El pensar bien lleva al amor (II)
Amar implica darse a las personas, pero sin depender de ellas, sin dejar que lo manipulen a uno y que te hagan a su propia medida.
Debo comprender que no podré amar sin la presencia activa de Dios en mi, porque sin la fuente infinita que es la Vida Divina, todo lo que yo haga saldrá viciado de egoísmos, afán de notoriedad o búsqueda de compensaciones.
El amor, mientras más puro es, más desinteresado se convierte. Recordemos que Dios es amor absoluto personal, y que no puede venir de otra parte el amor auténtico.
El amor produce libertad, ya que me hace desprender de mis cadenas de apegos y cargas en torno al ego, y me da alas para remontar un vuelo muy alto de generosidad, altruismo, heroísmo y búsqueda de trascendencia. El que ama entra en comunión con la vida que se manifiesta plenamente en Dios y con toda la creación cuya cabeza es el ser humano.
Cuando uno ama entra en la corriente divina que es el mismo Espíritu Santo y se va sumergiendo en el Misterio de la Santísima Trinidad.
Si Dios es amor y yo realizo con intensidad mi entrega generosa al Señor y al próximo, amando voy participando en el misterio de la paternidad de Dios, siendo hijo en Jesucristo y viviendo la experiencia de ser más poseído por el Espíritu Santo. El amor divino lo recibo desde la gratuidad del Señor, yo no lo merezco y por eso es gracia y eso me hace amar “gratuitamente”, sin esperar nada en cambio, sabiendo que a más amor, más cerca estaré de Dios y con El seré invencible de mis egoísmos.