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El orgullo personal


Es frustrante para una persona responsable, observar cómo otros se desempeñan con desidia y mediocridad en su trabajo. Causa además asombro ver cómo reaccionan las personas cuando alguien les recuerda cuál era su deber. Es como si pedirle a alguien que se desempeñe con puntualidad, prolijidad, eficiencia, eficacia o efectividad fuera un insulto personal. De nada vale que el reclamo se haga con la más sutil de las formas o con la mayor delicadeza y elegancia. El displicente destinatario del reclamo reacciona como si se hubiera ofendido su honor u orgullo personal. ¿Para qué hacer las cosas bien de una vez, si se pueden hacer mal y dos veces? Pareciera ser la divisa común entre los mediocres. ¿Quién se va a dar cuenta? Dicen otros. Esta es la actitud de los que nunca lograrán destacarse y progresar. El problema es que con ella no sólo se afectan a sí mismos, sino que perjudican a muchos más, que de alguna manera dependen de sus acciones u omisiones.
Pero queremos regresar al concepto de orgullo. Para los mediocres, el orgullo es un delicado espejo que se empaña, se mella o se rompe al contrariarlos. Para las personas responsables, el orgullo es una llama interna que les impulsa a hacer las cosas bien para la autosatisfacción y también, con toda legitimidad, para el reconocimiento exterior. El orgullo personal es lo que los lleva a cumplir con sus deberes al máximo de sus capacidades y no al mínimo aceptable. El orgullo personal es su mayor crítico y no su espejo de vanidades. El orgullo personal es el resorte que los impulsa a alcanzar las cúspides más altas y no el lastre que le hace arrastrar los pies. El orgullo personal es lo que, al alcanzar la cumbre del éxito, le hace inmune al eco de la envidia del mediocre cuando dice: ¡Qué suerte que tuvo ese tipo!

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