El pensador del milenio
Profesor de las universidades San Ignacio de Loyola y de Lima.
Lima (AIPE)- La BBC de Londres realizó una interesante encuesta, entre personalidades inglesas, respecto a quién
era el pensador del milenio. Curiosamente, el resultado fue nada menos que Karl Marx, el profeta fallido del
advenimiento inevitable del socialismo y la planificación centralizada de la economía.
Sin embargo, más allá de este peculiar resultado -revelador acaso del ambiente depresivo de la Inglaterra de Tony Blair-, considero que la pregunta es verdaderamente estimulante. Identificar al pensador del milenio resulta algo así como confesar qué pensamos y sentimos, en última instancia, respecto del hombre y la sociedad humana.
A mi modo de ver, son fundamentalmente tres los nombres que disputan ese título: Santo Tomás de Aquino, Descartes y Spinoza. Pienso que la obra de ellos representa, más que la de ningún otro, el canon del pensamiento y de la cultura occidental y moderna. Son imprescindibles. La importancia de Santo Tomás radica en que su obra representa la síntesis magistral del cristianismo y el aristotelismo. Al fusionar en un todo armónico y perfectamente coherente estas dos vertientes del pensamiento y la cultura occidentales; Santo Tomás preparó el terreno para el advenimiento del Renacimiento y la modernidad.
El oscurantismo medieval, en efecto, no fue fruto tanto del cristianismo como del platonismo, con el que se confundió tempranamente. No se hubiera podido salir del mismo si el pensamiento cristiano no hubiese sido reconstruido desde dentro por Santo Tomás, aprovechando los avances de Duns Scoto y Guillermo de Occam.
La obra de Descartes es igualmente imprescindible, por los alcances que llegará a tener la duda metódica. Estos alcances van tan lejos que, como decía Borges, la diferencia básica entre el hombre medieval y el hombre moderno está en que aquel tenía fe diversificada por dudas, mientras que éste tiene dudas diversificadas por fe. Además, el método cartesiano implica colocar al "yo como gerifalte", en expresión feliz de Ortega. A partir de ello, el hombre moderno resulta inevitablemente individualista, puesto que toma conciencia de que es a partir de sí mismo que el mundo se ordena y toma un determinado sentido.
Finalmente, la importancia de la obra de Spinoza radica especialmente en el terreno de la política. Spinoza es conocido y celebrado, fundamentalmente, por su " tica", indudablemente una de las obras cumbres del pensamiento humano. Sin embargo, su pensamiento político, contenido sobre todo en su obra póstuma "Tratado Político", es aún más imprescindible.
El pensamiento político de Spinoza contiene la mejor defensa de la democracia porque supone un entendimiento de la democracia. Entender la democracia, como señala en nuestros días el economista Patrick Gunning, es comprender sus virtudes y defectos, sus alcances y limitaciones. Para Spinoza, el mérito central de la democracia radica en que es la única forma de gobierno basada exclusivamente en la razón. Ella no permite apelaciones a ninguna fuente de autoridad que no sea la razón. Las formas de gobierno no democráticas -monárquicas o dictatoriales- se basan, por el contrario, en alguna pasión, generalmente, en la más degradante: el miedo. Spinoza también supo, sin embargo, que el problema de la democracia radica en su potencial autodestructivo. La democracia, como sabemos hoy los latinoamericanos, puede dar pie a la "democracia de masas" o a la "democracia totalitaria", en las que nuevamente son las pasiones y no la razón la que prevalece. Para evitar este tránsito funesto, Spinoza comprendió que las reglas de juego democrático debían ser diseñadas adecuadamente. Al señalar esto, dio pie al constitucionalismo moderno y a la literatura de la "elección pública" contemporánea. Son deudores suyos Locke, Montesquieu y Madison, pero también, en nuestros días, James Buchanan y Dennis Mueller.
Santo Tomás, Descartes y Spinoza exaltaron la razón, pero no fueron racionalistas en el sentido estrecho de la palabra. Entendieron la razón diríase que en un sentido arquitectónico, como la estructura dentro de la cual debía desarrollarse y florecer la vida humana. Fuera del ámbito delicado y noble de la razón, los hombres se marchitarían triste e inevitablemente.Ninguno de los tres presentó como fácil el cumplir con las exigencias de la razón. Supieron bien que las pasiones fácilmente podían disfrazarse como razones. Resultaba menester, por tanto, permanecer siempre alertas, abiertos a la discusión y el examen crítico. En sentido, la vida humana resultaría, como quería Karl Popper, una "búsqueda sin término".
Lima (AIPE)- La BBC de Londres realizó una interesante encuesta, entre personalidades inglesas, respecto a quién
era el pensador del milenio. Curiosamente, el resultado fue nada menos que Karl Marx, el profeta fallido del
advenimiento inevitable del socialismo y la planificación centralizada de la economía.
Sin embargo, más allá de este peculiar resultado -revelador acaso del ambiente depresivo de la Inglaterra de Tony Blair-, considero que la pregunta es verdaderamente estimulante. Identificar al pensador del milenio resulta algo así como confesar qué pensamos y sentimos, en última instancia, respecto del hombre y la sociedad humana.
A mi modo de ver, son fundamentalmente tres los nombres que disputan ese título: Santo Tomás de Aquino, Descartes y Spinoza. Pienso que la obra de ellos representa, más que la de ningún otro, el canon del pensamiento y de la cultura occidental y moderna. Son imprescindibles. La importancia de Santo Tomás radica en que su obra representa la síntesis magistral del cristianismo y el aristotelismo. Al fusionar en un todo armónico y perfectamente coherente estas dos vertientes del pensamiento y la cultura occidentales; Santo Tomás preparó el terreno para el advenimiento del Renacimiento y la modernidad.
El oscurantismo medieval, en efecto, no fue fruto tanto del cristianismo como del platonismo, con el que se confundió tempranamente. No se hubiera podido salir del mismo si el pensamiento cristiano no hubiese sido reconstruido desde dentro por Santo Tomás, aprovechando los avances de Duns Scoto y Guillermo de Occam.
La obra de Descartes es igualmente imprescindible, por los alcances que llegará a tener la duda metódica. Estos alcances van tan lejos que, como decía Borges, la diferencia básica entre el hombre medieval y el hombre moderno está en que aquel tenía fe diversificada por dudas, mientras que éste tiene dudas diversificadas por fe. Además, el método cartesiano implica colocar al "yo como gerifalte", en expresión feliz de Ortega. A partir de ello, el hombre moderno resulta inevitablemente individualista, puesto que toma conciencia de que es a partir de sí mismo que el mundo se ordena y toma un determinado sentido.
Finalmente, la importancia de la obra de Spinoza radica especialmente en el terreno de la política. Spinoza es conocido y celebrado, fundamentalmente, por su " tica", indudablemente una de las obras cumbres del pensamiento humano. Sin embargo, su pensamiento político, contenido sobre todo en su obra póstuma "Tratado Político", es aún más imprescindible.
El pensamiento político de Spinoza contiene la mejor defensa de la democracia porque supone un entendimiento de la democracia. Entender la democracia, como señala en nuestros días el economista Patrick Gunning, es comprender sus virtudes y defectos, sus alcances y limitaciones. Para Spinoza, el mérito central de la democracia radica en que es la única forma de gobierno basada exclusivamente en la razón. Ella no permite apelaciones a ninguna fuente de autoridad que no sea la razón. Las formas de gobierno no democráticas -monárquicas o dictatoriales- se basan, por el contrario, en alguna pasión, generalmente, en la más degradante: el miedo. Spinoza también supo, sin embargo, que el problema de la democracia radica en su potencial autodestructivo. La democracia, como sabemos hoy los latinoamericanos, puede dar pie a la "democracia de masas" o a la "democracia totalitaria", en las que nuevamente son las pasiones y no la razón la que prevalece. Para evitar este tránsito funesto, Spinoza comprendió que las reglas de juego democrático debían ser diseñadas adecuadamente. Al señalar esto, dio pie al constitucionalismo moderno y a la literatura de la "elección pública" contemporánea. Son deudores suyos Locke, Montesquieu y Madison, pero también, en nuestros días, James Buchanan y Dennis Mueller.
Santo Tomás, Descartes y Spinoza exaltaron la razón, pero no fueron racionalistas en el sentido estrecho de la palabra. Entendieron la razón diríase que en un sentido arquitectónico, como la estructura dentro de la cual debía desarrollarse y florecer la vida humana. Fuera del ámbito delicado y noble de la razón, los hombres se marchitarían triste e inevitablemente.Ninguno de los tres presentó como fácil el cumplir con las exigencias de la razón. Supieron bien que las pasiones fácilmente podían disfrazarse como razones. Resultaba menester, por tanto, permanecer siempre alertas, abiertos a la discusión y el examen crítico. En sentido, la vida humana resultaría, como quería Karl Popper, una "búsqueda sin término".