El pensar bien lleva al amor
No puede existir un buen pensamiento que no lleve a amar y el amor lleva a pensar bien. He estado insistiendo en la importancia de los pensamientos positivos para engendrar buenas actitudes, que a la vez llevan a la acción. El más importante y grandioso acto es el de amar, porque mientras más ame, más me acercaré a Dios. Ahora bien, amar implica dar con calidad e intensidad mi tiempo, mis energías, mi persona. Y por eso cada acto es importante, aunque no tenga un gran impacto social al momento, sabiendo que todo lo que yo hago al final tendrá trascendencia histórica, como las ondas concéntricas que se dan al tirar una piedra al río. Un acto de amor se mide por la actitud de querer hacer el bien de la mejor manera, y no por los resultados ni por la cantidad de cosas que haga. Ya que si las hago para que me vean y aplaudan, el amor pierde su pureza. Cuando uno ama de verdad sabe que la “persona es un fin”, nunca un medio u objeto para lograr prestigio, poder, placer, elevar mi ego, a costa del supuesto amor que doy. Cuando uno ama de verdad, no pone como condición recompensa alguna, sino realizar de manera sublime, pura, un acto que trascienda el tiempo y el espacio y quede plasmado para siempre en el corazón de la gente que uno ama. El que ama es generoso, pero realista, sabiendo que hay que darse y dar lo que se tiene, pero sabiendo a quién y porqué voy a invertir mi entrega. La causa a la que me entrego debe merecer la entrega mía, ser trascendente a mi persona y contribuir al desarrollo de la humanidad. Es muy diferente entregarse por la causa de los niños mutilados por las guerras en África que servir a empresas que venden armas a esos pueblos pobres para que se maten en sus guerras civiles.
(Sigue el próximo sábado).