El panameño incógnito
En una reseña de diversas participaciones orales, con motivo de los actos culturales en la celebración del Centenario, tropecé con unas reflexiones que hacía el Dr. Humberto Ricord en donde él señalaba: “todos sabíamos desde el año 1977, que en veintitrés años íbamos a recibir todo ese complejo que era la Zona del Canal, y yo me pregunto ¿cómo es posible que hoy todavía estemos haciendo planes para saber qué hacemos con Howard? ¿Esto es un país o qué somos? ¿Podemos pensar en algo seriamente cuando ni siquiera pensamos cómo aprovechar esa enorme riqueza que, como acabo de decir, fue un regalo que nos cayó del cielo y que no le caerá a ningún otro país ni le caerá nunca? (La Prensa, domingo 18 de septiembre 2003- 6B-Actualidad).
En esa atmósfera retomo mi tema y en el sub capítulo II del capítulo IV del libro de Mario Cicala (1771) existe este título. “De las propiedades y prerrogativas naturales, de los vicios y virtudes de los panameños” O lo que yo llamo “el panameño incógnito”.
“Los habitantes de Panamá (se puede decir lo mismo de todo su distrito y territorio), son todos de una manera vivaces, muy capaces, de ingenio muy perspicaz, agudo, pronto y profundo. Tanto los hombres como las mujeres, quizás con mayor eminencia en éstas que aquellos, tanto en la gente noble como en la plebeya.
Todos confiesan que el clima de Panamá produce prodigiosos ingenios, con una aptitud universal para todas las ciencias. En la ciudad de Lima los jóvenes panameños trasladados allá por los Colegios y Seminarios no eran llamados de otra manera que con el singular vocablo de preciosísimas perlas de Panamá.
Tuve 42 discípulos en la escuela de Gramática y de ellos solamente dos jovencitos fueron de ingenio lento y obtuso, todos los demás eran de sorprendente capacidad. En menos de dos años habían ya acabado toda la Gramática, hablaban latín con expedición, no había libro latino que no lo explicaran con la más clara exactitud y rapidez. Componían en latín, dándoles un tema con argumento clarísimo y usando todas las más selectas elegancias. En resumen, componían versos exámetros y pentámetros y lo que era más admirable, que no recuerdo haberles explicado regla alguna dos veces. En las principales ciudades y más famosas, los únicos que destacan maravillosamente entre todos los grupos de hombres doctos y eruditos son los panameños.
En Quito, Lima y otras partes los panameños son los que brillan entre los abogados. Entre los catedráticos y lectores, los más célebres son los panameños entre las Audiencias y Chancillerías regias, es decir entre los togados, los panameños son los más científicos y famosos. Entre los Capítulos eclesiásticos, los panameños sobresalen como los más eruditos.
Para predicar resultan excelentísimos. En resumen hasta en la corte de Madrid han sido admirados con extraordinario estupor tres jóvenes panameños nobles, pero pobres, sin otro capital que el de su capacidad e inteligencia. Uno de ellos, a la edad de 24 años fue admitido por el Rey como Abogado de los Reales Consejos, y un Consejo nobilísimo y de los más principales de apellido Pliego y Valdés, se empeñó en querer casar a su hija con dicho joven, por su extraordinaria capacidad admirada en toda España con un gran estupor de todos. El otro por su vasto ingenio y gran erudición, joven de 20 años, mereció la dignidad de Bibliotecario del Rey, hace menos de dos años; otro fue hecho Obispo todavía muy joven, por su prodigiosa inteligencia.
Conocí de Panamá muchos abogados, un Vahos, un Paz, un Luscando, etc., de talento tan eminente, vasto y portentoso que llenaron de admiración a toda la ciudad de Lima, cada escrito que dictaba era digno de imprenta. El tercero de los citados, don Fermín Luscando, primeramente casado, luego muerta su esposa, sacerdote ¿qué ciencia no la poseía en grado eminente? Eximio en Filosofía, Teología, Jurisprudencia, Cánones, Moral y en toda clase de erudición. A la edad de 18 años comenzó a alegar y defender litigios en la Real Audiencia de la ciudad de Lima con admiración de todos los Oidores y jueces más ancianos y versados en las leyes durante 40, 30 y aún 50 años no hubo jamás uno de ellos, ni de aquel gran número de abogados, que los hay en aquella ciudad a centenares, que pudiera responder y contradecir sus alegatos y escritos. Al presente, ¿quién es el abogado más célebre en todo el Perú y en la capital de Lima? Un panameño. ¿Quién en la ciudad de Guayaquil? Un joven panameño, también jesuita expulso. ¿Quién en Popayán? Un Boniche panameño, hijo de un maltés que se casó en Panamá. Pero ¿quién puede contar uno por uno los panameños de gran inteligencia, clara y profunda, cuando hablando en general todos están dotados de tales prendas naturales? Las señoras también son de las más capaces.
Los mulatos y negros criollos, es decir, nacidos en Panamá, libres y esclavos, todos salen de ingenio altísimo, claro y perspicaz”.
Este es parte del texto de Cicala. Da mucho que pensar. Tengo que confesar que en este capítulo en especial, estoy como aquellos que van a un entierro y cuando oyen al predicador comienzan a dudar si están en el sepelio del que conocían o de otra persona.
Resulta que el panameño de entonces, producto de las distintas razas que por este territorio transitaban, heredaba las mejores cualidades que llevan a este historiador a hacer tales ponderaciones que no parecieran dignas de credibilidad y que debemos de comenzar a preocuparnos a ver dónde las hemos escondido.
En esa atmósfera retomo mi tema y en el sub capítulo II del capítulo IV del libro de Mario Cicala (1771) existe este título. “De las propiedades y prerrogativas naturales, de los vicios y virtudes de los panameños” O lo que yo llamo “el panameño incógnito”.
“Los habitantes de Panamá (se puede decir lo mismo de todo su distrito y territorio), son todos de una manera vivaces, muy capaces, de ingenio muy perspicaz, agudo, pronto y profundo. Tanto los hombres como las mujeres, quizás con mayor eminencia en éstas que aquellos, tanto en la gente noble como en la plebeya.
Todos confiesan que el clima de Panamá produce prodigiosos ingenios, con una aptitud universal para todas las ciencias. En la ciudad de Lima los jóvenes panameños trasladados allá por los Colegios y Seminarios no eran llamados de otra manera que con el singular vocablo de preciosísimas perlas de Panamá.
Tuve 42 discípulos en la escuela de Gramática y de ellos solamente dos jovencitos fueron de ingenio lento y obtuso, todos los demás eran de sorprendente capacidad. En menos de dos años habían ya acabado toda la Gramática, hablaban latín con expedición, no había libro latino que no lo explicaran con la más clara exactitud y rapidez. Componían en latín, dándoles un tema con argumento clarísimo y usando todas las más selectas elegancias. En resumen, componían versos exámetros y pentámetros y lo que era más admirable, que no recuerdo haberles explicado regla alguna dos veces. En las principales ciudades y más famosas, los únicos que destacan maravillosamente entre todos los grupos de hombres doctos y eruditos son los panameños.
En Quito, Lima y otras partes los panameños son los que brillan entre los abogados. Entre los catedráticos y lectores, los más célebres son los panameños entre las Audiencias y Chancillerías regias, es decir entre los togados, los panameños son los más científicos y famosos. Entre los Capítulos eclesiásticos, los panameños sobresalen como los más eruditos.
Para predicar resultan excelentísimos. En resumen hasta en la corte de Madrid han sido admirados con extraordinario estupor tres jóvenes panameños nobles, pero pobres, sin otro capital que el de su capacidad e inteligencia. Uno de ellos, a la edad de 24 años fue admitido por el Rey como Abogado de los Reales Consejos, y un Consejo nobilísimo y de los más principales de apellido Pliego y Valdés, se empeñó en querer casar a su hija con dicho joven, por su extraordinaria capacidad admirada en toda España con un gran estupor de todos. El otro por su vasto ingenio y gran erudición, joven de 20 años, mereció la dignidad de Bibliotecario del Rey, hace menos de dos años; otro fue hecho Obispo todavía muy joven, por su prodigiosa inteligencia.
Conocí de Panamá muchos abogados, un Vahos, un Paz, un Luscando, etc., de talento tan eminente, vasto y portentoso que llenaron de admiración a toda la ciudad de Lima, cada escrito que dictaba era digno de imprenta. El tercero de los citados, don Fermín Luscando, primeramente casado, luego muerta su esposa, sacerdote ¿qué ciencia no la poseía en grado eminente? Eximio en Filosofía, Teología, Jurisprudencia, Cánones, Moral y en toda clase de erudición. A la edad de 18 años comenzó a alegar y defender litigios en la Real Audiencia de la ciudad de Lima con admiración de todos los Oidores y jueces más ancianos y versados en las leyes durante 40, 30 y aún 50 años no hubo jamás uno de ellos, ni de aquel gran número de abogados, que los hay en aquella ciudad a centenares, que pudiera responder y contradecir sus alegatos y escritos. Al presente, ¿quién es el abogado más célebre en todo el Perú y en la capital de Lima? Un panameño. ¿Quién en la ciudad de Guayaquil? Un joven panameño, también jesuita expulso. ¿Quién en Popayán? Un Boniche panameño, hijo de un maltés que se casó en Panamá. Pero ¿quién puede contar uno por uno los panameños de gran inteligencia, clara y profunda, cuando hablando en general todos están dotados de tales prendas naturales? Las señoras también son de las más capaces.
Los mulatos y negros criollos, es decir, nacidos en Panamá, libres y esclavos, todos salen de ingenio altísimo, claro y perspicaz”.
Este es parte del texto de Cicala. Da mucho que pensar. Tengo que confesar que en este capítulo en especial, estoy como aquellos que van a un entierro y cuando oyen al predicador comienzan a dudar si están en el sepelio del que conocían o de otra persona.
Resulta que el panameño de entonces, producto de las distintas razas que por este territorio transitaban, heredaba las mejores cualidades que llevan a este historiador a hacer tales ponderaciones que no parecieran dignas de credibilidad y que debemos de comenzar a preocuparnos a ver dónde las hemos escondido.