El Pacto Etico Empresarial
En todo lugar existen medios, asociaciones y grupos de personas con el afán de crear una sociedad más justa y llena de oportunidades para todos. Este es el caso del Pacto Ético Empresarial de Panamá cuyo objetivo primordial es el reconocimiento y promoción de principios y valores éticos en las relaciones comerciales, con el compromiso de trabajar por una propuesta integral de ética empresarial. Tal vez no todos tenemos el valor de asumir una responsabilidad tan grande, al elaborar un documento de tal trascendencia. Cualquier persona en constante actividad productiva y dinamismo, posee el ingenio y el empeño por hacer bien las cosas. Esta inquietud tan evidente, es el valor de la laboriosidad y la honestidad de sus protagonistas. Esto lo puedo corroborar al estudiar y analizar este manual en materia de conducta ética empresarial. Es por ello, que me permito hacer unas reflexiones sobre algunos de sus preceptos. Veamos:
Con este documento conviene detenernos un momento a revisar nuestras actitudes y disposición que tenemos para la vida misma. Con toda seguridad, una de las cualidades que más buscamos y exigimos es que los panameños vivan en un ambiente de confianza y armonía, pues garantiza respaldo, seguridad y credibilidad. Pero, no debemos olvidar que los valores deben primero vivirse de manera personal, antes de exigir que los demás cumplan con nuestras expectativas.
Por desgracia, el problema de la falta de ética en el sector empresarial es muy frecuente, y no sólo en países en vías de desarrollo, que son los que se llevan la mala fama. La imagen de la ingenua empresa occidental sorprendida en su buena fe por un político o empresario corrupto es tan irreal como la del pobre funcionario de un país subdesarrollado tentado por una poderosa multinacional. Corromper y dejarse corromper no es cuestión de nivel de renta, sino de la combinación de oportunidad, beneficio, riesgo de detección y cuantía del castigo, además de formación y talante moral.
Y esto se da, sobre todo, en la administración pública (contratos, suministros, privatizaciones, permisos, licencias,...), pero también en las empresas privadas, especialmente en los departamentos de compras o suministros, en los que unas pocas personas tienen gran autonomía para comprar a un proveedor o a otro, y a un precio o a otro.
El que recibe de forma fraudulenta dinero lleva a cabo un acto de deslealtad y de injusticia con la institución o la empresa en la que trabaja, pues actúa no de acuerdo con los intereses de la misma, sino buscando su provecho personal. Y el que paga es el causante de esa acción inmoral (en el soborno) o, al menos, coopera con ella (en la extorsión). El Pacto Ético Empresarial ofrece reglas explícitas para actuar en estos casos. Debe actuarse con rectitud, porque se tiene derecho a lo que se pide (y más aún si se actúa en cumplimiento de un deber). Debe haber razones morales objetivas y proporcionadas a la gravedad de los daños causados.
La solución hay que buscarla a un nivel superior: los ciudadanos debemos hacer frente a nuestros políticos para exigirles la reforma de la legislación sobre la falta de transparencia. Porque, en definitiva, el problema de la corrupción no afecta a unos pocos, ni a muchos: nos afecta a todos.
Del mismo modo, es moralmente ilícito la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privado de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos y, el despilfarro.
Cabe mencionar que toda ética es una propuesta sobre las virtudes, en especial sobre cuatro: la prudencia, que es la determinación práctica del bien; la justicia, que es la realización del bien en la vida social; fortaleza, que es la firmeza para defender el bien o conseguirlo y la templanza, que es la moderación para no confundir el bien con el placer.
Recordemos el valor de la honestidad que es la forma de vivir congruente entre lo que se piensa y la conducta que se observa hacia el prójimo, que junto a la justicia, exige en dar a cada quien lo que le es debido. La persona que es honesta se reconoce en su comportamiento, palabras y afectos. Cumple con sus compromisos y obligaciones al pie de la letra, sin trampas, engaños o retrasos voluntarios. Evita la murmuración y la crítica que afectan negativamente a los demás. Guarda discreción y seriedad ante las confidencias personales y secretos profesionales. Tiene especial cuidado en el manejo de los bienes económicos y materiales, incluido el escándalo moral.
Toda persona durante la etapa de la niñez adquiere hábitos que son posteriormente positivos o negativos. Unos se hacen justos, amables, veraces, responsables, trabajadores, etc., y otros, en cambio, se vuelven injustos, violentos, mentirosos, irresponsables, perezosos. A los primeros se les denominan virtudes y, a los segundos, vicios. Los padres de familia y educadores saben que si los hábitos que perfeccionan a todo hombre y mujer no prevalecen, la personalidad queda a merced de los antojos y llega a ser muy difícil cuando adulto orientarse hacia el bien que se quiere lograr.
(gemiliani@cwpanama.net)
Con este documento conviene detenernos un momento a revisar nuestras actitudes y disposición que tenemos para la vida misma. Con toda seguridad, una de las cualidades que más buscamos y exigimos es que los panameños vivan en un ambiente de confianza y armonía, pues garantiza respaldo, seguridad y credibilidad. Pero, no debemos olvidar que los valores deben primero vivirse de manera personal, antes de exigir que los demás cumplan con nuestras expectativas.
Por desgracia, el problema de la falta de ética en el sector empresarial es muy frecuente, y no sólo en países en vías de desarrollo, que son los que se llevan la mala fama. La imagen de la ingenua empresa occidental sorprendida en su buena fe por un político o empresario corrupto es tan irreal como la del pobre funcionario de un país subdesarrollado tentado por una poderosa multinacional. Corromper y dejarse corromper no es cuestión de nivel de renta, sino de la combinación de oportunidad, beneficio, riesgo de detección y cuantía del castigo, además de formación y talante moral.
Y esto se da, sobre todo, en la administración pública (contratos, suministros, privatizaciones, permisos, licencias,...), pero también en las empresas privadas, especialmente en los departamentos de compras o suministros, en los que unas pocas personas tienen gran autonomía para comprar a un proveedor o a otro, y a un precio o a otro.
El que recibe de forma fraudulenta dinero lleva a cabo un acto de deslealtad y de injusticia con la institución o la empresa en la que trabaja, pues actúa no de acuerdo con los intereses de la misma, sino buscando su provecho personal. Y el que paga es el causante de esa acción inmoral (en el soborno) o, al menos, coopera con ella (en la extorsión). El Pacto Ético Empresarial ofrece reglas explícitas para actuar en estos casos. Debe actuarse con rectitud, porque se tiene derecho a lo que se pide (y más aún si se actúa en cumplimiento de un deber). Debe haber razones morales objetivas y proporcionadas a la gravedad de los daños causados.
La solución hay que buscarla a un nivel superior: los ciudadanos debemos hacer frente a nuestros políticos para exigirles la reforma de la legislación sobre la falta de transparencia. Porque, en definitiva, el problema de la corrupción no afecta a unos pocos, ni a muchos: nos afecta a todos.
Del mismo modo, es moralmente ilícito la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privado de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos y, el despilfarro.
Cabe mencionar que toda ética es una propuesta sobre las virtudes, en especial sobre cuatro: la prudencia, que es la determinación práctica del bien; la justicia, que es la realización del bien en la vida social; fortaleza, que es la firmeza para defender el bien o conseguirlo y la templanza, que es la moderación para no confundir el bien con el placer.
Recordemos el valor de la honestidad que es la forma de vivir congruente entre lo que se piensa y la conducta que se observa hacia el prójimo, que junto a la justicia, exige en dar a cada quien lo que le es debido. La persona que es honesta se reconoce en su comportamiento, palabras y afectos. Cumple con sus compromisos y obligaciones al pie de la letra, sin trampas, engaños o retrasos voluntarios. Evita la murmuración y la crítica que afectan negativamente a los demás. Guarda discreción y seriedad ante las confidencias personales y secretos profesionales. Tiene especial cuidado en el manejo de los bienes económicos y materiales, incluido el escándalo moral.
Toda persona durante la etapa de la niñez adquiere hábitos que son posteriormente positivos o negativos. Unos se hacen justos, amables, veraces, responsables, trabajadores, etc., y otros, en cambio, se vuelven injustos, violentos, mentirosos, irresponsables, perezosos. A los primeros se les denominan virtudes y, a los segundos, vicios. Los padres de familia y educadores saben que si los hábitos que perfeccionan a todo hombre y mujer no prevalecen, la personalidad queda a merced de los antojos y llega a ser muy difícil cuando adulto orientarse hacia el bien que se quiere lograr.
(gemiliani@cwpanama.net)