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El país de ayer y de hoy ante el referéndum


LA Independencia de 1903 fue un bien que recibió la nueva República sin que estuviera preparada para ello. Sea como fuese, era un hecho político trascendente en sí, ante el cual, como hecho histórico, no podía ni debía ser rechazado ni censurado por sus fallas, ya que la historia es lo que ha sucedido, y no lo que pudo haber resultado, por la simple creencia de sus críticos. La herencia de Colombia fue un lastre pesado que el país tuvo que soportar por espacio de treinta años; y el Golpe de Estado de Acción Comunal (1931) se quedó como simple anuncio de que habíamos avanzado y que estábamos preparados para un mejor Gobierno, pero el arreglo gubernamental que se dio, la misma noche del triunfo de los comunalistas, fue el de constitucionalizar ese golpe revolucionario, y que el Dr. Alfaro, Ministro en Washington y Primer Designado, ejerciera la Presidencia, lo que significaba hasta cierto punto, un regreso al pasado abolido por los muertos y heridos, que ocurrieron en el siglo XX panameño.
No fue posible evitar que el país siguiera en manos de una oligarquía que no le interesaba la contención de los problemas incipientes que engrosaban la realidad nacional, con la única excepción del Gobierno del Dr. Harmodio Arias, quien se propuso iniciar el cambio de nuestras relaciones con norteamérica y otras medidas internas que debieron iniciar cambios de repercusión nacional, pero la continuidad politiquera no lo permitió.
Surgió entonces una inesperada lucha popular que borrosamente se proponía aumentar la participación económica de Panamá en los resultados del funcionamiento del Canal norteamericano, cuando recién pasada la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos pretendieron retener los ciento treinta y tantos sitios militares que mantenían en toda la extensión del Istmo panameño. Conocido fue el resultado de esta lucha popular que la oligarquía nunca apoyó, pero que se convirtió en una meta que los Gobiernos se vieran obligados a continuar, muy tímidamente.
A esa lucha se unió la reivindicación del uso de la bandera panameña en los barcos que transitaban por el Canal, lucha en que se distinguió el estudiantado de la Universidad Nacional y de las escuelas secundarias capitalinas, con la cual se solidarizaron sectores obreros y estudiantiles del interior.
Esta lucha antinorteamericana popular hizo explosión inesperadamente los días 9,10 y 11 de enero de 1964, con saldo de algo más de veinte muertos y algunos cientos de heridos panameños debido a la represión del Ejército norteamericano. La protesta diplomática del Gobierno de turno, estimulado por la opinión espontánea y total del pueblo panameño, abrió las puertas para una negociación panameño-norteamericana que durará casi tres lustros, y que terminaría con la decisión norteamericana de retirarse del suelo panameño y entregar el Canal a Panamá, después de 23 años (1999).
Mientras tanto, hacia adentro del país istmeño, continuaba la acumulación de muy serios problemas nacionales, que la oligarquía se mostraba impotente de paliar siquiera, y que formarían un caldo de cultivo para un pueblo que padecía toda clase de problemas colectivos (laborales, económicos, educativos, de salud, financieros, etc., etc.), que los Gobiernos oligárquicos no se decidían siquiera a plantearse y menos a brindar soluciones, ocupados como estaban en la explotación económica gubernamental, sin que sus partidos tuvieran el más mínimo gesto, en cuanto a su solución, siquiera parcial. A ello se deben los altos índices de miseria que recogen las estadísticas publicadas por los mismos Gobiernos de turno. Mientras tanto, la corrupción estatal, los fraudes en la existencia estatal, la quiebra de la educación pública, incluyendo la universitaria, la insuficiencia de los remedios en la Salud Pública, etc., etc. se acumulaban escandalosamente en toda la geografía nacional.
Podría poner más ejemplos; estos son algunos para demostrar que vivimos en un país de desconfianza de falta de credibilidad. Al principio era con el gobierno; luego con los empresarios; después contra los jefes de instituciones; después nos enseñaron los militares a desconfiar los pobres de los ricos y viceversa. Ahora desconfiamos de los vecinos, de nuestros copartidarios, de los familiares, de los hermanos, de los compañeros de trabajo. No podemos continuar en ese plan porque no lograremos el desarrollo que necesitamos. Si cada vez que se inicia una obra, pensamos cuánto robarán los encargados de ella, jamás podremos vivir en paz y un país que no logra su tranquilidad no progresa.
Si continuamos con la desconfianza en todo, veremos siempre la brusca en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro ya que nos hemos acostumbrado a pensar en lo malo que hace los demás y no el daño que hacemos nosotros. Si, desde los gobernantes y gobernados cambiamos nuestro pensamiento, iremos hacia lo positivo y al adelanto que necesitamos para vivir mejor y dar a los panameños lo que se merecen, logrando paz y amor.
marisin@movistar.com.pa

101 años de Panamá América

 
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