El Panamá que queremos
Al igual que en el resto de América Latina, en Panamá el consenso puede parecer una palabra decorativa importante, pero indeseable en la práctica, según revela el rumbo que lleva hasta ahora la antesala de la jornada electoral.
En la región todo el mundo está de acuerdo, a la hora de los ejercicios académicos, en la necesidad de que, al tenor de la globalización, América Latina actúe en bloque, no sólo por la competencia que suponen los otros bloques, sino por la competividad, y las urgencias sociales que experimenta. Pero a la hora de las medidas cruciales, estratégicas, otros factores entran en juego y el consenso da paso a una confrontación que pone sobre la mesa, en lugar de razones, intereses, como si fuera imposible conciliar los unos con los otros.
Razones tendrán aquellos que han sostenido que la confrontación y no el consenso, es la norma que rige la existencia de la sociedad, funesto axioma si del futuro de la humanidad se trata, pero una realidad cuando vemos el nivel que va cobrando el debate electoral y la discusión social sobre temas cruciales.
Los decretos de seguridad, por ejemplo, invirtieron el orden de la discusión, y en lugar de llevar a las bases sociales la propuesta, se presenta el producto acabado, sabiendo de antemano que un tema tan delicado como ese debía ser consensuado antes de presentarse como proyecto, y no después. Eso, no sólo no le quitaba nada al gobierno, sino que, por el contrario, blindaba su propuesta, le aseguraba el éxito. Pero claro, en Panamá como en América Latina, en lugar del consenso nos preocupa más dejar en claro quién manda y quién obedece. Mal camino.