El péndulo de Martín
NO LOGRO comprender qué sentido tiene hablar de los primeros cien días del actual gobierno, pues la historia de Martín no se parece a la de Napoleón ni a la de Franklin Delano Roosevelt, o FDR, para abreviar sin confundir con el otro del mismo apellido.
Los primeros "cien días inmortales" que conoce la historia son los de Napoleón, que, tras haberse declarado "Emperador" de Francia y gobernar por espacio de una década, fue derrotado militarmente y desterrado a la isla de Elba, desde la cual planeó su retorno, y en menos de un año, el 20 de marzo de 1815 entró en París respaldado por un ejército de 140 mil hombres. Asumió nuevamente el mando hasta que fue vencido en forma definitiva en la batalla de Waterloo, el 18 de junio en lo que hoy es Bélgica. Este segundo brevísimo periodo es lo que los historiadores franceses han llamado "Les Cent Jours" y epitomizan el intenso activismo de los que están destinados a fracasar.
Muy distintos son los "first hundred days" de FDR que son los que constituyen un hito insuperable de la historia de la democracia estadounidense, y que malamente han intentado copiar algunos presidentes latinoamericanos con posterioridad.
En 1932 Estados Unidos se encontraba en una severa crisis económica, en la que la bancarrota de las empresas y la especulación rampante habían creado hambre, desempleo y marginación a gran escala.
FDR había vencido en las elecciones al entonces Presidente Herbert Hoover, quien había fracasado año tras año en sus intentos por detener el deterioro social y económico.
FDR trajo nuevas ideas, las llamó el "New Deal" (el Nuevo Trato), que requerían una nueva institucionalidad, y fue con ese fin que presentó, dentro de sus primeros cien días de gobierno, una serie de proyectos que el Congreso debía aprobar. FDR tomó posesión en marzo y a finales de junio todos sabían en qué dirección iba el gobierno.
Este hombre le cambió la faz a su país durante los doce años que gobernó -meses después de ser reelegido por tercera vez murió-, pero los cien primeros días son una historia que perdura por su claridad de ideas, la convicción con que se propuso transformar la economía, y lo duradero de sus consecuencias.
Es a FDR que debemos aquella magnífica exhortación: "No tienes nada a que temer, sino al miedo mismo", lo que dicho en aquella época a un pueblo agobiado y vapuleado por problemas económicos, muestra que el presidente no solo ejerce el poder público, sino que también puede ser un motivador y encarnar las mejores esperanzas de su pueblo. Pero esto no se logra con fotos. Se necesita que el Presidente hable con convicción y que la fuerza de los hechos respalde sus palabras.
Comparadas con estas historias, la de Torrijos palidece miserablemente. Pasaron cuatro meses de "transición" y cien días de gobierno, y a estas alturas la Presidencia de la República solo ha inquietado a la ciudadanía con frases sobre despidos masivos en el sector público y anuncios de una próxima reforma tributaria, sin ofrecer un documento oficial sobre las bases (diagnóstico, objetivos e instrumentos) que explique qué, por qué y cómo se va a cambiar el sistema de tributación.
La reforma de la seguridad social no es precisamente un tema nuevo y, aunque es comprensible que el candidato no haya querido arriesgar un planteamiento durante el torneo electoral, han pasado siete meses desde las elecciones y todavía no hay un pronunciamiento oficial sobre cómo el Presidente conducirá la nave a un puerto seguro.
Cualquier persona medianamente informada sabe que será un trago amargo, y que lo crucial del proceso de cambios que se avecina no es tanto lo que se va a proponer, sino la manera como se va a proponer.
El infranqueable silencio que Torrijos ha impuesto sobre los nombramientos de Procuradores, cuyos periodos son de 10 años, y de un magistrado de la Corte Suprema de justicia, cuyo periodo será solo de un año, sugiere inseguridad o desconfianza.
No hay mejor sistema que el actual para nombrar a los altos funcionarios del Estado, es decir, que el presidente designe y la Asamblea ratifique. Son estos órganos del Estado los depositarios más genuinos de la legitimidad política de la Nación.
No creo que debe haber ningún organismo de ningún tipo proponiendo ternas, pues ello siempre se prestaría a la componenda y a la trampa. Lo único que se necesita es introducir un par de reglas de procedimiento al sistema actual. Primero, que la ratificación no puede hacerse antes de 60 días luego de hecha la designación, durante los cuales la Comisión de Credenciales, (aquí sí) con apoyo de la sociedad civil, organizará audiencias públicas para examinar, no solo los títulos formales del funcionario, sino también su idoneidad ética y profesional. Segundo, que la ratificación se haga por dos tercios del Legislativo, pues no debe bastar una simple mayoría, y menos una mayoría partidaria, para hacer un nombramiento cuyo periodo de duración duplica el del Ejecutivo y el Legislativo.
Pero Torrijos no le permitirá a la ciudadanía un escrutinio a fondo de sus designaciones, pues las ratificaciones deben verificarse antes de fin de año y solo faltan dos semanas, en medio de las cuales está la Navidad.
Como esto no es una evaluación, no creo necesario mencionar "las cosas buenas" que ha hecho Torrijos. La única frase de todas las que se atribuyen a su padre, que siempre me gustó, fue aquella "Díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé".
Indudablemente, se han registrado avances importantes en materia de transparencia y rendición de cuentas.
El renglón que registra un déficit es el relativo a la participación ciudadana, pues pareciera que nadie en el gobierno sabe cómo hacer eso, sin caer en la telaraña de los partidos, o en el magma de las organizaciones sindicales, profesionales y empresariales. Mientras lo averiguan el tiempo pasa y el país, con impaciencia, espera.
Los primeros "cien días inmortales" que conoce la historia son los de Napoleón, que, tras haberse declarado "Emperador" de Francia y gobernar por espacio de una década, fue derrotado militarmente y desterrado a la isla de Elba, desde la cual planeó su retorno, y en menos de un año, el 20 de marzo de 1815 entró en París respaldado por un ejército de 140 mil hombres. Asumió nuevamente el mando hasta que fue vencido en forma definitiva en la batalla de Waterloo, el 18 de junio en lo que hoy es Bélgica. Este segundo brevísimo periodo es lo que los historiadores franceses han llamado "Les Cent Jours" y epitomizan el intenso activismo de los que están destinados a fracasar.
Muy distintos son los "first hundred days" de FDR que son los que constituyen un hito insuperable de la historia de la democracia estadounidense, y que malamente han intentado copiar algunos presidentes latinoamericanos con posterioridad.
En 1932 Estados Unidos se encontraba en una severa crisis económica, en la que la bancarrota de las empresas y la especulación rampante habían creado hambre, desempleo y marginación a gran escala.
FDR había vencido en las elecciones al entonces Presidente Herbert Hoover, quien había fracasado año tras año en sus intentos por detener el deterioro social y económico.
FDR trajo nuevas ideas, las llamó el "New Deal" (el Nuevo Trato), que requerían una nueva institucionalidad, y fue con ese fin que presentó, dentro de sus primeros cien días de gobierno, una serie de proyectos que el Congreso debía aprobar. FDR tomó posesión en marzo y a finales de junio todos sabían en qué dirección iba el gobierno.
Este hombre le cambió la faz a su país durante los doce años que gobernó -meses después de ser reelegido por tercera vez murió-, pero los cien primeros días son una historia que perdura por su claridad de ideas, la convicción con que se propuso transformar la economía, y lo duradero de sus consecuencias.
Es a FDR que debemos aquella magnífica exhortación: "No tienes nada a que temer, sino al miedo mismo", lo que dicho en aquella época a un pueblo agobiado y vapuleado por problemas económicos, muestra que el presidente no solo ejerce el poder público, sino que también puede ser un motivador y encarnar las mejores esperanzas de su pueblo. Pero esto no se logra con fotos. Se necesita que el Presidente hable con convicción y que la fuerza de los hechos respalde sus palabras.
Comparadas con estas historias, la de Torrijos palidece miserablemente. Pasaron cuatro meses de "transición" y cien días de gobierno, y a estas alturas la Presidencia de la República solo ha inquietado a la ciudadanía con frases sobre despidos masivos en el sector público y anuncios de una próxima reforma tributaria, sin ofrecer un documento oficial sobre las bases (diagnóstico, objetivos e instrumentos) que explique qué, por qué y cómo se va a cambiar el sistema de tributación.
La reforma de la seguridad social no es precisamente un tema nuevo y, aunque es comprensible que el candidato no haya querido arriesgar un planteamiento durante el torneo electoral, han pasado siete meses desde las elecciones y todavía no hay un pronunciamiento oficial sobre cómo el Presidente conducirá la nave a un puerto seguro.
Cualquier persona medianamente informada sabe que será un trago amargo, y que lo crucial del proceso de cambios que se avecina no es tanto lo que se va a proponer, sino la manera como se va a proponer.
El infranqueable silencio que Torrijos ha impuesto sobre los nombramientos de Procuradores, cuyos periodos son de 10 años, y de un magistrado de la Corte Suprema de justicia, cuyo periodo será solo de un año, sugiere inseguridad o desconfianza.
No hay mejor sistema que el actual para nombrar a los altos funcionarios del Estado, es decir, que el presidente designe y la Asamblea ratifique. Son estos órganos del Estado los depositarios más genuinos de la legitimidad política de la Nación.
No creo que debe haber ningún organismo de ningún tipo proponiendo ternas, pues ello siempre se prestaría a la componenda y a la trampa. Lo único que se necesita es introducir un par de reglas de procedimiento al sistema actual. Primero, que la ratificación no puede hacerse antes de 60 días luego de hecha la designación, durante los cuales la Comisión de Credenciales, (aquí sí) con apoyo de la sociedad civil, organizará audiencias públicas para examinar, no solo los títulos formales del funcionario, sino también su idoneidad ética y profesional. Segundo, que la ratificación se haga por dos tercios del Legislativo, pues no debe bastar una simple mayoría, y menos una mayoría partidaria, para hacer un nombramiento cuyo periodo de duración duplica el del Ejecutivo y el Legislativo.
Pero Torrijos no le permitirá a la ciudadanía un escrutinio a fondo de sus designaciones, pues las ratificaciones deben verificarse antes de fin de año y solo faltan dos semanas, en medio de las cuales está la Navidad.
Como esto no es una evaluación, no creo necesario mencionar "las cosas buenas" que ha hecho Torrijos. La única frase de todas las que se atribuyen a su padre, que siempre me gustó, fue aquella "Díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé".
Indudablemente, se han registrado avances importantes en materia de transparencia y rendición de cuentas.
El renglón que registra un déficit es el relativo a la participación ciudadana, pues pareciera que nadie en el gobierno sabe cómo hacer eso, sin caer en la telaraña de los partidos, o en el magma de las organizaciones sindicales, profesionales y empresariales. Mientras lo averiguan el tiempo pasa y el país, con impaciencia, espera.