El Pacto de Estabilización sin Serbia
Repitiendo un error costoso en situaciones muy similares de la historia reciente, los aliados occidentales de Europa y Estados Unidos, firmaron la semana pasada un Pacto de Estabilización del Sudeste de Europa, por medio del cual planean bombear a la empobrecida zona un fondo inicial de 700 millones de dólares que se multiplicaría a lo largo de varios años, con el fin de reconstruirla tras décadas de guerra y atraso con relación al resto del Viejo Continente, pero excluyendo a Serbia.
La iniciativa es loable y estratégicamente deseable, si es que se quiere romper el esquema de una Europa de primera clase y otra de segunda, emulando al continente americano. De hecho la Unión Europea viene adelantando un ambicioso plan para poner a nivel a las naciones del este de ese continente que pertenecían a la órbita soviética. El equilibrio, la igualdad y el compartir prosperidad es beneficioso para el comercio y trae la paz. Lo contrario es invitar al conflicto y a la inestabilidad.
En el fondo no es distinto a lo que hizo Estados Unidos con México cuando impulsó el Tratado de Libre Comercio. La teoría detrás del convenio fue siempre que es mejor compartir la riqueza que erigir una frontera de acero que separara por la fuerza la prosperidad de la pobreza. Pero esta sabia estrategia ha sido pasada por alto en el pacto de estabilización en referencia.
¿Qué lógica mueve a brillantes estadistas a creer que pueden cimentar una paz en los Balcanes, llevando ayuda económica y humanitaria a Croacia, Albania y Montenegro, mientras se margina a la más grande y populosa Serbia, recién arrasada en una cruenta guerra contra la OTAN, de la que emergió con toda su infraestructura industrial, energética y de comunicaciones hecha cenizas, en los albores de un invierno que se presagia crudo como nunca antes?
No sabemos cómo pueden pretender llevar paz humillando al vencido, tal como se hiciera con Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Obviamente, después que los germanos volvieron por la revancha en la Segunda Guerra y casi se salen con la suya, hubo una mejor comprensión del error, y la ayuda por la reconstrucción se repartió generosamente entre vencedores y vencidos, incluyendo a Japón. Hoy el resultado de tan buena política puede palparse. Alemania y Japón son puntales de la paz, la prosperidad y la democracia, además de muy leales aliados de Occidente.
El caso de Cuba es diferente, aunque tiene cierta semejanza. l nos enseña que ningún resultado positivo se obtiene aislando o marginando a quien forma parte indivisible de un conglomerado de naciones. Se pueden propiciar más cambios con la integración y el intercambio, aun en las diferencias, que con la marginación. Se logra mucho más ayudando que victimizando.
Razón tuvo el primer ministro ruso, Serguei Stepashin, al discrepar en solitario de la treintena de colegas occidentales que suscribieron el pacto: "El excluir a Yugoeslavia traerá nuevos problemas a la zona. Les ruego recapaciten. Si la población serbia no recibe ayuda humanitaria y de reconstrucción, este invierno se abrirá una crisis humanitaria para diez millones de personas". Irónicamente, el canciller alemán, Gerhard Schoeder, discrepó de su colega ruso, olvidando acaso su propia historia.
La iniciativa es loable y estratégicamente deseable, si es que se quiere romper el esquema de una Europa de primera clase y otra de segunda, emulando al continente americano. De hecho la Unión Europea viene adelantando un ambicioso plan para poner a nivel a las naciones del este de ese continente que pertenecían a la órbita soviética. El equilibrio, la igualdad y el compartir prosperidad es beneficioso para el comercio y trae la paz. Lo contrario es invitar al conflicto y a la inestabilidad.
En el fondo no es distinto a lo que hizo Estados Unidos con México cuando impulsó el Tratado de Libre Comercio. La teoría detrás del convenio fue siempre que es mejor compartir la riqueza que erigir una frontera de acero que separara por la fuerza la prosperidad de la pobreza. Pero esta sabia estrategia ha sido pasada por alto en el pacto de estabilización en referencia.
¿Qué lógica mueve a brillantes estadistas a creer que pueden cimentar una paz en los Balcanes, llevando ayuda económica y humanitaria a Croacia, Albania y Montenegro, mientras se margina a la más grande y populosa Serbia, recién arrasada en una cruenta guerra contra la OTAN, de la que emergió con toda su infraestructura industrial, energética y de comunicaciones hecha cenizas, en los albores de un invierno que se presagia crudo como nunca antes?
No sabemos cómo pueden pretender llevar paz humillando al vencido, tal como se hiciera con Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Obviamente, después que los germanos volvieron por la revancha en la Segunda Guerra y casi se salen con la suya, hubo una mejor comprensión del error, y la ayuda por la reconstrucción se repartió generosamente entre vencedores y vencidos, incluyendo a Japón. Hoy el resultado de tan buena política puede palparse. Alemania y Japón son puntales de la paz, la prosperidad y la democracia, además de muy leales aliados de Occidente.
El caso de Cuba es diferente, aunque tiene cierta semejanza. l nos enseña que ningún resultado positivo se obtiene aislando o marginando a quien forma parte indivisible de un conglomerado de naciones. Se pueden propiciar más cambios con la integración y el intercambio, aun en las diferencias, que con la marginación. Se logra mucho más ayudando que victimizando.
Razón tuvo el primer ministro ruso, Serguei Stepashin, al discrepar en solitario de la treintena de colegas occidentales que suscribieron el pacto: "El excluir a Yugoeslavia traerá nuevos problemas a la zona. Les ruego recapaciten. Si la población serbia no recibe ayuda humanitaria y de reconstrucción, este invierno se abrirá una crisis humanitaria para diez millones de personas". Irónicamente, el canciller alemán, Gerhard Schoeder, discrepó de su colega ruso, olvidando acaso su propia historia.