El país de los sordos
La falta de audición no significa que estemos impedidos físicamente para escuchar los sonidos emitidos en nuestro ambiente habitual, pero sí se trata de un gobierno que no escucha el clamor popular cuando se requiere de tomar decisiones importantes que afectan a toda la nación. Donde un reducido grupo gobernante se impone a sus gobernados por el solo hecho de tener el control Ejecutivo, Legislativo y sutilmente, del Judicial. La democracia, en la cual creo plenamente, no sólo significa elecciones libres y limpias, sino que se respeten las opiniones libres de sus ciudadanos.
Si algunos compatriotas cometieron el error de elegir a quienes nos gobiernan, por una disciplina partidaria equivocada o engañado por la demagogia, los "slogans" y las ofertas de trabajo, becas o ayuda económica, no significa que los que en número somos más, hayamos perdido el derecho de ser escuchados cuando los actos de esos que otros eligieron no representan los intereses de la mayoría.
Cuántos problemas y perjuicios se evitarían si las autoridades del momento escucharan nuestras voces en temas tan importantes, como fueron y siguen siendo los de las reformas tributarias y los de la Caja de Seguro Social, el de la implementación de un sistema de transporte colectivo propio de un país en vías de modernización y no de un paliativo costoso, insuficiente y de corta duración como el que se quiere instaurar sin un debate adecuado y, peor que todo, sin una consulta ciudadana. Si tomaran en cuenta el intercambio de ideas con todos los que podemos y tenemos el derecho a opinar, con el solo propósito de reducir o mitigar los efectos del encarecimiento energético, del alimenticio y el de la seguridad ciudadana.
Nos preguntamos, ¿el gobierno no escucha porque está sordo o porque no quiere escuchar? Eso de nombrar comisiones es periódico de ayer, sólo es una argucia más para dilatar la decisión final, para ganar tiempo, para evitar que la bola de rechazo aumente de tamaño, para que se reduzca el reclamo público, para sacar de una bolsa maravillosa las "soluciones" al problema, para aplicar subsidios temporales y que provienen de nuestros propios impuestos y bolsillos. Para darle tiempo a la propaganda gubernamental, a veces en contubernio con empresarios comprometidos y sindicalistas afines, de anunciar "grandes" nuevas obras o beneficios laborales, que resultan en mera propaganda oportunista.
Las actuaciones del próximo pasado y del presente en esta administración gubernamental, fuerzan a nuestros pensamientos a que se dirijan por senderos de la duda y del recelo. Digámosle a nuestros gobernantes que no somos un país de sordos, que sabemos escuchar; pero que también queremos que se nos escuche y que no se hagan ellos... ¡los sordos!