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El país de las maravillas


Había una vez un hermoso país con forma de "S" acostada, llamado el Reino de las Promesas. Cada cuatro años, sus habitantes escuchaban una a una las más hermosas e increíbles promesas.
Locuaces y sonrientes, los candidatos aseguraban a diestro y siniestro que todos los sueños podían hacerse realidad.
Que bastaba con que ellos llegaran al poder para que los empleos abundaran y para que todas las familias recibieran lo necesario para vivir decentemente.
Que sus habitantes sólo conocerían acerca de la deshonestidad y la delincuencia por las noticias que le llegaran de otros reinos.
Que en el Reino de las Promesas no se hundiría ninguna aeronave, ni quebraría ningún banco, ni se desmoronaría ninguna obra pública sin que los gobernantes realizaran rápidas investigaciones que dieran con los responsables y los obligaran a confesar su culpabilidad y a restituir lo tomado.
Que las grandes empresas pagarían sus impuestos millonarios y los empleados pagarían los suyos de acuerdo con sus ingresos.
Que los miembros de la corte justificarían muy bien sus salarios, porque trabajarían eficientemente y con celeridad impartiendo justicia en beneficio de toda la muy feliz y satisfecha población, sin ninguna clase de privilegios.
Que para ir a una de sus provincias, Colón, sólo tendrían que tomar la súper autopista y ¡zuás! en 45 minutos estarían allá.
Que todas las vías estarían en excelente estado, tan lisas que bien se podría correr una carrera de Fórmula 1 en ellas.
Que los ancianos, los enfermos y los menos favorecidos podrían vivir tranquilos, porque las autoridades se harían cargo de ellos y podrían disfrutar de sus pensiones hasta el final de sus días. Y así sucesivamente derrochaban tantas promesas más.
Esta historia, que parece ser un cuento de hadas, no es más que la triste realidad de la historia panameña y una pequeña parte de todas las promesas que nos han hecho quienes han guiado el destino del país.
Si nuestros gobernantes cumplieran con todo lo que prometen Panamá fuera un paraíso sobre la Tierra.
La población activa tendría empleos y los medios con los cuales sustentarse, la educación superior estuviera al alcance de todos, los jóvenes tendrían que elegir entre numerosas actividades extracurriculares "sanas" y la corrupción sería una palabra más del diccionario.
No habría medicamentos "fuera del cuadro básico", los usuarios del transporte público no sufrirían a diario, en las cárceles sólo estarían quienes se lo merecen y ya fueron juzgados, las licitaciones las ganarían las mejores ofertas, todos los panameños tendrían acceso a los servicios públicos y los empleados estatales serían personas capaces, motivadas y amables.
Pero como escribió Calderón de la Barca en su obra "La vida es sueño": "los sueños, sueños son".
En la realidad, la planilla estatal es enorme y costosísima, pagamos una suma millonaria por una Asamblea Legislativa que está en permanente polémica, cada día hay más desempleo y pobreza y los jubilados y pensionados están aterrados ante la inminente quiebra de la Caja de Seguro Social.
Cada cuatro años se alzan figuras políticas, nuevas o conocidas, casi mesiánicas que prometen hacer de éste, el país que nos merecemos.
Sus consignas de transparencia, populismo, igualdad y oportunidades para todos están ya trilladas. Empero, cada cuatro años se renueva la esperanza de encontrar la persona que definitivamente ponga de pie al país, que tome sus promesas de campaña como un juramento y las cumpla una a una ,o al menos, haga su mayor esfuerzo por convertirlas en realidad.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América