse en su celda con el "Dante Aligheri" y el "Arte de la Guerra" de Sun Tzu; y cita con propiedad los principios de Klausewitz. Declara estar en guerra con la "sociedad". Una guerra que esa sociedad tiene perdida de antemano, porque se trata de una lucha desigual entre los aparatos de justicia, la policía, , el ejército y los "ciudadanos" contra un ejército de "hormigas devoradoras" procedentes de la marginalidad, las "favelas" que rodean la metrópoli, los "ghetos" de los discriminados, los "ambulantes" que pernoctan en estaciones y parque. Hombres y mujeres que obedecen ciegos las órdenes emanadas desde la cárcel, para matar, traficar, secuestrar, robar o, sencillamente, cobrar cuentas.
"La post miseria genera una nueva cultura asesina -señala Marcola-, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Son los "detritus" con "chips", con "megabytes". Mis comandos son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio". Una post miseria que no viene de afuera y no es una tara genética: es el producto de un orden social enfermo, de la explotación, discriminación y oprobio creado por un sistema de castas. Con 40 millones de dólares acumulados y que administra a su antojo, posee un poder omnímodo que está por encima de cualquier aparato policíaco o judicial. A sus pies, generales, políticos, magistrados e intelectuales son una baba amorfa que vive entre la corrupción y el miedo. Magnánimo y cruel, organiza fiestas, paga carreras, divierte a los niños y hace obras de caridad; pero también soborna, secuestra, extorsiona y mata.
Una guerra que la sociedad tiene que perder y no hay alternativa. No hay pacto posible ni ideología reinvindicadora. Tampoco busca el poder. Sólo aspira a la impunidad que el otro sector, el gubernamental, el que detenta los hilos del Estado ejerce a su albedrío. Y que esta condenada a perder porque ese enemigo es producto de sus propios desechos y como el Golem o Frankestein ha tomado forma y reclama el puesto de sus creadores. "¿Solución? No hay solución", responde Marcola. "Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación y todo tendría que ser bajo la batuta de una «tiranía esclarecida»... Y todo eso costaría billones de dólares y una mudanza psicosocial profunda... O sea: es imposible. No hay solución".
Brasil y Panamá son hermanos de estadísticas y penalidades. Sufren el mismo síndrome y patografía resultante de un factor común: La miseria. La inmensa extensión territorial del primero -devoradas por las transnacionales-, contrastan con la exigua territorialidad del segundo -cuyas playas, costas, ríos, aguas y aire son vendidas por consorcios urbanísticos internacionales ante la mirada impávida hombres y mujeres sin piso y sin techo. El primero es un país con uno de los ingresos per cápita más alto del continente, pero ocupa el primer lugar de la riqueza peor distribuida de la región. Nosotros somos el segundo país con el ingreso per cápita más alto de la región y ocupamos, con mucho empeño en ser los primeros, el segundo lugar en ese cuadro de acumulación de la riqueza. Nuestro sistema de justicia, aparato policial, representación legislativa y órdenes de preferencias nada tienen que envidiarle al gigante sureño. Pero lo que en verdad es preocupante, también tenemos alguno que otro Marcola que desde el juzgado o la prisión habla a los medios con la certeza de una razón universal anunciando su nuevo orden.
Aquí, en "el puente del mundo corazón del universo", en la "tacita de oro", pensamos estar lejanos de esa vorágine que corroe los cimientos de ese gran país. Desde sus oficinas refrigeradas, casas de playa, poderosos cuatro por cuatro, urbanizaciones amuralladas, policía todo por la patria, guardias de seguridad y perros bravos un segmento de nuestra población cree estar libres de todo mal amén. No abren la ventana para ignorar el paisaje de casas de cartón y zinc podrido; el hambre en las costillas de los niños; la necesidad en el rostro de mujeres famélicas; el hacinamiento de los ghettos; la muerte sobre ruedas, la corrupción en corbata de seda y la impunidad bajo la toga. "Todo está bien", vociferamos con la mano en alto, cuando la mano es lo único que está fuera de las fauces del tiburón. Rehuyen percatarse que bajo tierra, en oquedades extendidas en kilómetros de lodo y piedra, la Hormiga Reina de la miseria incuba cada minuto miles de larvas que se extienden, aprenden, mimetizan y aguardan.
Como un epitafio cruel y descriptivo, Marcola concluye: "Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y «colocado en el microondas». Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos... Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos al ataque. Ustedes en la defensa... Ustedes nos transformaron en «superstar» del crimen... Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos "globales". Y nosotros, panameños amantes del dólar, como no queremos perdernos nada del gran milagro de la globalización, nos esforzamos, cada día con más empeño, en dar visas de inmigración y carta de naturaleza -por televisión vía satélite y vistosas páginas web- a la globalización del crimen.
En Veracruz muchos buhoneros aprovechan para vender aretes, collares, gorras, lentes para el sol.
Algunos recorren la playa vendiendo huevos de codorniz y ceviche.
Hace 25 años, Efrén Alfaro quien es propietario del puesto de venta de comida conocido como "Tacos Mexicanos", cuenta que antes, en un domingo, lograba recaudar B/.2 mil, pero ahora las ventas han disminuido considerablemente.
Alfaro manifestó que esto se debe a la poca asistencia de personas, pues años atrás "la playa parecía un carnaval".
Otro de los inconvenientes para los propietarios de los restaurantes, quienes han conformado la sociedad Playa Venado Asociados, es la falta de energía eléctrica.
Según Alfaro, hace más de 10 años están luchando para que se les instale la energía eléctrica, pero no es hasta junio de este año en que "eso supuestamente ocurrirá".
  • A las 6: 00 de la tarde una patrulla policial desaloje el sitio.

  • Los visitantes que se encuentran ubicados en los diferentes restaurantes sí se pueden quedar hasta la medianoche.

  • La falta de tanques para depositar la basura es notoria.


¿Qué opina de las condiciones que ofrece este sector capitalino?
Jesús Carrasquilla: "Considero que la vigilancia policial debe aumentar para que los visitantes se sientan más seguros. Yo estoy asistiendo desde hace años a esta playa, pero nunca he observado que se registren peleas".
Celso Calderón: "Vengo muy poco a la playa de Veracruz, pero considero que debe haber más vigilancia tanto de los agentes policiales como del Sistema Nacional de Protección Civil para la seguridad de las personas".
Madelen Colón: "En la playa no hay seguridad. Pocas veces se observan agentes policiales. Además, los bañistas corren peligro por la falta de salvavidas y de personal de SINAPROC que se encarga de vigilarlos".
Alfonso Jiménez: "La ronda policial pasa cada 15 ó 20 minutos.
Creo que los policías se deben quedarse en el sitio. Por otra parte, considero que debe haber un local con personal del SINAPROC para evitar incidentes".
José Dávila: "En las visitas que he realizado a esta playa no he tenido ningún tipo de problemas. Pero, considero que se debe incrementar la vigilancia policial. Los bañistas tampoco tienen seguridad y corren el riesgo de ahogarse".

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