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El paseo a Mónaco


En días pasados, el Dr. Aristides Royo escribió un artículo muy crítico, con una fina ironía, sobre el viaje de la señora Presidenta de Panamá al “liliputiense”, como él llama y como indudablemente es, el Principado de Mónaco. Para los que hemos estado por la Costa Azul Mediterránea, ese hermoso promontorio es de gran belleza y un lugar ideal para vacacionar como pocos. Mónaco es muy pequeño, cabe varias veces en nuestra Punta Paitilla y tiene una población de menos de 28,000 habitantes. Cuenta con un bello casino, que es uno de los sitios favoritos de los visitantes; 2 ó 3 hoteles muy lujosos 5 estrellas; una estación de televisión y otra de radio. Existe la Catedral de San Nicolás para su población mayoritariamente católica. Mónaco carece, por supuesto, de Universidad, pero tiene una escuela primaria y otra secundaria. El Museo Oceanógrafico es una de sus principales atracciones turísticas.
La economía del Principado de Mónaco gira alrededor de las utilidades del casino, la venta de estampillas de correo y del turismo. Mónaco es una concesión otorgada por Francia en 1814 a la familia Grimaldi. La verdadera y única razón de la misma es la administración de su legendario casino.
Francia, al Principado, le ha permitido tener un limitado sistema judicial de primera instancia y un Juez de Paz para oficiar los casamientos y una Corte de Apelación de dos jueces franceses.
Las relaciones entre Francia y el Principado se han mantenido sin ningún conflicto, con excepción del suscitado en 1962, cuando el Príncipe Rainiero pretendió eximir de impuestos a los franceses que residieran en “La Roca”, como se conoce popularmente al paradisíaco sitio de veraneo de la alta sociedad europea. La amenaza de una represalia francesa que ponía en peligro “la independencia” obligó al príncipe Rainiero a dar marcha atrás.
222Los privilegiados de la gira aprovecharán la misma para darse un merecido descanso. El Estado les debe esas vacaciones por el esfuerzo tan grande que han venido haciendo...
Mónaco, Niza, Antibes, Canes, San Remo, Rapallo, Santa Margarita y Portofino son preciosos balnearios situados en la costa francesa e italiana, a muy poca distancia uno del otro. A esa joya del Mediterráneo europeo acuden los vacacionistas del “jet set” a gastar dinero, mucho dinero; comer bien, jugar en los casinos, pasear por sus bellas costas en lujosos yates y bañarse en unas playas que carecen, como las nuestras, de blancas y finas arenas. Son lugares exclusivamente de distracción. Carecen de industrias y el negocio sólo lo hacen las casas de juego y los hoteles.
Irá, pues, la señora Moscoso y el grupo de sus privilegiados amigos a darse un buen paseo. Disfrutarán de ricos manjares preparados por renombrados “chefs” y harán en esos días lo que usualmente hacen los turistas que visitan la bella Costa Azul: disfrutar de su belleza natural en ese paradisíaco lugar.
¿Beneficios reales para el país? Lograremos, menos aún de lo poco que nos dio la celebración del concurso Miss Universo. Posiblemente -y ojalá así sea- que el Instituto Panameño de Turismo, bajo la hábil dirección de la licenciada Pitty, pueda aprovechar la ocasión para incrementar su labor de dar a “conocer a Panamá”. Sin embargo, sí tendremos muchas fotos y “relatos” de la “importantísima gira presidencial” y el sinnúmero de beneficios logrados para Panamá en Mónaco, que de capital del juego se transformó de la noche a la mañana, como si fuera un cuento de hadas, de un balneario para la gente rica, en el primer centro financiero y de negocios del viejo mundo. Como disfraz al “gran trabajo” que realizarán los ministros panameños -Mónaco no los tiene- se presentarán algunas obras musicales y de arte que será, tal vez, con la promoción turística que pueda hacerse, lo positivo de la visita presidencial; pero lo que destacarán aquí los alabarderos de turno del régimen será la “gran labor” que llevarán a cabo los funcionarios. No sé qué tratado o convenio podrán hacer con los monaguescos y no creo que lleguen a decirnos que estén negociando un TLC con Mónaco. La torpeza de unos y la paciencia de otros tienen sus límites.
Los privilegiados de la gira aprovecharán la misma para darse un merecido descanso. El Estado les debe esas vacaciones por el esfuerzo tan grande que han venido haciendo en beneficio del país.
Esperemos que les guste mucho el paseo y que algún día puedan regresar a disfrutar, con su propio dinero, lo mucho que estos sitios de vacaciones ofrecen para la alta sociedad europea y para los pocos turistas latinoamericanos que cuentan con suficientes recursos económicos para darse esos lujos.

101 años de Panamá América

 
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