El oficio de Dios
Dicen que perdonar es oficio divino y que olvidar es un desperfecto humano. Pues ni lo uno ni lo otro. No soporto que se pida perdón sin antes haber demostrado arrepentimiento. La demostración de arrepentimiento parte de la toma de conciencia de los errores cometidos y se manifiesta con hechos concretos y permanentes –no alcanza con pagar una manda o con leer la Biblia-, es una transformación interior continua demostrada con actitudes coherentes.
Hace tiempo, en un conocido programa matutino estaba presente un ex camorrista de la mano más dura del noriegato. Se ufanaba entonces de ser la mano ejecutora de la omertá norieguista. Vestía traje de corte inglés, pero en sus tiempos de lobo lo hacía con camisa negra; tal vez porque los descendientes de republicanos no le dejaban ponerse la camisa parda y gritar por ahí ¡Viva la Muerte! Cómo aquel fantasma apocalíptico del fascismo franquista que manco, tuerto y cojo buscaba por toda España picotear el corazón de los que defendían la República a pecho descubierto.
Mi indignación con este triste personaje viene desde el día siguiente a la invasión de 1989 de la que se cumplen veinte “nomeolvides”. Yo vivía a casi cien metros de la casa donde vivió ese señor y en donde habían escondido un arsenal que, según me dijo un oficial del USA Army, era capaz de hacer volar por los aires a toda la barriada; con mi familia incluida. De esto es testigo el vecindario, que casi sin excepción, día tras día, pasó por allí.
Los hechos sucedieron así. Un vecino hizo notar que en esa casa, desde hacía buen tiempo, gente extraña entraba y salía con bultos sospechosos. Después de la invasión algunos vecinos fueron a investigar e hicieron la denuncia ante la única autoridad competente y en actividad que funcionaba en el país. Un país que había sido abandonado a su suerte por la plana mayor de las FFDD y por el presidente designado a golpe de machete, vecino también, quien días después logró, sin éxito, desfigurarse aún más para no ser reconocido. Durante aquellos aciagos días la autoridad a cargo éramos los vecinos vigilantes que nos habíamos organizado para detener el saqueo indiscriminado y a los codepadis que abaleaban las casas de sus compinches, fugados del campo de batalla sin permiso del partido. Los vecinos abrieron las puertas de la casa y eso fue como abrir un supermercado de la National Rifle Association. El miedo y el instinto de autodefensa hizo que hombres, mujeres y niños salieran con AK47, “pipas chinas”, ametralladoras, granadas de mano y cuanta cosa para matar se haya inventado en este mundo. Alguien cuerdo llamó a los gringos que acudieron en camiones a llevarse el arsenal.
En esa mesa de debate, con piel de oveja y ademanes eclesiales, este personaje salido de El Retorno de los Brujos, pidió con voz contrita evitar la demonización de los ex militares. Lo que no podemos aceptar es beatificar la contumacia del lobo, que aunque cambie de piel, llegada la ocasión, continuará con sus viejas mañas de decapitar adversarios y de tirar curas al mar. Feliz Navidad.