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El paraíso de los nepotes


Los antiguos griegos llamaban “nepos” a sus sobrinos. En las oscuridades del Medioevo, los papas y obispos llamaban “nepotes” a sus hijos ilegítimos. Como la práctica corrupta de la jerarquía eclesiástica consistía en elevar a sus sobrinos a los cargos más altos, de los cuales no estaba exenta la púrpura cardenalicia, sin ningún mérito, los modernos llamaron “nepotismo” a la práctica de los gobernantes de colocar a sus familiares –no ya solo a sus sobrinos- en los puestos más altos del Estado, donde los salarios son más jugosos y el poder se disfruta sobre un amplio número de personas.

El nepotismo en la iglesia católica duró hasta que, a finales del siglo XVII, el Papa Inocencio XII prohibió dar hacienda, oficio o ingreso a los parientes. Cabe preguntarse hasta cuándo esta mala práctica continuará por parte de los detentadores del poder en los Estados modernos. Negativo es que un maestro o médico sea nombrado porque es pariente de alguien, pues su sola calidad profesional debiera bastar para hacerlo nombrar.

Igualmente negativo es que los cargos en el servicio diplomático y consular recaigan sobre los parientes del grupo gobernante. Como lo hemos denunciado en los gobiernos anteriores, tenemos que seguir denunciándolo ahora, pues esta república sigue siendo el paraíso del nepotismo. ¿Cuándo llegará a la Presidencia un Inocencio XII que se atreva a prohibir esta preferencia por los parientes? Sólo cuando no haya alguien apropiado para el cargo, debería permitirse el nombramiento de personas pertenecientes al grupo consanguíneo de los que gobiernan, o están cerca de la silla presidencial.

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